miércoles, 3 de junio de 2026

LAS SEMANAS DISTRITALES: Los ciudadanos de a pie exigen trabajo parlamentario en terreno

Hace algunos años, figuras políticas de la zona como ALEJANDRO NAVARRO
tenían su oficina parlamentaria. Hoy (2026) tenemos otra que corresponde
a la del senador UDI, en Concepción, ENRIQUE VAN RYSSELBERGHE
Seguro te despertaste un poco tarde, agarraste el celular para mirar TikTok y lo primero que te apareció en el inicio, entremedio de los virales del momento, fue el video de un nuevo escándalo político de esos que dan rabia pura. 

El miércoles 3 de junio de 2026, las redes sociales y los matinales están ardiendo por culpa de un diputado de la Región de Los Ríos llamado Leandro Kunstmann, quien terminó encendiendo todas las alertas de la opinión pública. Resulta que el hombre lleva apenas tres meses en su cargo y ya armó las maletas para mandarse cambiar de vacaciones al Caribe, justo en los días en que le tocaba cumplir con la famosa Semana Distrital. Para rematarla, cuando los portales de noticias lo pillaron, dijo muy suelto de cuerpo que él estaba mandado a hacer su trabajo solo de lunes a miércoles en el Parlamento y que "para eso me pagan una dieta". Obviamente, le cayó un hachazo de críticas tan grande de todos los sectores que tuvo que salir corriendo a pedir disculpas públicas por su "frase desafortunada", aclarando que en verdad los parlamentarios trabajan de lunes a domingo. Pero el asunto ya se hizo viral, el meme quedó flotando en los grupos de WhatsApp y la desconfianza de la gente volvió a subir a las nubes.

    El problema de fondo es que, mientras nos reímos con la funa de turno o compartimos el extracto en nuestras historias, la gran mayoría de la ciudadanía no tiene idea de qué es la Semana Distrital ni para qué sirve realmente. A veces, cuando se vive una etapa más relajada, bien mantenidos por los papás y sin grandes obligaciones familiares encima, la política se ve como algo aburrido, lejano o de elite. Nos quedamos en la pura queja virtual porque nadie nos ha explicado cómo funciona el sistema en fácil, sin términos jurídicos lateros y con peras y manzanas. Al final, estar informado es un derecho humano básico, aunque tu mayor placer diario sea ver tele y flotar en la comodidad de la casa. Para entender el mapa completo, hay que saber que el poder en el Congreso de Chile se divide en dos lados. Por una parte tenemos 155 diputados (la Cámara Baja), donde cada uno representa a un distrito específico pero tiene la facultad de legislar para todo el país. Por el otro lado están los 50 senadores (la Cámara Alta), que representan a zonas más grandes llamadas circunscripciones. Si nos enfocamos en nuestra Región del Biobío, la cosa se organiza en dos distritos y una circunscripción regional: estamos representados por el Distrito 20 (que tiene 8 diputados) o el Distrito 21 (con 5 diputados), además de los 3 senadores de la zona. A todos ellos el Estado les paga un sueldo gigante con la plata de todos nosotros, no solo para que voten leyes encerrados en Valparaíso, sino para que solucionen los problemas reales de nuestras comunas.

 Ahí es donde entra la Semana Distrital, que ocurre una vez al mes, generalmente la última semana de cada mes. En esos días, los diputados y diputadas congelan las reuniones en el Congreso y tienen la obligación por ley de volver a sus territorios a trabajar directamente en la calle. No es un feriado encubierto, no son vacaciones adelantadas en una playa tropical ni un premio de fin de mes. Es el único momento donde tienen que bajarse del auto, escuchar a los vecinos, meterse a las poblaciones de los sectores populares y ver qué pasa con la delincuencia, la salud o la falta de oportunidades en los barrios que los eligieron. Es el momento donde el político debiera estar a la mano del ciudadano común.

En la Provincia de Concepción tenemos ejemplos súper concretos de cómo se supone que un parlamentario debiera mantener los lazos con su gente, al menos con algo tan básico como hacer funcionar las Oficinas Parlamentarias. El caso más emblemático en nuestra zona fue el de Alejandro Navarro mientras fue diputado (1994-2006) y luego senador (2006-2022). Más allá de si a uno le gustaba o no su color político, el tipo entendía perfectamente que para mantener el voto popular tenía que tener una trinchera abierta y activa en el barrio. Su oficina principal siempre funcionó en Penco y pasó por varias etapas: en los 90 y hasta el 2002 estuvo en una casa en la calle Roble cuando era del Partido Socialista; entre 2002 y 2004 se cambió a la esquina de Yerbas Buenas con Freire; después volvió a su primera ubicación en Roble hasta el 2007; y finalmente se instaló en una tercera ubicación en la esquina de Heras con Chacabuco desde el 2008 hasta el fin de su período en 2022, justo cuando renunció al PS para armar su propio caudillismo con partidos nuevos como el MAS y el PAÍS, que terminó aliado con Marco Enríquez-Ominami en la plataforma PRO-PAIS.

  Navarro intentó meterse al centro de Concepción en 2008, abriendo por unas pocas semanas una oficina en el segundo piso de un viejo edificio del Paseo Peatonal, pero su fuerte siempre fue Penco. Incluso cuando asumió como senador en 2006 y su zona se estiró hasta el viejo Distrito 42 —lo que hoy es el Valle del Itata y Coelemu, cuando esa subprovincia aún pertenecía al Biobío—, puso una oficina en Chillán. Aunque claro, allá duró poco porque el electorado de esa zona de Ñuble siempre ha sido mucho más tirado a la derecha que a la centro-izquierda y no pescaron mucho el proyecto. Pero la gran particularidad de la oficina de Navarro en Penco, especialmente cuando se ubicaba en la bajada de calle Heras antes de llegar a la Plaza Los Conquistadores, es que siempre estaba viva. Quienes tuvieron la oportunidad de entrar veían que había un horario de oficina real en las mañanas de los días laborales, con una secretaria o recepcionista atendiendo al público. Los vecinos se sentaban en un cómodo hall que parecía un living, adornado con un monumento de madera de Lautaro y un montón de retratos fotográficos pegados en la pared donde se veía al parlamentario con distintos personajes. En la práctica, rara vez te atendía el mismo Navarro en persona; la trastienda real era un equipo gigante dedicado a la gestión en la zona: asesores, jefes de gabinete, periodistas, trabajadores sociales y camaradas de partido que hacían la pega de conectar el Congreso con la región.

Quienes forman parte de la generación millennial y hoy rondan entre los 25 y 40 años, seguro recordarán un primer contacto siendo escolares de básica en 1999, cuando caminaban con la mochila en la espalda saliendo del colegio por Penco. De repente veían a un caballero que ya aparecía a cada rato en la tele junto a personajes importantes como el mismísimo Navarro, aunque el respeto conservador por la autoridad se te iba a las pailas cuando le escuchabas decir un tremendo garabato porque, al salir de la oficina, su zapato pasó a llevar sin querer una caja llena de documentos.  Fue una primera experiencia rara, donde descubrías que la autoridad también era un humano común y corriente que se salía de libreto ante un niño a quien nadie tomaba muy en serio.   Un par de años después, en 2001, cuando Navarro buscaba su reelección, se mandó una genialidad de campaña: encabezó la entrega masiva de CD-ROMs con música de moda en las poblaciones, pero el truco estaba en que dentro del disco venía instalado el jingle de su campaña. Te regalaba un compilado de 12 o 14 canciones gratis para que las escucharas en el computador o en el equipo, metiendo su propaganda de una forma que ni un vecino del centro de Concepción habría cachado. Si tensionabas la oportunidad de hacer contacto con los mandos medios de esa oficina en el año 2002, las personas que estaban siempre ahí en Penco te podían tener muy bien considerado. Estaban a la mano para hacerte la paleteada de imprimirte las 60 hojas que llevabas guardadas en un disquete; un burdo "Copy Paste" de la enciclopedia Encarta para un trabajo de investigación pal' liceo. En ese establecimiento municipal nadie te enseñaba a pulir o desarrollar una metodología real, algo que después tendrías que aprender a la fuerza y a golpe y porrazo en la universidad. Era una forma bien doméstica y bastante informal de usar la infraestructura parlamentaria para acercarse a la gente del distrito.

 Por el otro lado del mapa político, también tenemos una Oficina Parlamentaria que en la práctica es la sede regional de la UDI en pleno centro de Concepción, específicamente en la calle Angol, entre O'Higgins y San Martín. Hoy ese lugar se perfila como la base del senador Enrique Van Rysselberghe y, si bien es un espacio igual de activo, funciona con una lógica completamente diferente. De repente, la oficina organiza actividades y capacitaciones abiertas a toda la comunidad, como talleres para preparar a la gente a buscar un puesto de trabajo, donde por razones obvias participan muchos militantes o simpatizantes de su sector. Es la clásica estrategia de la derecha para hacer convocatorias camufladas a través de agrupaciones de juventudes o talleres comunitarios, ganando nuevos adherentes sin decirlo de forma literal. Pero ojo, ahí la recepcionista siempre te advertía una regla de oro: la puntualidad extrema. Si la actividad partía a las 9 AM y no enviabas tu presencia a tiempo o no estabas adentro, las puertas simplemente se cerraban, poniéndote a prueba desde el primer minuto. Mientras Navarro llenaba su espacio de oficinas técnicas y no hacía tantos talleres porque las habitaciones y el auditorio del fondo pasaban ocupados por sus asesores, la derecha usa su sede como un imán de participación controlada.                                       

 Esa tremenda diferencia en la forma de comunicar y de acercarse a la gente explica muchas cosas de nuestra historia reciente, donde la falta de claridad y de sintonía fina con los sectores populares termina pasando la cuenta. Es el mismo problema que vimos, por ejemplo, en las campañas políticas previas al Plebiscito del 2022. En ese tiempo, la izquierda no usó una campaña masiva, simple y popular para aclarar los detalles del borrador que querían instalar como nueva constitución. Todo lo contrario, fue la derecha la que hizo un trabajo tremendo de contra-argumentos y de armar su contra-campaña. Muchos sectores comunistas salieron después a culpar a la derecha de ganar en base a mentiras, pero hay que ser realistas: en tiempos de propaganda la objetividad no existe. La derecha simplemente jugó sus cartas y ganó el gallito. Puede que hayan mentido en algunas cosas, pero la verdad es que la izquierda no logró convencer a la gente común del barrio, y eso fue bastante triste de ver.

 Lo mismo pasa cuando las instituciones públicas fallan rotundamente en su estrategia de comunicación hacia la calle. Pensemos en lo que pasa los fines de semana o previo a un feriado: pasada la medianoche, no falta el vecino imprudente que arma un mambo ruidoso en la población o en los departamentos pareados. Quienes intentan descansar llaman desesperados al 133 para frenar la fiesta porque el tipo anda alterado y no hace caso, pero Carabineros muchas veces no contesta o simplemente no acude al lugar de los hechos. La explicación del cuartel suele ser la misma de siempre: que no cuentan con dotación policial, que no tienen suficientes vehículos o que la única radiopatrulla disponible tuvo que partir a otra emergencia en una comuna vecina. Es una desconexión total que recuerda a los peores meses de la pandemia entre 2020 y 2021, cuando en pleno Toque de Queda te arriesgabas a mirar la calle y en diez cuadras no había ni un solo carabinero motorista patrullando, e incluso las comisarías tenían los portones metálicos cerrados sin ningún funcionario haciendo guardia en la entrada ni en la pileta de la plaza. Carabineros, a pesar de tener plataformas digitales, no orienta ni informa en redes sociales sobre los contactos de los cuadrantes ni sobre las leyes vigentes para enfrentar los ruidos molestos. Esa pega informativa la terminan haciendo algunos municipios o particulares de forma desinteresada. Mientras tanto, el nuevo gobierno de Kast, que lleva casi tres meses ejerciendo el poder, se ha quedado solo en lanzar promesas y generar expectativas, pero no ha entregado ninguna información práctica o útil en las plataformas que la gente realmente consume.

En medio de este vacío de información, hoy en día no sabemos bien cómo funcionan las sedes parlamentarias en el Biobío y nada nos incentiva a buscar esos datos en las páginas del gobierno. Ante esto, ha surgido una aparente cercanía de partidos nuevos como el Partido Social Cristiano (PSC), que se posiciona como una fuerza popular emergente en sectores de Concepción y Lirquén. Pero cuando miras de cerca cómo funciona la trastienda de la diputada Francesca Muñoz, te das cuenta de que sus asesores filtran demasiado el contacto con el mundo exterior. Te pueden llegar doscientos mensajes al inbox de Facebook o al DM de Instagram, pero si años atrás se te ocurrió lanzar tus críticas en X (Twitter) usando la impulsividad, la rabia o un par de garabatos, da lo mismo el fondo de tu reclamo: los asesores te silencian, te filtran y simplemente te dejan el visto. Por eso casi nunca verás que citen a una persona común a una audiencia presencial en Concepción. Aquí viene la pregunta del millón: si alguien no milita en ese partido y vive en el modesto sector de Santa Rita, cerca del río Andalién, ¿efectivamente los asesores le van a dar una cita para hablar cara a cara con la diputada? Da la impresión de que los equipos tienen un miedo tremendo de abrir las puertas, pensando que en un país tan polarizado cualquiera del otro bando viene camuflado por puro resentimiento a herir al parlamentario, terminando por blindarlo y aislarlo en una burbuja.

Ese blindaje de las elites locales no es nuevo; ya se vio durante el Estallido Social de 2019. Mientras la ciudadanía no politizada pensaba que el despertar sería espontáneo, la realidad de la calle demostró que las problemáticas cívicas reales nacían de la gente y no de las pautas de la izquierda tradicional ni de la agenda de la ONU. Te dabas cuenta de que los personajes poderosos siempre andan protegidos por muros invisibles. Si te topas a un alcalde, un diputado, un senador, o incluso con menor demanda a un rector universitario o un gran empresario en la calle para pedirle un favor, casi siempre salen a la defensiva con el típico "No, pero ahora estamos en otra", "deja tus datos con mi asesora y de ahí te llamamos" o "después ¿ya?, porque ahora estoy ocupadito". Es lo mismo que pasa cuando intentas escribir al portal web de la Presidencia —como ocurría con Gabriel Boric— para plantear la crisis de los profesionales de entre 23 y 40 años titulados que no encuentran pega: el encargado se limita a mandar un correo automático diciendo que recibieron la carta y que ellos verán cuándo darte una resolución.

En esa ensalada de problemas cotidianos, las oficinas parlamentarias aplican sus propios filtros para decidir qué pauta es relevante. Obviamente, un tema medioambiental como la instalación de la extracción de Tierras Raras en Penco genera una adhesión masiva y rápida, aunque muchas veces se quede en la burbuja del activismo de elite y no sea necesariamente popular. En cambio, problemáticas más profundas e individuales parecen quedar fuera del radar. Imaginemos el caso de un hombre de 35 años con Asperger que le escribe un mail a una oficina de un político que se dice socialista, reclamando por las brutales dificultades que tiene para encontrar pareja o conocer a una mujer, sobre todo ahora que la natalidad baja, los matrimonios desaparecen y muchas mujeres de 30 a 40 años inclusive no quieren tener pareja producto de su propio empoderamiento. Ante un lloriqueo que para el sistema puede parecer absurdo o poco coherente, ¿cómo reacciona la trastienda política?

Bajo la lógica de la "apertura de mente" que tanto predican, una oficina parlamentaria inteligente no va a tirar el mail a la basura pensando que es una pitanza o que el tipo está puro webeando porque las minas no lo pescan en la universidad. Lo que hacen es aplicar una táctica de contención y poner a prueba a la persona común. Probablemente no lo dejen hablar con el diputado, pero sí lo van a derivar con un subalterno, quizás un periodista o un psicólogo que esté haciendo su práctica profesional. El profesional escuchará la petición en silencio y, en vez de prometerle una imposible ley de inclusión afectiva para el año 2050 o 2100, usará la estructura como una excusa comunitaria: lo invitarán a una charla de formación de líderes o a una reunión del partido. Así, el chico que acusa no tener amigos o que cae en el perfil de Incel sale un par de horas de su casa, se toma un cafecito con galletas en el Coffee Break, conoce gente y se le ayuda a quererse un poco más para enfrentar su solitaria vida. Para un operador político duro, esto puede parecer una simple weá que ni merece comentario, pero es la forma en que deciden canalizar el drama individual.

Tampoco se pueden desvalorizar estas demandas particulares, porque a veces el sistema funciona si sabes presionar, aunque te topes con murallas. Pensemos en un estudiante universitario tesista que, usando la Ley del Lobby, pide por internet una audiencia con el Director Regional del INJUV en Concepción. Días después le confirman la cita por correo. El joven llega a la oficina y lo atiende el director junto a una asesora que toma apuntes de todo, tal como funciona una audiencia formal. El objetivo del estudiante es pedir apoyo para realizar una encuesta o pre-medición que le permita conocer la impresión de los jóvenes para un proyecto de programa juvenil regional. El director, quizás encontrando el tema poco relevante para su pauta, decide zafar fijándole una cita con un subalterno de la institución para que coordine con él. Al día siguiente, el estudiante habla con el funcionario designado, quien ya dateado por su jefe, le reconoce en su propia cara que el tema de proponer una radio juvenil en Concepción le es poco relevante. Los políticos y los funcionarios operadores tienen sus propias pautas cerradas y no quieren escuchar ideas nuevas del ciudadano común. Pregunta seria: ¿De qué democracia estamos hablando aquí?

Es ahí donde hace falta la conversación cara a cara. El estudiante, con argumentos bien fundados porque es un tesista preparado, le expone los motivos de por qué es necesario instalar el debate sobre la falta de espacios juveniles en la radiodifusión FM local. Cuando el funcionario finalmente se abre a escuchar, va entendiendo el punto más allá de la facha, la pinta o la apariencia del joven. Se da cuenta de que el cabro tiene cabeza, inteligencia, poder de convencimiento y las ideas súper claras. Todo eso ocurre gracias al contraste entre la apariencia y la escucha real. Cuando uno ve a un hombre sufrido caminando por la calle, piensa equivocadamente que no tiene herramientas. Nos referimos al perfil del guachito de la pobla: el típico chileno mestizo, moreno y del promedio que anda con lo justo. Ese mismo sujeto que se levanta temprano para pedir hora en el SOME al interior del Consultorio CESFAM de salud pública, al que mandan a comprar el kilo de pan hallulla al negocio de la esquina o el que toma la micro para ir a la pega porque quizás es lo suficientemente nervioso como para lidiar con el taco en horario pic si es que tuviera un auto. El prejuicio del burócrata hace pensar que el guachito de la pobla no tiene nada que aportar. Pero cuando te tomas el tiempo de escuchar el debate que ese vecino quiere dejar en el buzón institucional, descubres que puede ser tan brillante como tu jefe, solo que nunca le han dado la oportunidad. Al ver que tiene ideas extraordinarias, el funcionario lo empieza a tratar con respeto, fija una asamblea para unos días más y llama a los cabros del voluntariado del INJUV para que se acojan a la recolección de datos de la investigación. Así, el estudiante consiguió el requisito para sacar su carrera universitaria y demuestra que la calle tiene mucho que decir.

Al final del día, cuando un político confunde la Semana Distrital con un viaje de placer al Caribe, nos está viendo la cara porque sabe que estamos desinformados y metidos en nuestra propia burbuja de consumo y relajo. Quedarse reclamando detrás de una pantalla, tomándose una Red Bull o subiendo historias graciosas no cambia nada si ellos siguen haciendo de las suyas porque nadie los controla en el territorio. Los electores tenemos el derecho legítimo de interactuar con los diputados a quienes elegimos en las urnas. Es verdad que va por nuestra parte ver qué temas ameritan acudir a una oficina; es obvio que resulta mucho más urgente pedir facilidades para que los adultos mayores soliciten sus horas médicas y no se sientan presionados a levantarse a las 4 AM para estar haciendo fila a las 6 con el portón cerrado, un drama real que importa mucho más que la incapacidad de un treintón por conquistar a una mujer.

Para que esto cambie, el primer paso es que el equipo de asesores en la región distribuya planes de trabajo serios y conectados con la comunidad. Las autoridades con agendas importantes deben tener filtros, pero cuando salen a terreno, deben saber con quién reír, compartir, echar la talla o contener. Necesitamos fortalecer el sistema de audiencias. El mail institucional de una recepcionista debería ser el medio único y oficial, sirviendo de guía para el chileno de a pie que no sabe cómo dejar una carta formal en la oficina de partes de la Municipalidad de Tomé. Queremos que los diputados salgan a terreno, se reencuentren con su gente y que sea esa misma recepcionista la que te envíe un mensaje claro: "Usted ha sido citado a tal hora, tal día y en tal domicilio, a plantear su situación presencialmente con el señor Diputado de la República de su comuna". Es tu derecho como ciudadano de Chile y también como elector, la única herramienta real que nos queda para que dejen de pasarnos gato por liebre en nuestra propia cara.

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