jueves, 21 de mayo de 2026

Columna ESPIRITUAL: La calle peligrosa despierta la oración desde el alma.

MIEDO
 Salir de la casa un lunes por la mañana con el ánimo arriba se ha transformado, casi sin darnos cuenta, en un verdadero acto de resistencia, sobre todo para quienes habitamos en los barrios y comunas periféricas de las grandes capitales regionales del centro-sur de nuestro país. Lo lógico, lo que a uno le enseñaron desde chico en la población, es que si te levantas con optimismo para ir a la pega, a clases, a comprar o a esa cita médica en el consultorio que costó meses conseguir, las cosas deberían salir bien. Existe una creencia muy nuestra de que la gente honrada cuenta con una especie de protección por el solo hecho de hacer las cosas bien. Debería ser lo normal, el trato mínimo que uno de verdad espera de la vida.                                              

Sin embargo, hoy basta dar dos pasos fuera del pasaje para darse cuenta de que la calle se volvió una tómbola peligrosa. Da lo mismo si tienes un título técnico, si estás sacando una carrera o si en el barrio todos te ubican desde siempre. El peligro real no viene de tu entorno conocido; no viene de tus compañeros de estudio, de tus colegas de oficina ni del caballero del almacén. A veces nos ahogamos en un vaso de agua por los dramas diarios de la rutina, amargándonos porque no tenemos amigos en el curso, porque cuesta encontrar pareja o porque en el trabajo te ponen mala cara simplemente porque les caes mal. Visto con la cabeza fría y frente al Chile de hoy, todo eso es un vaso de leche. Son problemas chicos comparados con el verdadero temor de saber que en cualquier esquina un delincuente puede terminar contigo, o dejarte una secuela de salud de por vida por un disparo o una puñalada. E incluso si zafas del daño físico, el puro trauma de la amenaza te siembra un miedo psicológico que te cambia por completo la película sobre lo que significa caminar por la ciudad. 



 La lotería de la vereda y el silencio del barrio

Lo más complejo es que el viejo cuento de que esto solo le pasa a los que andan metidos en el bajo mundo ya no se lo cree nadie. Se habla mucho en las noticias de los famosos ajustes de cuentas entre bandas rivales, pero la realidad es que en la vereda ya casi nadie está a salvo. A veces la violencia le llega al que se buscó el problema por andar en malos pasos. Otras veces golpea al vecino que, sin ser delincuente, le pidió un favor al mafioso equivocado o cayó en el consumo y quedó amarrado a una deuda brava. También ocurre con el ciudadano común o el líder vecinal que se cansa de vivir con el alma en un hilo y se atreve a decir que la gente está aburrida del miedo y que la olla a presión va a reventar. Esa es una verdad que incomoda de golpe al delincuente local, que detesta a los periodistas, detectives o sapos, obligando a poblaciones enteras a guardar un silencio cómplice por pura seguridad. Y en el escenario más injusto, está el asalto donde un inocente termina herido por el instinto de defender lo suyo, o las tragedias brutales de adultos mayores que mueren gratuitamente por una bala loca o atropellados por un conductor desquiciado.

Es en este mapa donde la mente empieza a armar sus propias estrategias de supervivencia antes de cruzar la puerta. Cuando notas las señales de peligro en el ambiente, buscas cómo protegerte emocionalmente para llegar entero a destino. Algunos optan por la desconexión total el día antes o por salir con audífonos escuchando música energizante que les suba el ánimo y los haga sentirse fuertes frente al entorno. Otros, la gran mayoría en un país de creyentes, recurren al auxilio de Dios. Pero la forma de rezar también cambió. El pensamiento cristiano más tradicional te dice que debes encomendarte y aceptar la voluntad del Señor con sumisión. Sin embargo, como el amor propio es fuerte y nadie quiere ser humillado ni pisoteado por un delincuente, hoy la oración se convirtió en un auxilio emocional de emergencia. Ya no se pide resignación; se pide autoconfianza y fuerza mental para mantener la calma y tener el desplante necesario para no dejarse debilitar por el malo en la vía pública. Esta fe se acompaña con astucia callejera, optando por caminar donde haya harta gente y pasen micros, usando a los pasajeros como protectores indirectos, sabiendo que hoy cualquiera tiene un teléfono en la mano listo para grabar y funar al auto sospechoso que intente acorralarte.  



Aunque en Chile muchos han sido bautizados en la iglesia católica, van pasando
los años y esas mismas "guaguitas" van creciendo. Ya en la etapa adulta
toman su propia decisión, posiblemente incentivados por la decepción
del más rutinario "rito católico", que no los llenaría espiritualmente tampoco.
a) Se cambian de religión. b) Se hacen ateos. Y c) Siguen siendo católicos,
con la particularidad de que "no van a misa" (Católicos "a la chilena" no más).
 
Entre la hipocresía del templo y el desprecio intelectual

La pregunta de fondo es por qué nos acordamos de la espiritualidad solo cuando las papas queman y la ignoramos el resto del año. La respuesta pasa por los extremos que la rodean. Por un lado, están los fanatismos religiosos de siempre, esos que ahuyentan a la gente con discursos que huelen a ignorancia, autoflagelación y a una sumisión que te estanca, donde se castiga el placer, se descuidan los afectos y se apaga la vida sexual en nombre de una falsa pureza. Por otro lado, están las decepciones de ver mucha prédica en el templo y mucha injusticia en el día a día, sumado a la influencia del modelo progre difundido por el activismo de izquierda desde las universidades, que mira la fe con desprecio y superioridad intelectual. Mientras esos discursos de intelectuales intentan terminar con lo que ellos consideran vidas flojas u ordinarias, ni de cerca asumen que el vecino ve un reality show simplemente porque es lo único que lo saca de una rutina pesada e incomprendida por el resto.

En Chile casi todos nacemos bautizados por la iglesia católica porque los papás cumplen el rito antes del año de vida, pero al crecer, cada quien toma su rumbo entre las iglesias evangélicas, los cristianos que no van a misa, los agnósticos y los ateos. Es común ver a jóvenes que se declararon ateos tras pasar por una casa okupa anarquista, pero que al enfrentar una situación límite en la calle y salvarse de milagro, terminan reconociendo que Dios les tendió la mano. Asumen que Dios existe, pero aun así no vuelven a pisar un templo. Tienen sus razones: saben que el creyente de domingo muchas veces sigue siendo un hipócrita, y que la discriminación y el juicio social siguen intactos por más que se hable de amor al prójimo. Tampoco se enseña la doctrina de Jesucristo de una forma práctica. Algunos religiosos básicos hablan de sumisión, pero olvidan que la historia de Jesús tiene discursos que calzan perfecto con nuestras acciones de hoy, como cuando defendió a la mujer adúltera de los que querían apedrearla. Incluso algunos sectores políticos reconocen que el foco del cristianismo debiera ser más espontáneo y sin tanto rito. El problema es que todavía no valoramos el momento de la oración porque creemos que no corremos peligro, y caemos en el prejuicio de pensar que rezar es cosa de gente anticuada o ñoña. Ese es el típico error del agnóstico cuando juzga al evangélico por sus cultos; no entiende que la verdadera oración con la que le pides socorro a Dios no depende del vaivén del banjo o del pandero, sino de una relación directa de un hijo con su padre. Lamentablemente, las iglesias no han sabido enseñar cómo hacer flotar el espíritu en la vida real, y es esa falta de herramientas prácticas lo que termina aislando a la gente de Dios.  



El ego, la máscara y la oración en silencio

Hay que reconocer que suplicar que Dios te proteja de un delincuente apenas sales a la calle puede tener una dosis de cinismo. Si en tu población no ves a nadie raro ni gente tránfuga merodeando la esquina, lo más seguro es que ni te acuerdes de hablar en silencio con Dios dentro de tus pensamientos. A esto se suma que la misma estructura de la iglesia te quita las ganas de valorar la oración, porque te mete en la cabeza que el mejor momento para rezar es a las cuatro de la mañana, de rodillas en el suelo del dormitorio donde nadie te pueda ver. Muchos le temen al ridículo de que los sorprendan en un acto de humildad; en un mundo competitivo, da miedo que te miren con menosprecio o piensen que eres tontito. Ese temor es un tremendo desincentivo que nos desconecta. Tenemos el ego tan alto que nos sentimos menoscabados si nos ven vulnerables. Por eso, preferimos cultivar un Alter Ego, una máscara de arrogancia y orgullo hormonal que usamos para defendernos, y no precisamente de los delincuentes, sino de la misma gente de nuestro entorno, para evitar que nos infantilicen o nos pasen a llevar.

Son ese tipo de trancas las que nos desmotivan a acordarnos de Dios en cualquier otro día del año. Sin embargo, no todo está perdido en la vereda. Algunos misioneros universitarios, como los jóvenes del grupo cristiano Águilas, suelen recordar en sus reuniones algo que desarma cualquier parada soberbia. Ellos explican que Dios siempre te abrirá las puertas para que te acerques, que jamás te va a hacer la desconocida por el hecho de haberlo abandonado antes, y que en el fondo somos sus hijos los que tenemos el libre albedrío de querer abrir o no la puerta de nuestro corazón al Espíritu Santo. Es la misma vieja escena de la historia sagrada cuando Jesús se acercó a Mateo y, más que exigirle ritos, le preguntó si lo invitaría a su casa. Una forma muy directa y humana de decirnos que la decisión de dejar entrar a Dios en nuestra realidad sigue siendo íntima.

Si sientes que estás en peligro, o intuyes que en la próxima esquina un auto puede pasarte por al lado con un sujeto increpándote, y crees que Dios está contigo para que tu oración silenciosa atraiga un magnetismo protector, no lo dudes. Encomiéndate como quieras, ya sea aceptando su voluntad o pidiendo que el Señor te eche el ojo mientras esperas la micro en el paradero. Han existido hechos fortuitos que al azar te han salvado de varias, y aunque pocos lo reconozcan, ahí está esa mano divina. Dios ve las mentes y los corazones; comprende que el prepotente de la calle en el fondo es alguien inseguro que solo en su casa es él mismo. Como Él lee lo que llevas dentro, no necesitas andar ostentando tu fe ante la gente, una enorme ventaja si eres una persona solitaria o no tienes pareja. Si sientes que debes acudir a Dios, hazlo, ¡dale no más!

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