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sábado, 1 de agosto de 2026

Columna política: El repudio contra el INDH asombra tras su masivo respaldo.

Dentro de los JUSTIFICATIVOS para pedir "sacar al Instituto Nacional de Derechos Humanos" estarían la supuesta desprotección a las policías, el respaldo a sujetos que han sido acusados de atacar a Carabineros, el gasto millonario de recursos públicos, la poca o nula neutralidad del organismo, incluso los inéditos casos de falsos ejecutados políticos que hoy siguen con vida aunque fuera de nuestro país. Sumado que el doble estándar (al que aquí se hace mención) incluiría contextos diplomáticos internacionales, donde países como Corea del Norte, Turkmenistán y Cuba forman parte de la ONU 

Sin embargo, hay dos detalles que no han sido difundidos masivamente en las Redes Sociales y que también ocupan puntos claves en este debate. La izquierda (aliada del INDH en Chile) jamás ha aclarado, de manera masiva, que el uso del organismo se concreta cuando algunos ciudadanos fueron reprimidos por "Agentes del Estado" (Policías). Mientras se sospecha que la derecha tendría una letra chica camuflada por debajo de toda esta reivindicación anti-globalista, ya que de conseguir su propósito podrían (según se dice) abusar del poder sobre la población a diestra y siniestra. Recuerden que los Derechos Humanos como discurso se instalaron en Chile tras finalizado el Régimen Militar en el año 1990. 


Por más de treinta años, el cuento político en Chile funcionaba casi sin contrapeso. Desde que terminó la dictadura en 1990, la Concertación y la izquierda agarraron la bandera de los derechos humanos como un pilar intocable, afirmados en investigar las atrocidades del régimen militar y en blindar los treinta artículos de la Declaración Universal. La idea de que todos tenemos derecho a la vida, a la propiedad, a la privacidad y a caminar tranquilos sin abusos era una suerte de acuerdo común que nadie cuestionaba. Sin embargo, en pleno 2026 la cosa dio un vuelco total. Hoy las redes sociales arden con una consigna que antes sonaba impensable para el ciudadano de a pie: la exigencia abierta de cerrar o borrar del mapa al Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). 



Septiembre de 2025. Un caso de un detenido desaparecido
que IMPACTÓ al país. ¿Jugaron con los sentimientos de los chilenos?
¿Cómo fue que tanta gente pasó de respetar esta institución a pedir su eliminación? La respuesta no es una casualidad de la noche a la mañana, sino una mezcla entre bronca acumulada, sospechas profundas y un manejo comunicacional donde la izquierda se durmió en los laureles. La olla empezó a tomar presión tras el Estallido Social de 2019 —visto desde la derecha como un intento de golpe blanco contra Sebastián Piñera— y agarró fuerza con el discurso "Anti-ONU" que instaló José Antonio Kast. Esa rabia se cruzó luego con la paranoia pandémica, donde la retórica contra los organismos internacionales se alimentó de teorías sobre las vacunas y la Agenda 2030, dejando contradicciones tan raras como ver a la misma izquierda que tildaba de "asesino" a Piñera apoyando de la noche a la mañana los toques de queda y las restricciones del gobierno. A esto se sumó un golpe directo a la memoria colectiva: los escándalos por falsos exonerados o ejecutados políticos que resultaron estar vivos, una herida donde muchos sintieron que se jugó de forma fea con el dolor del país.        



Aunque el INDH respalda a quienes sufrieron "abusos" por AGENTES DEL ESTADO,
parece no importar si el susodicho hirió (o mató) a un policía. 
Allí surge la IMPOTENCIA !
En plataformas de videos cortos como TikTok, la ultraderecha supo agarrar ese vuelo para pegarle duro al INDH. El reclamo pega fácil en la calle porque toca el bolsillo y el miedo del día a día: se critica que se gasten platas de todos en un organismo que se percibe como una trampa que reduce las facultades de Carabineros. Cuando en redes acusan que se "defiende a delincuentes de izquierda", en el fondo apuntan a manifestantes detenidos tras hacer desmanes en marchas contra gobiernos de derecha que, al verse acorralados por la policía, invocan el derecho a protestar para que los observadores del INDH salgan al rescate. Para el vecino que sufre la delincuencia o ve cómo atacan a un carabinero, eso se siente como una burla. Y la desconfianza crece cuando se mira para afuera y se ve el doble estándar de la ONU, donde dictaduras herméticas como Corea del Norte se sientan a dar cátedra sobre libertades.                                        



En Enero de 2024 
Para colmo, el propio INDH se encarga de regalarle el caldo de cultivo a sus detractores. El pasado 16 de julio, la cuenta de X @WenaChile reflotó un extracto del matinal Contigo en la mañana de Chilevisión que dejó a varios pensando. En el video se veía a funcionarios del instituto metidos en un terreno en Quilpué, no para defender al dueño que denunciaba amenazas para sacarlo de su propiedad, sino buscando la forma de viabilizar que gente en situación de calle se quedara ahí. Y ahí salta la contradicción que hasta el más humilde entiende: la necesidad de una vivienda no se puede resolver pasando por encima del Artículo 17 de la misma Declaración Universal, que protege la propiedad privada. Cuando la gente siente que la balanza se inclina según el color político, la neutralidad se cae a pedazos.                                                             




Esta sensación de que la mano blanda terminó corriendo los límites se conecta con un malestar profundo donde se percibe un exceso de garantismo: desde la falta de control fronterizo que evoca escenas como la invasión en el enclave español de Ceuta, hasta hechos cotidianos donde la autoridad parece atada de manos. Pasa en las escuelas, como el caso de la alumna de octavo básico que hirió a una compañera más chica con un arma blanca y solo recibió una suspensión provisoria, o con estudiantes desadaptados que abusan de su condición en la sala sin dejar hacer clases al profesor. 

Y es ahí donde asoma la "letra chica" de la inclusión que se instaló entre 2014 y 2018. Aquella idea noble de no discriminar y dejar atrás el clasismo contra los más humildes terminó desvirtuándose cuando algunos abusaron de ese pobrecitismo. Pasó con ciertos grupos o con la inmigración descontrolada: se apela a la caridad y a la contención cuando se está abajo, pero apenas se les tiende la mano terminan como el dicho de "cría cuervos y te sacarán los ojos". Al final, la gente se pregunta para qué sirvió la bandera de la no discriminación. ¿Era para abrazar a un niño TEA sin amigos o para blindar al desadaptado que se pasa de listo con los ruidos molestos? Porque hoy, si le pides de buena manera a un vecino jugoso que baje el volumen de la música, el etiquetado inmediato es de "clasista", dejando desprotegido al ciudadano tranquilo porque el sistema terminó dándole la razón al desubicado.          



Pero quedarse solo con la protesta de TikTok sería mirar la mitad del mapa, porque aquí hay detalles clave que casi nadie menciona. Primero está la enorme ingenuidad de la izquierda, que jamás le tomó el peso a la batalla comunicacional. Así como en 2022 la derecha le ganó la pulseada explicándole a la gente en fácil por qué rechazar el primer texto constitucional, la izquierda nunca bajó a la cancha a explicar cómo funciona realmente el INDH. Técnicamente, la institución existe para defender al ciudadano cuando el abuso viene de un "Agente del Estado" —como la policía o las Fuerzas Armadas—, aplicando la doctrina de que solo el Estado viola derechos humanos al usar mal su poder coercitivo, tal como ocurrió en dictadura con las atrocidades de la Venda Sexy o con las sospechas de abusos y muertes raras en calabozos tras el Estallido. Para el poblador común que no está metido en política, el INDH no le sirve de nada en su vida diaria porque el organismo no persigue a un delincuente común; pero la izquierda jamás supo explicar que esa protección es un beneficio colectivo para que el poder de turno no pase por encima de nadie.      



El vecino razona con lógica simple: si a mí no me sirve y parece que solo protege al que rompe la convivencia, ¿para qué lo queremos? El argumento es comprensible desde la experiencia cotidiana, pero es ahí donde aparece la letra chica geopolítica de esta reivindicación empujada por la derecha. Eliminar el INDH no es solo apagar una oficina que cae mal o recortar un presupuesto; es desenganchar al país de los tratados internacionales y amarrarse a un nuevo orden global donde el Derecho Internacional perdió peso —con hitos como la incursión militar estadounidense en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y la hegemonía de Donald Trump—. Sacar al INDH le daría "chipe libre" a proyectos conservadores para borrar la Agenda 2030 y ganar facultades absolutas de represión. Aunque José Antonio Kast no ha decretado toques de queda desde que asumió la presidencia en marzo de 2026, desmantelar estos vínculos con la ONU abriría la puerta a prácticas autoritarias al estilo de Nayib Bukele en El Salvador, abriendo el gran dilema: ¿es persecución antidelincuencia o una fachada de "gobierno de emergencia" que termina persiguiendo opositores y empobreciendo a la población con reformas fiscales?                                                                                        


 La paradoja actual es que Kast recibe fuego cruzado desde ambos lados: mientras Camila Vallejo tilda a su gestión de "estafa", comunicadores e influencers de la misma ultraderecha —como el Tío Kelly desde Koncevisión— lo acusan de "traición" y de estar vendido al globalismo de la Agenda 2030 por no haber arrasado de golpe con la institucionalidad internacional. Sin embargo, las protestas en las calles de Santiago siguen activas porque, le guste a quien le guste, el Estado de Chile mantiene compromisos internacionales en derechos humanos que trascienden al presidente de turno. Borrar al INDH para aplacar la rabia del momento puede sonar atractivo en un video de TikTok, pero el peligro real de romper el termómetro cuando hay fiebre es que terminamos entregando las herramientas de nuestra propia defensa y quedando totalmente a ciegas ante los abusos del poder.                                                                                                                                         

sábado, 4 de julio de 2026

Columna política: La trinchera de X ahoga el verdadero buzón ciudadano

Y nos faltó agregar una cosa:
En X no se discute con alturas de miras, no se argumenta, no se conversa
Sólo se lanzan a la web panfletos políticos básicos, y con discursos repetidos
(para convencer o manipular),
frases del tipo "Kast es nazi", "Proscribir al comunismo", etc. 
No es lo mismo ver a dos bandos agarrándose de las mechas en X que tener un verdadero buzón ciudadano. 

En los últimos años hemos sobreanalizado el rol de la política. Ya nos sabemos de memoria los diagnósticos, por lo que hoy lo verdaderamente importante es bajar esa teoría al día a día, al sentir más cotidiano y humano de nuestra propia realidad. Existe una tendencia bien tramposa a decretar que si te cansa hablar de política, es porque automáticamente no valoras la democracia. Pero aburrirse del ruido no es apatía; es simple salud mental frente a un ambiente que se volvió insoportable.

Esta desconexión recuerda mucho a lo que pasa hoy con el gobierno de José Antonio Kast. Muchos vieron en la ultraderecha una salvación o la única salida a la mediocridad que impuso la centro-izquierda de Gabriel Boric, encandilados con la promesa de frenar la delincuencia. Sin embargo, el libreto cambió en el camino. La seguridad terminó siendo un Caballo de Troya para instalar una agenda enfocada en la macroeconomía que beneficia prioritariamente a los súper ricos, mientras el oficialismo adopta un cómodo papel de mártir. Esta decepción está incubando un fenómeno peligroso: lo que realmente se está agotando en la ciudadanía es la última reserva de esperanza. 

La gente no confiará en ningún político, ¡EN NINGUNO! (Literal)
El peligro de este vacío se proyecta con fuerza hacia las elecciones de 2030. Con una población el triple de desconfiada, reaparecen alternativas como Franco Parisi o Johannes Kaiser, pero cabe preguntarse qué garantías reales ofrecen. ¿De verdad Parisi va a solucionar el país decretando un toque de queda a las pocas horas de asumir? ¿O Kaiser va a ser en la práctica ese líder más "perro" que promete en sus discursos? Del dicho al hecho hay mucho trecho, y el votante ya aprendió a golpes que las frases rimbombantes no solucionan la vida real.

Por eso, cuando los analistas dicen que restarse del debate es invalidar la democracia, hay que aclarar las cosas: no es lo mismo ver a dos bandos agarrándose de las mechas en X que tener un verdadero buzón ciudadano. Las redes sociales fracasaron rotundamente como espacio de escucha para el común de la gente; se convirtieron en trincheras de descalificación mutua y manipulación de bots. Exigirle al ciudadano de a pie que valide el sistema metiéndose en ese lodo virtual es un despropósito.

Apuntar con el dedo a la gente es ignorar que muchos prefieren las vías institucionales y respetuosas, como redactar una carta formal a la presidencia. Hoy las comunas casi no estimulan la participación en espacios físicos, lo que ha empujado a la ciudadanía a expresarse en la web, donde tampoco existen canales limpios para dejar impresiones de forma ordenada. Ya vivimos ese ninguneo en el primer proceso constitucional entre 2021 y 2022, donde la izquierda impuso sus propias pautas a la fuerza. Por todo esto, querer enviarle una carta cordial al Presidente de la República no es un desprecio al sistema. Al contrario, es un acto profundamente democrático: es la insistencia humana de querer ser escuchado con respeto, sin tener que rebajarse a la violencia de un gallito digital.

jueves, 18 de junio de 2026

Dos medidas del gobierno de Kast: Control de Clave Única en redes y copamiento policial mañanero

El rechazo al proyecto gubernamental de exigir la Clave Única para entrar a las redes sociales se justifica por el peligro de un control estatal excesivo sobre las opiniones de las personas. Detrás de esta medida, que en la superficie busca frenar la adicción de los menores, se esconden intenciones de vigilar los perfiles digitales y neutralizar espacios de debate democrático, lo que terminará desmotivando a los usuarios comunes y alejándolos de internet. 

Por el contrario, existe un total respaldo a los copamientos policiales y controles de identidad matutinos, una fiscalización que la ciudadanía apoya masivamente para recuperar el orden y la tranquilidad en las calles. Esta intervención preventiva responde a una urgencia real frente a la delincuencia y las incivilidades, marcando una distancia total con los abusos del pasado, ya que hoy en día el que nada hace, nada teme.


En estos meses de junio y julio de 2026, la televisión y las pantallas de los celulares se dividen entre los partidos del Mundial de fútbol y las noticias de la agenda pública, mientras la mayoría de los chilenos intenta capear el frío y la rutina de la pega. Para quienes viven en los barrios y comunas periféricas de las grandes capitales regionales del centro-sur del país, el ritual al bajarse de la micro es casi siempre el mismo, pues la gente solo quiere conectar el teléfono para mirar videos o imágenes que permitan desconectarse un rato de la jornada laboral. Nadie quiere llegar a la casa a enredarse con discusiones políticas complejas que requieran un título de abogado para entenderse, pero las últimas medidas del gobierno obligan a mirar con atención lo que pasa, porque tocan directamente la libertad dentro del hogar y la seguridad en las calles de una forma muy distinta.

Por un lado, la ministra de Desarrollo Social y Familia, María Jesús Wulf, propuso controlar el acceso de los menores de edad a las redes sociales exigiendo que todos los ciudadanos ingresen su Clave Única para poder filtrar la edad de los usuarios. Es un hecho real que los niños y adolescentes pasan demasiadas horas al día pegados a las pantallas, lo que provoca que se distraigan en la sala de clases y se expongan a un montón de contenido basura que abunda en internet. Las plataformas digitales son excelentes herramientas, pero el uso actual es bastante cuestionable, como pasa en X, la aplicación que antes se llamaba Twitter, donde la gente cae en fanatismos políticos y nadie aporta datos útiles, como recomendar un buen antivirus para proteger los dispositivos de hackeos. Esa misma desconexión y soberbia fue la que sepultó a la izquierda en el primer plebiscito de salida en 2022, cuando sus comandos prefirieron hablar con un lenguaje académico en vez de explicar el borrador con peras y manzanas a un electorado con voto obligatorio que no fue a la universidad a estudiar leyes, un error que la derecha aprovechó muy bien usando la estética simple de TikTok para convencer a la masa.

Frente a esta idea de la ministra Wulf, la postura es de un evidente desacuerdo por las dudas que genera el proyecto. Aunque en la superficie se busque frenar la adicción juvenil, existen letras chicas muy profundas que justifican este rechazo. La primera sospecha es el peligro de un control estatal excesivo que afecte la libertad de expresión, donde el gobierno de turno podría perfilar a los usuarios bajo la lógica de un Gran Hermano. La ciudadanía apoya que se persiga a los vándalos que queman micros porque esos actos sinsentido no ayudan a los más vulnerables, pero es peligroso que un ciudadano común, cansado del hostigamiento callejero o de los robos, use sus redes para desahogarse con sus ciberseguidores y termine marcado en una lista del gobierno por criticar la gestión actual. Algunos intentan bajarle el perfil a esto diciendo que el retail ya nos pide el RUT para acumular puntos en el supermercado, pero la diferencia es gigante, porque las empresas no guardan tu contraseña secreta, no te piden permiso para navegar ni te vigilan el perfil digital. Este temor a las listas negras ya se comenta en el mundo del trabajo, donde se rumorea que algunos encargados de Recursos Humanos revisan los perfiles de los postulantes para dejarlos fuera si opinan distinto, una práctica que frena la economía y contradice los discursos de libertad económica de los republicanos.

La otra letra chica detrás de esta fiscalización digital es que la obligación de usar la Clave Única va a terminar desmotivando a los usuarios, provocando que abandonen paulatinamente las redes sociales. Esto calza con una estrategia de la derecha que busca neutralizar los espacios democráticos de internet sin necesidad de usar la fuerza. El ambiente virtual en X cambió radicalmente entre los años de la pandemia, cuando la izquierda manejaba la influencia digital y la gente aprovechaba el encierro para socializar, conversar o tener pololeos virtuales por mensajes privados, y el periodo posterior al triunfo presidencial de Kast en 2025. Hoy, el auge de la ultraderecha llenó las plataformas de discursos duros que simpatizan con Pinochet y exigen proscribir al Partido Comunista acusándolo de la delincuencia actual. La trampa de sacar a un partido del camino es que abre el paso para aplicar medidas contrarias a los sindicatos y quitarle derechos a los trabajadores, de la misma forma en que atacan a la ONU para condicionar los Derechos Humanos. Además, las cuentas de izquierda tampoco ayudan a la convivencia, ya que se volvieron monotemáticas, defienden ciegamente la gestión de Boric y atacan con mala vibra, provocando que muchos usuarios activos prefieran retirarse de las redes para evitar el estrés de los ciberataques mientras el Congreso vota leyes importantes.

Al perder estos espacios digitales, se debilita un proceso de democratización que comenzó con el Facebook de 2008, una plataforma que alguna vez sirvió para mostrarle al poder central y a los medios tradicionales el verdadero sentir de la calle y las realidades de comunas periféricas como Penco o Tomé, que antes eran ignorados por los eventos veraniegos como el Crush Music. Aunque en la última década los canales de televisión convirtieron sus páginas de Facebook en un patio de berrinches donde dejan que el ciudadano pelee y se desahogue para luego ignorarlo en la práctica, ese buzón de sugerencias virtual sirvió para instalar temas en la pauta pública. Las estrategias de rating de los noticiarios muchas veces tomaron esos debates, como las dificultades de las personas con Asperger para entablar relaciones de pololeo, y los transformaron en reportajes sensacionalistas que, al menos, visibilizaron realidades ocultas.

Ya saliéndonos del computador o del teléfono móvil nos vamos directamente a la calle, donde antes de que empiece el invierno de este año 2026 los noticieros y matinales de televisión están mostrando una iniciativa completamente distinta con la que sí existe un total acuerdo. Se trata de los copamientos masivos y preventivos liderados por el Ministro de Seguridad Pública, Martín Arrau, que consisten en desplegar a Carabineros y autoridades municipales para saturar zonas estratégicas como estaciones de Metro, paraderos y centros urbanos. Su objetivo es reducir el comercio ambulante ilegal, realizar controles de identidad y disminuir los delitos para reforzar la seguridad de los pasajeros. Este es un ejemplo tangible de cómo se cumple lo que se estaba prediciendo en los años anteriores al periodo presidencial de José Antonio Kast, donde se advertía que la población, ante la desesperación por recuperar el orden público, aceptaría hipotecar parte de sus derechos o libertades individuales.

En cada madrugada de los días laborales, la policía se ubica en los accesos y escaleras del Metro para pedir la cédula de identidad al azar a quienes transitan hacia sus trabajos. Después de que el carabinero revisa el carnet y confirma que no hay nada judicial pendiente, el ciudadano se retira tranquilo para seguir su camino. Cuando los periodistas de televisión abordan en terreno a estas personas para preguntarles sobre la medida, la respuesta es unánime y todos dicen estar de acuerdo con la fiscalización, sin que se registren reclamos en los despachos en vivo. Esto abre una pregunta clave para quienes tienen menos de cincuenta años y no vivieron los primeros tiempos del régimen militar de Pinochet, sobre si esta fue la misma actitud del chileno común y no politizado cuando los militares asumieron el poder por la fuerza tras el golpe del 11 de septiembre de 1973. La realidad actual demuestra que la gente de la clase media emergente y de los sectores bajos está totalmente dispuesta a mostrar su carnet en la calle porque, antes del gobierno de Kast, las estaciones mostraban un nivel de delincuencia e incivilidades intolerables dentro de los andenes.

Para cerrar este panorama, el miércoles 17 de junio de 2026 se viralizó en X un video grabado en Valparaíso, donde se ve a Carabineros realizando un control de identidad a varios estudiantes en plena vía pública, muy cerca de un campus universitario. Quien subió el registro comparte ideas de izquierda y comentó con alarma que ya estamos viviendo en una dictadura, condenando lo que considera un hostigamiento policial hacia los jóvenes. Sin embargo, la gran mayoría de la gente en las redes no castigó el actuar de los uniformados, sino que lo apoyó argumentando que esos muchachos perfectamente podían estar haciendo cualquier cosa en la plaza en vez de estudiar o preparar un trabajo para la universidad. Es cierto que en la calle uno es libre de caminar, pero la realidad es que muchos jóvenes aprovechan esos espacios para tomar alcohol, consumir drogas o, en el peor de los escenarios, organizarse con overoles blancos para terminar quemando una micro en la esquina, recordando que beber en la vía pública es una falta legal que faculta a la policía a actuar. Además, los medios de prensa hacen una buena labor al informar sobre estos copamientos y controles de identidad amparados por la ley, ya que estas notas periodísticas sirven para que el ciudadano se prepare mentalmente apenas sale de su casa para ir a trabajar. A diferencia de lo que ocurría en los tiempos de la dictadura, hoy un carabinero solo te va a pedir el carnet y, si no tienes deudas pendientes con la justicia, te vas a poder ir caminando tranquilo, cumpliendo el viejo dicho de que el que nada hace, nada teme. En pleno 2026 la policía no te va a violar tus derechos humanos, no te van a mandar detenido a un campo de concentración en la Isla Dawson ni te van a amarrar las manos a rieles de tren para hacerte desaparecer en el mar como ocurrió en el régimen militar de Pinochet, marcando una diferencia gigante que cualquier ciudadano de a pie puede entender perfectamente. 

miércoles, 3 de junio de 2026

LAS SEMANAS DISTRITALES: Los ciudadanos de a pie exigen trabajo parlamentario en terreno

Hace algunos años, figuras políticas de la zona como ALEJANDRO NAVARRO
tenían su oficina parlamentaria. Hoy (2026) tenemos otra que corresponde
a la del senador UDI, en Concepción, ENRIQUE VAN RYSSELBERGHE
Seguro te despertaste un poco tarde, agarraste el celular para mirar TikTok y lo primero que te apareció en el inicio, entremedio de los virales del momento, fue el video de un nuevo escándalo político de esos que dan rabia pura. 

El miércoles 3 de junio de 2026, las redes sociales y los matinales están ardiendo por culpa de un diputado de la Región de Los Ríos llamado Leandro Kunstmann, quien terminó encendiendo todas las alertas de la opinión pública. Resulta que el hombre lleva apenas tres meses en su cargo y ya armó las maletas para mandarse cambiar de vacaciones al Caribe, justo en los días en que le tocaba cumplir con la famosa Semana Distrital. Para rematarla, cuando los portales de noticias lo pillaron, dijo muy suelto de cuerpo que él estaba mandado a hacer su trabajo solo de lunes a miércoles en el Parlamento y que "para eso me pagan una dieta". Obviamente, le cayó un hachazo de críticas tan grande de todos los sectores que tuvo que salir corriendo a pedir disculpas públicas por su "frase desafortunada", aclarando que en verdad los parlamentarios trabajan de lunes a domingo. Pero el asunto ya se hizo viral, el meme quedó flotando en los grupos de WhatsApp y la desconfianza de la gente volvió a subir a las nubes.

    El problema de fondo es que, mientras nos reímos con la funa de turno o compartimos el extracto en nuestras historias, la gran mayoría de la ciudadanía no tiene idea de qué es la Semana Distrital ni para qué sirve realmente. A veces, cuando se vive una etapa más relajada, bien mantenidos por los papás y sin grandes obligaciones familiares encima, la política se ve como algo aburrido, lejano o de elite. Nos quedamos en la pura queja virtual porque nadie nos ha explicado cómo funciona el sistema en fácil, sin términos jurídicos lateros y con peras y manzanas. Al final, estar informado es un derecho humano básico, aunque tu mayor placer diario sea ver tele y flotar en la comodidad de la casa. Para entender el mapa completo, hay que saber que el poder en el Congreso de Chile se divide en dos lados. Por una parte tenemos 155 diputados (la Cámara Baja), donde cada uno representa a un distrito específico pero tiene la facultad de legislar para todo el país. Por el otro lado están los 50 senadores (la Cámara Alta), que representan a zonas más grandes llamadas circunscripciones. Si nos enfocamos en nuestra Región del Biobío, la cosa se organiza en dos distritos y una circunscripción regional: estamos representados por el Distrito 20 (que tiene 8 diputados) o el Distrito 21 (con 5 diputados), además de los 3 senadores de la zona. A todos ellos el Estado les paga un sueldo gigante con la plata de todos nosotros, no solo para que voten leyes encerrados en Valparaíso, sino para que solucionen los problemas reales de nuestras comunas.

 Ahí es donde entra la Semana Distrital, que ocurre una vez al mes, generalmente la última semana de cada mes. En esos días, los diputados y diputadas congelan las reuniones en el Congreso y tienen la obligación por ley de volver a sus territorios a trabajar directamente en la calle. No es un feriado encubierto, no son vacaciones adelantadas en una playa tropical ni un premio de fin de mes. Es el único momento donde tienen que bajarse del auto, escuchar a los vecinos, meterse a las poblaciones de los sectores populares y ver qué pasa con la delincuencia, la salud o la falta de oportunidades en los barrios que los eligieron. Es el momento donde el político debiera estar a la mano del ciudadano común.

En la Provincia de Concepción tenemos ejemplos súper concretos de cómo se supone que un parlamentario debiera mantener los lazos con su gente, al menos con algo tan básico como hacer funcionar las Oficinas Parlamentarias. El caso más emblemático en nuestra zona fue el de Alejandro Navarro mientras fue diputado (1994-2006) y luego senador (2006-2022). Más allá de si a uno le gustaba o no su color político, el tipo entendía perfectamente que para mantener el voto popular tenía que tener una trinchera abierta y activa en el barrio. Su oficina principal siempre funcionó en Penco y pasó por varias etapas: en los 90 y hasta el 2002 estuvo en una casa en la calle Roble cuando era del Partido Socialista; entre 2002 y 2004 se cambió a la esquina de Yerbas Buenas con Freire; después volvió a su primera ubicación en Roble hasta el 2007; y finalmente se instaló en una tercera ubicación en la esquina de Heras con Chacabuco desde el 2008 hasta el fin de su período en 2022, justo cuando renunció al PS para armar su propio caudillismo con partidos nuevos como el MAS y el PAÍS, que terminó aliado con Marco Enríquez-Ominami en la plataforma PRO-PAIS.

  Navarro intentó meterse al centro de Concepción en 2008, abriendo por unas pocas semanas una oficina en el segundo piso de un viejo edificio del Paseo Peatonal, pero su fuerte siempre fue Penco. Incluso cuando asumió como senador en 2006 y su zona se estiró hasta el viejo Distrito 42 —lo que hoy es el Valle del Itata y Coelemu, cuando esa subprovincia aún pertenecía al Biobío—, puso una oficina en Chillán. Aunque claro, allá duró poco porque el electorado de esa zona de Ñuble siempre ha sido mucho más tirado a la derecha que a la centro-izquierda y no pescaron mucho el proyecto. Pero la gran particularidad de la oficina de Navarro en Penco, especialmente cuando se ubicaba en la bajada de calle Heras antes de llegar a la Plaza Los Conquistadores, es que siempre estaba viva. Quienes tuvieron la oportunidad de entrar veían que había un horario de oficina real en las mañanas de los días laborales, con una secretaria o recepcionista atendiendo al público. Los vecinos se sentaban en un cómodo hall que parecía un living, adornado con un monumento de madera de Lautaro y un montón de retratos fotográficos pegados en la pared donde se veía al parlamentario con distintos personajes. En la práctica, rara vez te atendía el mismo Navarro en persona; la trastienda real era un equipo gigante dedicado a la gestión en la zona: asesores, jefes de gabinete, periodistas, trabajadores sociales y camaradas de partido que hacían la pega de conectar el Congreso con la región.

Quienes forman parte de la generación millennial y hoy rondan entre los 25 y 40 años, seguro recordarán un primer contacto siendo escolares de básica en 1999, cuando caminaban con la mochila en la espalda saliendo del colegio por Penco. De repente veían a un caballero que ya aparecía a cada rato en la tele junto a personajes importantes como el mismísimo Navarro, aunque el respeto conservador por la autoridad se te iba a las pailas cuando le escuchabas decir un tremendo garabato porque, al salir de la oficina, su zapato pasó a llevar sin querer una caja llena de documentos.  Fue una primera experiencia rara, donde descubrías que la autoridad también era un humano común y corriente que se salía de libreto ante un niño a quien nadie tomaba muy en serio.   Un par de años después, en 2001, cuando Navarro buscaba su reelección, se mandó una genialidad de campaña: encabezó la entrega masiva de CD-ROMs con música de moda en las poblaciones, pero el truco estaba en que dentro del disco venía instalado el jingle de su campaña. Te regalaba un compilado de 12 o 14 canciones gratis para que las escucharas en el computador o en el equipo, metiendo su propaganda de una forma que ni un vecino del centro de Concepción habría cachado. Si tensionabas la oportunidad de hacer contacto con los mandos medios de esa oficina en el año 2002, las personas que estaban siempre ahí en Penco te podían tener muy bien considerado. Estaban a la mano para hacerte la paleteada de imprimirte las 60 hojas que llevabas guardadas en un disquete; un burdo "Copy Paste" de la enciclopedia Encarta para un trabajo de investigación pal' liceo. En ese establecimiento municipal nadie te enseñaba a pulir o desarrollar una metodología real, algo que después tendrías que aprender a la fuerza y a golpe y porrazo en la universidad. Era una forma bien doméstica y bastante informal de usar la infraestructura parlamentaria para acercarse a la gente del distrito.

 Por el otro lado del mapa político, también tenemos una Oficina Parlamentaria que en la práctica es la sede regional de la UDI en pleno centro de Concepción, específicamente en la calle Angol, entre O'Higgins y San Martín. Hoy ese lugar se perfila como la base del senador Enrique Van Rysselberghe y, si bien es un espacio igual de activo, funciona con una lógica completamente diferente. De repente, la oficina organiza actividades y capacitaciones abiertas a toda la comunidad, como talleres para preparar a la gente a buscar un puesto de trabajo, donde por razones obvias participan muchos militantes o simpatizantes de su sector. Es la clásica estrategia de la derecha para hacer convocatorias camufladas a través de agrupaciones de juventudes o talleres comunitarios, ganando nuevos adherentes sin decirlo de forma literal. Pero ojo, ahí la recepcionista siempre te advertía una regla de oro: la puntualidad extrema. Si la actividad partía a las 9 AM y no enviabas tu presencia a tiempo o no estabas adentro, las puertas simplemente se cerraban, poniéndote a prueba desde el primer minuto. Mientras Navarro llenaba su espacio de oficinas técnicas y no hacía tantos talleres porque las habitaciones y el auditorio del fondo pasaban ocupados por sus asesores, la derecha usa su sede como un imán de participación controlada.                                       

 Esa tremenda diferencia en la forma de comunicar y de acercarse a la gente explica muchas cosas de nuestra historia reciente, donde la falta de claridad y de sintonía fina con los sectores populares termina pasando la cuenta. Es el mismo problema que vimos, por ejemplo, en las campañas políticas previas al Plebiscito del 2022. En ese tiempo, la izquierda no usó una campaña masiva, simple y popular para aclarar los detalles del borrador que querían instalar como nueva constitución. Todo lo contrario, fue la derecha la que hizo un trabajo tremendo de contra-argumentos y de armar su contra-campaña. Muchos sectores comunistas salieron después a culpar a la derecha de ganar en base a mentiras, pero hay que ser realistas: en tiempos de propaganda la objetividad no existe. La derecha simplemente jugó sus cartas y ganó el gallito. Puede que hayan mentido en algunas cosas, pero la verdad es que la izquierda no logró convencer a la gente común del barrio, y eso fue bastante triste de ver.

 Lo mismo pasa cuando las instituciones públicas fallan rotundamente en su estrategia de comunicación hacia la calle. Pensemos en lo que pasa los fines de semana o previo a un feriado: pasada la medianoche, no falta el vecino imprudente que arma un mambo ruidoso en la población o en los departamentos pareados. Quienes intentan descansar llaman desesperados al 133 para frenar la fiesta porque el tipo anda alterado y no hace caso, pero Carabineros muchas veces no contesta o simplemente no acude al lugar de los hechos. La explicación del cuartel suele ser la misma de siempre: que no cuentan con dotación policial, que no tienen suficientes vehículos o que la única radiopatrulla disponible tuvo que partir a otra emergencia en una comuna vecina. Es una desconexión total que recuerda a los peores meses de la pandemia entre 2020 y 2021, cuando en pleno Toque de Queda te arriesgabas a mirar la calle y en diez cuadras no había ni un solo carabinero motorista patrullando, e incluso las comisarías tenían los portones metálicos cerrados sin ningún funcionario haciendo guardia en la entrada ni en la pileta de la plaza. Carabineros, a pesar de tener plataformas digitales, no orienta ni informa en redes sociales sobre los contactos de los cuadrantes ni sobre las leyes vigentes para enfrentar los ruidos molestos. Esa pega informativa la terminan haciendo algunos municipios o particulares de forma desinteresada. Mientras tanto, el nuevo gobierno de Kast, que lleva casi tres meses ejerciendo el poder, se ha quedado solo en lanzar promesas y generar expectativas, pero no ha entregado ninguna información práctica o útil en las plataformas que la gente realmente consume.

En medio de este vacío de información, hoy en día no sabemos bien cómo funcionan las sedes parlamentarias en el Biobío y nada nos incentiva a buscar esos datos en las páginas del Congreso Nacional. Ante esto, ha surgido una aparente cercanía de partidos nuevos como el Partido Social Cristiano (PSC), que se posiciona como una fuerza popular emergente en sectores de Concepción y Lirquén. Pero cuando miras de cerca cómo funciona la trastienda de la diputada Francesca Muñoz, te das cuenta de que sus asesores filtran demasiado el contacto con el mundo exterior. Te pueden llegar doscientos mensajes al inbox de Facebook o al DM de Instagram, pero si años atrás se te ocurrió lanzar tus críticas en X (Twitter) usando la impulsividad, la rabia o un par de garabatos, da lo mismo el fondo de tu reclamo: los asesores te silencian, te filtran y simplemente te dejan el visto. Por eso casi nunca verás que citen a una persona común a una audiencia presencial en Concepción. Aquí viene la pregunta del millón: si alguien no milita en ese partido y vive en el modesto sector de Santa Rita, cerca del río Andalién, ¿efectivamente los asesores le van a dar una cita para hablar cara a cara con la diputada? Da la impresión de que los equipos tienen un miedo tremendo de abrir las puertas, pensando que en un país tan polarizado cualquiera del otro bando viene camuflado por puro resentimiento a herir al parlamentario, terminando por blindarlo y aislarlo en una burbuja.

Ese blindaje de las elites locales no es nuevo; ya se vio durante el Estallido Social de 2019. Mientras la ciudadanía no politizada pensaba que el despertar sería espontáneo, la realidad de la calle demostró que las problemáticas cívicas reales nacían de la gente y no de las pautas de la izquierda tradicional ni de la agenda de la ONU. Te dabas cuenta de que los personajes poderosos siempre andan protegidos por muros invisibles. Si te topas a un alcalde, un diputado, un senador, o incluso con menor demanda a un rector universitario o un gran empresario en la calle para pedirle un favor, casi siempre salen a la defensiva con el típico "No, pero ahora estamos en otra", "deja tus datos con mi asesora y de ahí te llamamos" o "después ¿ya?, porque ahora estoy ocupadito". Es lo mismo que pasa cuando intentas escribir al portal web de la Presidencia —como ocurría con Gabriel Boric— para plantear la crisis de los profesionales de entre 23 y 40 años titulados que no encuentran pega: el encargado se limita a mandar un correo automático diciendo que recibieron la carta y que ellos verán cuándo darte una resolución.                                                                                  

En esa ensalada de problemas cotidianos, las oficinas parlamentarias aplican sus propios filtros para decidir qué pauta es relevante. Obviamente, un tema medioambiental como la instalación de la extracción de Tierras Raras en Penco genera una adhesión masiva y rápida, aunque muchas veces se quede en la burbuja del activismo de elite y no sea necesariamente popular. En cambio, problemáticas más profundas e individuales parecen quedar fuera del radar. Imaginemos el caso de un hombre de 35 años con Asperger que le escribe un mail a una oficina de un político que se dice socialista, reclamando por las brutales dificultades que tiene para encontrar pareja o conocer a una mujer, sobre todo ahora que la natalidad baja, los matrimonios desaparecen y muchas mujeres de 30 a 40 años inclusive no quieren tener pareja producto de su propio empoderamiento. Ante un lloriqueo que para el sistema puede parecer absurdo o poco coherente, ¿cómo reacciona la trastienda política?

Bajo la lógica de la "apertura de mente" que tanto predican, una oficina parlamentaria inteligente no va a tirar el mail a la basura pensando que es una pitanza o que el tipo está puro webeando porque las minas no lo pescan en la universidad. Lo que hacen es aplicar una táctica de contención y poner a prueba a la persona común. Probablemente no lo dejen hablar con el diputado, pero sí lo van a derivar con un subalterno, quizás un periodista o un psicólogo que esté haciendo su práctica profesional. El profesional escuchará la petición en silencio y, en vez de prometerle una imposible ley de inclusión afectiva para el año 2050 o 2100, usará la estructura como una excusa comunitaria: lo invitarán a una charla de formación de líderes o a una reunión del partido. Así, el chico que acusa no tener amigos o que cae en el perfil de Incel sale un par de horas de su casa, se toma un cafecito con galletas en el Coffee Break, conoce gente y se le ayuda a quererse un poco más para enfrentar su solitaria vida. Para un operador político duro, esto puede parecer una simple weá que ni merece comentario, pero es la forma en que deciden canalizar el drama individual.

Tampoco se pueden desvalorizar estas demandas particulares, porque a veces el sistema funciona si sabes presionar, aunque te topes con murallas. Pensemos en un estudiante universitario tesista que, usando la Ley del Lobby, pide por internet una audiencia con el Director Regional del INJUV en Concepción. Días después le confirman la cita por correo. El joven llega a la oficina y lo atiende el director junto a una asesora que toma apuntes de todo, tal como funciona una audiencia formal. El objetivo del estudiante es pedir apoyo para realizar una encuesta o pre-medición que le permita conocer la impresión de los jóvenes para un proyecto de programa juvenil regional. El director, quizás encontrando el tema poco relevante para su pauta, decide zafar fijándole una cita con un subalterno de la institución para que coordine con él. Al día siguiente, el estudiante habla con el funcionario designado, quien ya dateado por su jefe, le reconoce en su propia cara que el tema de proponer una radio juvenil en Concepción le es poco relevante. Los políticos y los funcionarios operadores tienen sus propias pautas cerradas y no quieren escuchar ideas nuevas del ciudadano común. Pregunta seria: ¿De qué democracia estamos hablando aquí?

Es ahí donde hace falta la conversación cara a cara. El estudiante, con argumentos bien fundados porque es un tesista preparado, le expone los motivos de por qué es necesario instalar el debate sobre la falta de espacios juveniles en la radiodifusión FM local. Cuando el funcionario finalmente se abre a escuchar, va entendiendo el punto más allá de la facha, la pinta o la apariencia del joven. Se da cuenta de que el cabro tiene cabeza, inteligencia, poder de convencimiento y las ideas súper claras. Todo eso ocurre gracias al contraste entre la apariencia y la escucha real. Cuando uno ve a un hombre sufrido caminando por la calle, piensa equivocadamente que no tiene herramientas. Nos referimos al perfil del guachito de la pobla: el típico chileno mestizo, moreno y del promedio que anda con lo justo. Ese mismo sujeto que se levanta temprano para pedir hora en el SOME al interior del Consultorio CESFAM de salud pública, al que mandan a comprar el kilo de pan hallulla al negocio de la esquina o el que toma la micro para ir a la pega porque quizás es lo suficientemente nervioso como para lidiar con el taco en horario pic si es que tuviera un auto. El prejuicio del burócrata hace pensar que el guachito de la pobla no tiene nada que aportar. Pero cuando te tomas el tiempo de escuchar el debate que ese vecino quiere dejar en el buzón institucional, descubres que puede ser tan brillante como tu jefe, solo que nunca le han dado la oportunidad. Al ver que tiene ideas extraordinarias, el funcionario lo empieza a tratar con respeto, fija una asamblea para unos días más y llama a los cabros del voluntariado del INJUV para que se acojan a la recolección de datos de la investigación. Así, el estudiante consiguió el requisito para sacar su carrera universitaria y demuestra que la calle tiene mucho que decir.

Al final del día, cuando un político confunde la Semana Distrital con un viaje de placer al Caribe, nos está viendo la cara porque sabe que estamos desinformados y metidos en nuestra propia burbuja de consumo y relajo. Quedarse reclamando detrás de una pantalla, tomándose una Red Bull o subiendo historias graciosas no cambia nada si ellos siguen haciendo de las suyas porque nadie los controla en el territorio. Los electores tenemos el derecho legítimo de interactuar con los diputados a quienes elegimos en las urnas. Es verdad que va por nuestra parte ver qué temas ameritan acudir a una oficina; es obvio que resulta mucho más urgente pedir facilidades para que los adultos mayores soliciten sus horas médicas y no se sientan presionados a levantarse a las 4 AM para estar haciendo fila a las 6 con el portón cerrado, un drama real que importa mucho más que la incapacidad de un treintón por conquistar a una mujer.

Para que esto cambie, el primer paso es que el equipo de asesores en la región distribuya planes de trabajo serios y conectados con la comunidad. Las autoridades con agendas importantes deben tener filtros, pero cuando salen a terreno, deben saber con quién reír, compartir, echar la talla o contener. Necesitamos fortalecer el sistema de audiencias. El mail institucional de una recepcionista debería ser el medio único y oficial, sirviendo de guía para el chileno de a pie que no sabe cómo dejar una carta formal en la oficina de partes de la Municipalidad de Tomé. Queremos que los diputados salgan a terreno, se reencuentren con su gente y que sea esa misma recepcionista la que te envíe un mensaje claro: "Usted ha sido citado a tal hora, tal día y en tal domicilio, a plantear su situación presencialmente con el señor Diputado de la República de su comuna". Es tu derecho como ciudadano de Chile y también como elector, la única herramienta real que nos queda para que dejen de pasarnos gato por liebre en nuestra propia cara.

lunes, 1 de junio de 2026

Modelos económicos contrapuestos chocan por el empleo chileno (¿Reforma Tributaria? ¿O menos impuestos a las empresas, para generar "PLENO EMPLEO"?)

 Cuando uno conversa con los vecinos, se da cuenta de que la política en Chile se ha convertido en una pelea de teleserie donde los que siempre pierden son los mismos. Hoy en día, el debate económico está atrapado en dos fórmulas completamente distintas sobre cómo armar el país y, sobre todo, sobre cómo generar pega, que es lo que realmente le importa a la gente cuando las papas queman y el desempleo empieza a subir. Por un lado, tenemos la receta que marcó al gobierno de Gabriel Boric: la famosa Reforma Tributaria, que en palabras simples es cobrarle más impuestos a las grandes empresas y a los más ricos. La idea detrás de esto es que el Estado junte una buena cantidad de plata en su caja común para financiar cosas grandes que se necesitan harto, como construir hospitales, mejorar las escuelas públicas y hacer obras en las calles. Por el otro lado, la propuesta de la derecha de José Antonio Kast dice todo lo contrario: hay que bajarle los impuestos a las empresas y quitarles trabas de encima. Según esta mirada, si el país les cobra menos, las grandes marcas de afuera y las multinacionales van a mirar a Chile con mejores ojos, se van a motivar a meter su plata acá y eso va a armar más y mejores puestos de trabajo para el ciudadano común que lleva meses tirando currículums sin recibir ni un llamado.

 Este último pensamiento ha pegado con mucha fuerza en las redes sociales, sobre todo en plataformas como X o en videos cortos de Tik Tok, creando una especie de derecha popular que defiende su bolsillo con argumentos muy sencillos y directos:

"Entiendan, el mejor beneficio social es tener un buen trabajo con el que te puedas costear la vida y pagar tus gustos. Bajen impuestos, aumenten inversión, y van a ver cómo ya no se necesitará un plan social".                 

La frase suena súper bonita y lógica, porque a nadie le gusta depender de un bono del gobierno; la dignidad de ganarse lo suyo es imbatible. Pero en la otra vereda, la gente responde con una verdad que da para pensar: el fantasma de la exclusión. Las empresas no contratan por buena onda, contratan al que le sirve para el negocio. Hoy en día, para cualquier pega te piden mil requisitos y cartones. Si un gobierno baja los impuestos pero al mismo tiempo corta los presupuestos de las capacitaciones públicas, ¿Cómo compite el vecino que no tiene pitutos ni estudios modernos? La cancha se abre, es verdad, pero solo entran a jugar los mismos seleccionados de siempre. 

        

 Esta pasada ya la vimos con otras ideas de la izquierda que prometían cambiarle la vida al trabajador, pero que al final mostraron una letra chica bien amarga. Pasó con las 40 horas laborales que empujó la exministra Jeannette Jara. En la tele se veía como un triunfo hermoso para descansar más, pero la realidad es que dejó abajo del bus a la mitad de Chile: a los que trabajan de forma informal vendiendo en la calle, a los que salvan el mes haciendo turnos extra los fines de semana, a los jóvenes con contratos part-time de dos días y, lógicamente, a los que están cesantes. Lo mismo pasa cuando se apura el aumento del sueldo mínimo. Suena justo, pero para el dueño de un almacén de barrio, una panadería o una pequeña PYME, pagar esa planilla es un tremendo apriete de zapato. Al final, como la plata no se multiplica mágicamente y se reducen sus ganancias legítimas para mantener el negocio a flote, el emprendedor termina despidiendo gente.

 Ahí es donde se entiende el tremendo fenómeno que pasó en las redes y en las urnas desde el Rechazo del Plebiscito en 2022. La clase política tradicional se quedó nocaut porque no entendió la rabia de la gente. El discurso de "cobrarle a los superricos" se derrumbó cuando el chileno de a pie se dio cuenta de que esa tremenda recaudación de impuestos no iba a parar a los consultorios, sino a pagarle sobresueldos a los apitutados políticos y a los amigos del presidente de turno. Por eso hoy tienen tanto arrastre las auditorías y esa promesa de mano dura con la economía y la seguridad, un estilo muy parecido al que se ve afuera con figuras como Donald Trump: una contrarrevolución total contra los discursos políticos de siempre. Después de tantos gobiernos de centro-izquierda desde que volvió la democracia con Patricio Aylwin, la gente sintió que votar por lo mismo era como ser un conejillo de indias corriendo en una rueda de laboratorio: corres y corres, pero sigues encerrado en la misma jaula.

 Pongamos un caso real para ver si el Estado soluciona las cosas. Si se hubiera aprobado la Reforma Tributaria de la izquierda, ¿¡ Qué garantía tenía un chileno común de recibir ayuda !? Imaginemos a un hombre de clase baja, estrato D, de casi 40 años, soltero, que tiene la condición de Asperger, vive con sus papás y lleva siete años cesante a pesar de tener un título universitario. Para colmo, la universidad lo tiene ahogado cobrándole un crédito interno. Para la máquina del Estado, este vecino simplemente no existe, es invisible. Los recursos estatales siempre se van a proyectos masivos. Por ejemplo, en la Región del Biobío, una comuna como Chiguayante tiene casi 90 mil habitantes y no tiene un hospital propio; sus vecinos dependen totalmente de viajar a Concepción para atenderse. Es lógico que el Estado prefiera poner las fichas en construir ese hospital antes que en un plan especial para profesionales neurodivergentes sin pega. El problema es la soberbia de ciertos políticos de izquierda que se llenan la boca hablando de empatía pero jamás crearon un salvavidas para este tipo de cesantía, probablemente para no pelear con los empresarios que los acusarían de flojos.

Por eso da tanta rabia cuando algunos intelectuales universitarios o activistas de izquierda insultan por internet al vecino común tratándolo de "facho pobre" solo porque vota distinto. Esa elite no mira la calle. Deberían darse una vuelta por Cuba, donde el mismo partido lleva casi 70 años gobernando bajo el comunismo y el pueblo sufre las peores carencias de su historia.

El Chile real no está en las nubes de la ideología, está en el sacrificio diario. Se ve clarito cuando hay paros en la salud pública. Mientras los dirigentes se toman los hospitales con lienzos, el pueblo humilde tiene que rogar en silencio que se cumplan los turnos éticos. Estamos hablando de mamás y abuelitos que, con o sin paro, se tienen que levantar a las 4 de la mañana con el frío del alba para hacer fila afuera del consultorio. A las 6 AM la cola da la vuelta a la manzana y recién a las 7 AM empiezan a repartir las horas médicas para dos meses más. Si llegaste un minuto tarde, sonaste, perdiste el día y tienes que volver a pasar el mismo frío mañana. Lo mismo pasa con las tomas estudiantiles armadas por grupos politizados como la CONFECH, que al final no representan a los alumnos que de verdad quieren estudiar para salir adelante.

Un retrato perfecto de esto pasa en el centro de Concepción, en plena Plaza Independencia. A veces hay un grupo ruidoso de 30 o 40 activistas jóvenes tirando piedras y protestando contra Carabineros en medio de las lagrimógenas. Pero si uno mira los paseos peatonales de Barros Arana o Aníbal Pinto, ve la verdad: miles de peatones, trabajadores comunes y corrientes, pasando apurados de largo, esquivando el alboroto. Esa gente no está ni ahí con la revolución; están preocupados de alcanzar la micro, de llegar a la casa a ver a sus hijos, de hacer las compras del mes y de cuidar la pega. El ciudadano de a pie quedó huérfano: la izquierda le ofrece un Estado gigante que se gasta la plata en operadores políticos, y la derecha le promete una lluvia de empleo extranjero que exige un nivel de capacitación que nadie le va a dar. Al final del día, la calle sigue su rumbo y el pueblo se salva solo. Saque usted sus propias conclusiones.

lunes, 16 de marzo de 2026

COLUMNA POLÍTICA: Gobierno prioriza empleo ante gratuidad universitaria tardía

Conceptos que se deben tomar en cuenta (bajo la lógica del nuevo gobierno)
"Plan de reconstrucción nacional", "Plan de reconstrucción económica"
(como un sub-conjunto) y "Subsidio a la protección del empleo formal".
Pero en la tarde del Sábado 14 de marzo (2026) el debate giró en torno a 
otra cosa, como algunas modificaciones a la Ley de Gratuidad (en perjuicio contra
mayores de 30 años que desean acceder a la educación superior).
La mañana del sábado 14 de marzo de 2026 marcó un hito en el inicio del mandato de José Antonio Kast, quien llegó hasta Lirquén para monitorear la reconstrucción tras los devastadores incendios de enero. En un ambiente cargado de expectativas y frente a dirigentes vecinales y alcaldes, el Ejecutivo presentó el "Plan de Reconstrucción Nacional", una ambiciosa hoja de ruta que no solo busca levantar viviendas, sino también reestructurar la economía y el gasto público. Bajo el discurso oficial de proteger el empleo formal mediante subsidios directos, el mandatario deslizó una medida que sacudió el avispero político: la modificación de la Gratuidad en la Educación Superior, restringiéndola sólo para postulantes menores de 30 años y fortaleciendo el sistema de cobro del Crédito con Aval del Estado (CAE).               



El choque entre la ideología y el ajuste fiscal

La reacción en redes sociales, particularmente en X, fue inmediata y virulenta por parte de los sectores de izquierda. El debate cobró fuerza cuando Camilo Riffo Quintana, ex candidato a alcalde por Concepción, alertó sobre estos ajustes que buscan limitar el beneficio a nuevos deciles y establecer una moratoria para la creación de nuevas universidades. Para la oposición, esto representa el desmantelamiento de un derecho social conquistado tras años de lucha, mientras que para el Gobierno es una medida necesaria para sanear un déficit fiscal heredado y crónico. Lo cierto es que este reclamo aún parece habitar en una burbuja partidista, pues el ciudadano común, sumido en una "luna de miel" con la nueva administración tras el castigo electoral a Gabriel Boric, parece valorar más la promesa de recuperación económica que la defensa de beneficios que perciben como mal administrados.  




La trampa de la edad frente a la crisis del CAE

El foco del conflicto se ha centrado erróneamente en el límite de los 30 años, un grupo que estadísticamente no representa a la mayoría de los universitarios, quienes suelen titularse antes de los 26 años. Sin embargo, la izquierda ha convertido esta restricción en su principal estandarte de lucha, ignorando quizás que el punto más sensible para el estudiantado es el endurecimiento del cobro del CAE. En un escenario de "cesantía ilustrada", donde miles de jóvenes cargan con un título pero no encuentran plazas laborales, la presión de cobranza del Estado genera un temor mucho más profundo que la imposibilidad de que un adulto de 30 años inicie una carrera desde cero con financiamiento estatal.                                             




El espejismo del derecho y la realidad del mercado

Apuntar a que una persona comience su formación profesional a los 30 años es una aspiración noble en lo espiritual, pero cuestionable en un mercado laboral que hoy no ofrece garantías. El concepto de la cesantía ilustrada, que la administración de Boric no supo resolver, hoy cobra una nueva dimensión bajo el rigor de Kast. El ciudadano de a pie se pregunta legítimamente cómo obtener experiencia si las empresas cierran sus puertas a los recién titulados. Esta desconexión entre la academia y el mundo del trabajo es el verdadero drama que la política no logra solucionar, manteniendo a jóvenes como una carga económica para sus padres a pesar de haber cumplido con el "sueño" de la educación superior.                                       





Lecciones de un pasado sin gratuidad universal

Si miramos hacia atrás, a los procesos de admisión de 2005 o 2006, la gratuidad no existía y el máximo logro para un estudiante de sectores vulnerables, como los de Hualqui que postulaban a la Universidad de Concepción, era obtener el Crédito del Fondo Solidario. Era una deuda, sí, pero permitía estudiar con cierta tranquilidad, e incluso algunas casas de estudio otorgaban becas internas por mérito. Hoy, tras la promesa incumplida de Gabriel Boric de condonar el CAE, admitida por él mismo en sus últimos días de gobierno, el debate vuelve a fojas cero. El llamado de muchos sectores no es a seguir subsidiando carreras sin futuro, sino a que las universidades se reinventen hacia la tecnología, la inteligencia artificial y áreas que aporten al PIB, como el litio o las energías renovables.                                                     


Activismo universitario versus necesidades reales

Es contradictorio ver cómo universidades laicas y estatales abren carreras con nula empleabilidad, como Teatro en Concepción, mientras el activismo político parece ser la prioridad en la Universidad de Chile. Los homenajes políticos y los debates sobre democracias extranjeras parecen desconectados de la urgencia de crear empleos de emergencia para profesionales cesantes. La clase política, tanto la que se fue como la que llegó, debe entender que la empatía no es un eslogan, sino una gestión efectiva. Un Sence que capacite a profesionales sin mirar su ficha social o el impulso real al trabajo part-time para generar experiencia en el CV son urgencias que no pueden esperar a que un mandatario "recoja la inquietud" por voluntad propia.                                                                            


La urgencia de una nueva conciencia social

La crítica de usuarios como Mariluz Opazo en redes sociales refleja el sentimiento de injusticia de quien se "saca la mugre" estudiando para terminar trabajando en cualquier cosa. La respuesta de ciertos sectores de izquierda, que desprecian estas preocupaciones tratándolas de ignorantes o "voto suicida", es precisamente lo que los llevó a la derrota. La urgencia hoy no es solo defender la gratuidad para un grupo minoritario de mayores de 30 años, sino solucionar el desempleo de quienes ya tienen su título en mano. Si la nueva administración no logra canalizar estas demandas y la oposición se queda en la consigna, la "cesantía ilustrada" seguirá siendo el gran fracaso de la elite chilena.             



Conceptos clave para entender la columna

  • Gratuidad: Financiamiento estatal total de aranceles para educación superior.

  • CAE: Crédito bancario con aval del Estado para pagar estudios.

  • Cesantía Ilustrada: Profesionales titulados que no encuentran trabajo en su área.

  • Déficit Fiscal: Gastos del Estado que superan sus ingresos anuales.

  • Plan de Reconstrucción: Estrategia gubernamental para reparar zonas tras catástrofes.

  • Deciles: Clasificación socioeconómica de la población según sus ingresos mensuales.

  • Experiencia Laboral: Conocimiento práctico obtenido mediante el ejercicio de un empleo.

  • Sence: Organismo público que gestiona capacitaciones y empleo en Chile.

  • Fondo Solidario: Crédito universitario estatal con condiciones de pago flexibles.

  • Moratoria: Suspensión temporal de un proceso o ingreso de instituciones.