miércoles, 25 de febrero de 2026

El misterio del Station Wagon: WhatsApp tras el volante


Se ha vuelto una escena casi hipnótica en nuestros barrios: un Station Wagon se estaciona con calma, el motor se apaga, pero el conductor se queda ahí, refugiado en su cápsula de metal por largos minutos. Lo vemos a través del parabrisas, totalmente concentrado en el brillo de su celular, mandando audios eternos de WhatsApp justo al frente de su propio portón. Es inevitable preguntarse por qué alguien prefiere la incomodidad del asiento del auto antes que la calidez de su living, donde podría conversar tranquilo sin despertar las sospechas de un vecindario que hoy, lamentablemente, vive con el "Jesús en la boca". En un Chile donde la desconfianza manda, ese hombre estacionado en la penumbra no siempre es visto como un vecino cansado; para el que pasa por la vereda, bien podría ser un informante o un "soplón" de alguna banda. Es triste reconocerlo, pero la realidad delictual nos ha vuelto prejuiciosos y, ante la duda, preferimos pensar lo peor de quien se queda ahí quieto mirando el teléfono.

Cualquier pretexto sirve para, visitar NUESTRAS PLAZAS Y ESPACIOS PÚBLICOS
 Esta costumbre de usar el vehículo como oficina privada no solo es curiosa, sino que termina siendo incómoda para el mismo protagonista. Al quedarse ahí, el conductor se expone a que los peatones lo miren de reojo, rompiendo esa privacidad que tanto busca. Si el objetivo es mensajear con libertad, ¿por qué no aprovechar las plazoletas nuevas que han inaugurado en estos últimos años? Muchas tienen estacionamientos tranquilos, lejos del paso de la gente, donde nadie los apuntaría con el dedo. Incluso, existe esa táctica muy nuestra de resolver los asuntos digitales antes de salir: revisar el móvil en la intimidad del baño —fingiendo una urgencia si es necesario— o en el dormitorio, tal como uno cuenta la plata antes de guardarla en la billetera. Salir a la calle con el trámite listo da paz mental y, de paso, nos cuida de esos robos por distracción que tanto se ven en las ciudades, permitiéndonos manejar enfocados solo en llegar a destino.

Sin embargo, esta conducta de "hacer la vida afuera" parece ser típica de nuestra zona. Es llamativo ver a familias que, teniendo la casa ahí mismo, prefieren atender a las visitas en la vereda, conversando un cuarto de hora bajo el sol o el frío sin invitarlos a pasar por unas galletas. Da la sensación entonces de que se adueñan de la esquina hasta cerca de la medianoche, disfrutando del bullicio de la calle como si el confort de su casa fuera un lugar prohibido o tuvieran algo que ocultar. En estas comunas del centro-sur de Chile, que no pasan de los cien mil habitantes, la gente es inquieta: son los que madrugan a las cinco y media para trotar o trabajar, los que odian el encierro y los que prefieren dar vueltas en auto escuchando música fuerte antes que acostarse temprano. Es una vitalidad que a veces se vuelve un poco invasiva para el resto, retratando a una población que, por alguna razón extraña, prefiere que su vida ocurra a la vista de todos antes que en la seguridad de sus propias paredes.

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