viernes, 24 de julio de 2026

Las aguas penquistas resguardan tragedias, milagros y mitos ancestrales (Historia vinculada con tres de sus lagunas)

 Concepción destaca por su particular geografía de agua dulce, contando en su urbe comunal no solo con las tres que estuvieron a un paso de integrar un mapa distinto de haberse aprobado el plebiscito de 2012 para crear la frustrada comuna de Barrio Norte —Las Tres Pascualas, Lo Galindo y Lo Méndez—, sino también con la tradicional Laguna Redonda, la Laguna Pineda (colindante a la Ruta a Cabrero, cerca de la localidad rural de Agua de la Gloria), la pequeña Laguna de los Patos al interior del campus de la Universidad de Concepción, y la esquiva Laguna El Manzano (que aunque permanece oculta y aparentemente es parte de un recinto privado, ha ganado visibilidad en redes sociales por registros de creadores de contenido que acceden por la subida Las Margaritas o por los campos deportivos del club Universidad de Concepción, frente a la Villa San Francisco). 

Esta riqueza hídrica trasciende los límites comunales y se expande por otras comunas de la Provincia de Concepción: San Pedro de la Paz es famosa por sus lagunas Chica y Grande (ambas convertidas en verdaderas postales turísticas); la Isla Quiriquina cobija en su interior su propia Laguna de los Patos; Talcahuano resguarda el Humedal Piupiu Mapu (colindante con la Avenida Gran Bretaña, en el sector industrial de Huachipato) y el Humedal Lenguita (colindante con el camino a Lenga, antes de llegar a la costa); Penco conserva la Laguna Artificial de Lo Marjú (colindante con el camino rural a Primer Agua); y Coronel alberga la emblemática Laguna Quiñenco.

En aquel entonces, hasta el 2012, cuando estuvo vigente el proyecto para convertir al sector de Barrio Norte en comuna, sus dirigentes tenían pensado potenciar turísticamente las tres lagunas que formarían parte de su territorio (Lo Méndez, Lo Galindo y Las Tres Pascualas), e incluso se contempló que pudieran habilitarse como zonas de baño. Desde lo logístico, esa medida habría significado un enorme alivio para los residentes de la frustrada comuna en época estival frente a las altas temperaturas del verano, considerando que el sector no cuenta con locomoción directa hacia las playas más cercanas a Concepción —como mucho, una variante de la Flota Ruta Las Playas transita por Paicaví en dirección a Penco y Lirquén—. Sin auto, cualquier vecino de Barrio Norte debía y debe costearse un total de cuatro pasajes para viajar a Tomé (dos de ida y dos de vuelta). 

Volviendo a las aguas de la capital provincial, desde 2015 aproximadamente la Laguna Lo Galindo se posiciona como el único parque urbano de la comuna de Concepción alejado del centro, ubicado a unos 5 kilómetros de distancia, lo que obliga a quienes no cuentan con auto a depender del transporte público para visitarlo. Este cuerpo de agua es también conocido popularmente como la "Laguna de los monos", debido a las llamativas esculturas de figuras humanas que parecen flotar sobre la superficie; aunque en realidad no flotan, sino que están sujetas por estructuras metálicas sumergidas que sostienen a estos coloridos personajes sobre el agua. Paralelamente, comunidades ecologistas y medioambientalistas impulsan esfuerzos por recuperar la vecina Laguna Lo Méndez, muy cerca de donde se alza el Cerro Chacabuco; una elevación que, si bien ofrece en su cima un atractivo mirador panorámico, se encuentra muy poco aprovechado o derechamente abandonado. Sin embargo, más allá de los límites administrativos, el estado de sus miradores y los proyectos políticos, estas aguas siguen siendo el corazón palpitante de la identidad penquista, guardianas de historias que se entrelazan con la vida cotidiana de la ciudad.

Hay cosas que la camanchaca de la mañana o el viento sur no logran borrar en Concepción, y una de ellas es esa manera en que nuestras lagunas guardan los dolores y los misterios de la gente de a pie. Porque acá en la cuna del Biobío, entre la llovizna pertinaz y el olor a tierra mojada, el agua no solo refleja el cielo plomizo; también murmura historias de las que no salen en los libros solemnes, sino en el boca a boca del barrio. 


La hoy desaparecida Laguna de los negros (Vinculada con su pasado, en el Siglo XIX)

Pero para entender del todo esta relación penquista con sus espejos de agua, hay que escarbar en la memoria de la ciudad hasta dar con un mapa que ya no existe. Hacia el siglo XIX, el paisaje urbano albergaba un cuerpo de agua sepultado bajo el cemento del progreso: la Laguna de los Negros. Aquel pequeño estanque se emplazaba en lo que hoy es la intersección de las calles Cruz con Rengo, extendiéndose hacia Caupolicán y Bulnes. Donde hoy ruedan micros, caminan vecinos y se levantan casas de barrio, corría agua estancada que guardó durante años la herida más oscura y silenciada del Concepción colonial.

Su nombre no nació del azar ni de la botánica, sino del estigma y la tragedia. En los primeros años del 1800, las aguas del puerto de Talcahuano recibieron a la fragata Tryal, escenario de un violento e histórico motín de esclavos senegaleses que luchaban por recobrar su libertad. Tras ser sometidos por la fuerza y juzgados sumariamente por las autoridades españolas en la Plaza de Armas penquista, los cabecillas de la rebelión fueron condenados a la pena capital y ejecutados. Para escarmiento de la época y desprecio de su dignidad, los restos amputados de aquellos hombres afrodescendientes fueron arrojados sin sepultura a la pequeña laguna. Desde entonces, la voz popular bautizó el sitio como la Laguna de los Negros. Con las décadas, el cuerpo de agua fue rellenado y sepultado por la trama urbana, pero el suelo sobre la calle Cruz conserva hasta hoy el peso invisible de una masacre que la ciudad intentó tapiar con tierra. 


El Femicidio contra Petronila Neira, y su cuerpo en la profundidad de Laguna Redonda

Allá por Lorenzo Arenas, cuando el sector todavía conservaba ese aire de periferia obrera y totorales espesos, la Laguna Redonda fue testigo mudo de otra injusticia que conmovió hasta las entrañas al Concepción de 1910. A Petronila Neira —humilde costurera, mujer de trabajo y de mala suerte en el amor— la vida se la arrebataron con alevosía. Querían apagar su voz y sumergir su memoria en lo más hondo del estanque, amarrada a la impunidad de las sombras. Pero el agua penquista tiene memoria propia. Cuentan las abuelas que la laguna no quiso ser cómplice y devolvió su cuerpo a la superficie, flotando contra toda lógica, como exigiendo justicia a grito sordo. Desde aquel día, el pueblo no la olvidó. Elevada al estatus de mito urbano y considerada por la fe popular como una verdadera santa, dicen los creyentes que Petronila concede milagros e intercede por los más atribulados. Aunque sus restos descansen en el Cementerio General, su tumba permanece tapizada de incontables placas de mandas, flores frescas y muestras de gratitud por favores concedidos. Por eso, cuando uno camina por la orilla de la Redonda en una tarde helada, cuesta no pensar en las velas encendidas y en esa devoción sincera que nació de la tragedia para convertirse en refugio y fe de los humildes. 


La leyenda de las Tres Pascualas (En la laguna que hoy lleva su nombre)

Cruzando hacia Barrio Norte, la Laguna Las Tres Pascualas cuenta otra pena, una más antigua, tejida con el hilo del romance y la traición. Dicen los que conocen la historia de oídas —pasada de generación en generación desde los tiempos de la Colonia— que tres jóvenes hermanas de apellido Pascual, bautizadas por la tradición como Elvira, Úrsula y Catalina, acudían diariamente a la orilla del agua. Eran lavanderas de oficio, y entre el murmullo de los sauces y el golpeteo del paño contra las piedras, pasaban las jornadas cantando coplas y tendiendo la ropa al sol penquista. Las tres, sin saberlo, le entregaron el corazón al mismo forastero de palabras dulces y promesas vanas, quien les juró amor en secreto a cada una por separado. Cuando el engaño quedó al desnudo, la pena fue más grande que el orgullo. Unas versiones dicen que fue el propio desencanto el que las llevó a adentrarse juntas en el agua; otras, que en una oscura Noche de San Juan el hombre las llamó desde un bote en el centro del estanque y, al escuchar su nombre en la penumbra, cada hermana creyó ser la elegida y caminó hacia la profundidad sin retorno. Murieron ahogadas en el mismo espejo de agua que custodiaba sus faenas diarias.

Muchos años pasaron. Donde antes había sauces solitarios y senderos de barro, con las décadas llegó el balneario popular, las tardes de picnic familiar, los botes de remo y las risas de los niños los domingos por la tarde. Hoy el entorno cambió de traje y alberga las aulas universitarias del Campus de la Universidad San Sebastián, llenando la ribera de pasos jóvenes y libros bajo el brazo.

Allí, casi en la esquina de Paicaví con Manuel Rodríguez, la plazoleta que colinda con el estanque y el puente peatonal que cruza la laguna son de libre tránsito para cualquier transeúnte que quiera hacer una pausa. Sin embargo, ese permiso público encuentra su límite exacto al cruzar al otro lado, donde comienza el terreno universitario. Una caseta de guardias y un vigilante filtran el ingreso diario de estudiantes y funcionarios; en vacaciones o durante el trasnoche, el portón permanece cerrado bajo llave, salvo que un particular solicite cuidadosamente permiso y justifique de forma estricta su entrada. Mientras tanto, en las áreas verdes de la plazoleta pública, no es raro ver de repente a algunos caballos pastando por la mañana, postales urbanas vinculadas al humilde campamento ubicado al otro costado de la laguna, cuyo acceso se da por calle Bulnes a la altura de Janequeo. Entre esa mezcla de cotidianidad, campus y barrio, el ecosistema de la laguna resiste a su manera, incluso frente a episodios insólitos que han llegado a las noticias, como cuando un sujeto intentó pescar de forma ilegal en sus aguas protegidas. Pero cuando cae la noche y la niebla baja tupida desde los cerros, más de algún vecino jurará haber visto tres sombras que caminan sobre el agua tranquila, recordando que hay penas que ni el paso del tiempo ni el progreso urbano logran ahogar.

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