lunes, 1 de junio de 2026

Modelos económicos contrapuestos chocan por el empleo chileno (¿Reforma Tributaria? ¿O menos impuestos a las empresas, para generar "PLENO EMPLEO"?)

 Cuando uno conversa con los vecinos, se da cuenta de que la política en Chile se ha convertido en una pelea de teleserie donde los que siempre pierden son los mismos. Hoy en día, el debate económico está atrapado en dos fórmulas completamente distintas sobre cómo armar el país y, sobre todo, sobre cómo generar pega, que es lo que realmente le importa a la gente cuando las papas queman y el desempleo empieza a subir. Por un lado, tenemos la receta que marcó al gobierno de Gabriel Boric: la famosa Reforma Tributaria, que en palabras simples es cobrarle más impuestos a las grandes empresas y a los más ricos. La idea detrás de esto es que el Estado junte una buena cantidad de plata en su caja común para financiar cosas grandes que se necesitan harto, como construir hospitales, mejorar las escuelas públicas y hacer obras en las calles. Por el otro lado, la propuesta de la derecha de José Antonio Kast dice todo lo contrario: hay que bajarle los impuestos a las empresas y quitarles trabas de encima. Según esta mirada, si el país les cobra menos, las grandes marcas de afuera y las multinacionales van a mirar a Chile con mejores ojos, se van a motivar a meter su plata acá y eso va a armar más y mejores puestos de trabajo para el ciudadano común que lleva meses tirando currículums sin recibir ni un llamado.

 Este último pensamiento ha pegado con mucha fuerza en las redes sociales, sobre todo en plataformas como X o en videos cortos de Tik Tok, creando una especie de derecha popular que defiende su bolsillo con argumentos muy sencillos y directos:

"Entiendan, el mejor beneficio social es tener un buen trabajo con el que te puedas costear la vida y pagar tus gustos. Bajen impuestos, aumenten inversión, y van a ver cómo ya no se necesitará un plan social".                 

La frase suena súper bonita y lógica, porque a nadie le gusta depender de un bono del gobierno; la dignidad de ganarse lo suyo es imbatible. Pero en la otra vereda, la gente responde con una verdad que da para pensar: el fantasma de la exclusión. Las empresas no contratan por buena onda, contratan al que le sirve para el negocio. Hoy en día, para cualquier pega te piden mil requisitos y cartones. Si un gobierno baja los impuestos pero al mismo tiempo corta los presupuestos de las capacitaciones públicas, ¿Cómo compite el vecino que no tiene pitutos ni estudios modernos? La cancha se abre, es verdad, pero solo entran a jugar los mismos seleccionados de siempre. 

                             

Esta pasada ya la vimos con otras ideas de la izquierda que prometían cambiarle la vida al trabajador, pero que al final mostraron una letra chica bien amarga. Pasó con las 40 horas laborales que empujó la exministra Jeannette Jara. En la tele se veía como un triunfo hermoso para descansar más, pero la realidad es que dejó abajo del bus a la mitad de Chile: a los que trabajan de forma informal vendiendo en la calle, a los que salvan el mes haciendo turnos extra los fines de semana, a los jóvenes con contratos part-time de dos días y, lógicamente, a los que están cesantes. Lo mismo pasa cuando se apura el aumento del sueldo mínimo. Suena justo, pero para el dueño de un almacén de barrio, una panadería o una pequeña PYME, pagar esa planilla es un tremendo apriete de zapato. Al final, como la plata no se multiplica mágicamente y se reducen sus ganancias legítimas para mantener el negocio a flote, el emprendedor termina despidiendo gente.

Ahí es donde se entiende el tremendo fenómeno que pasó en las redes y en las urnas desde el Rechazo del Plebiscito en 2022. La clase política tradicional se quedó nocaut porque no entendió la rabia de la gente. El discurso de "cobrarle a los superricos" se derrumbó cuando el chileno de a pie se dio cuenta de que esa tremenda recaudación de impuestos no iba a parar a los consultorios, sino a pagarle sobresueldos a los apitutados políticos y a los amigos del presidente de turno. Por eso hoy tienen tanto arrastre las auditorías y esa promesa de mano dura con la economía y la seguridad, un estilo muy parecido al que se ve afuera con figuras como Donald Trump: una contrarrevolución total contra los discursos políticos de siempre. Después de tantos gobiernos de centro-izquierda desde que volvió la democracia con Patricio Aylwin, la gente sintió que votar por lo mismo era como ser un conejillo de indias corriendo en una rueda de laboratorio: corres y corres, pero sigues encerrado en la misma jaula.

Pongamos un caso real para ver si el Estado soluciona las cosas. Si se hubiera aprobado la Reforma Tributaria de la izquierda, ¿qué garantía tenía un chileno común de recibir ayuda? Imaginemos a un hombre de clase baja, estrato D, de casi 40 años, soltero, que tiene la condición de Asperger, vive con sus papás y lleva siete años cesante a pesar de tener un título universitario. Para colmo, la universidad lo tiene ahogado cobrándole un crédito interno. Para la máquina del Estado, este vecino simplemente no existe, es invisible. Los recursos estatales siempre se van a proyectos masivos. Por ejemplo, en la Región del Biobío, una comuna como Chiguayante tiene casi 90 mil habitantes y no tiene un hospital propio; sus vecinos dependen totalmente de viajar a Concepción para atenderse. Es lógico que el Estado prefiera poner las fichas en construir ese hospital antes que en un plan especial para profesionales neurodivergentes sin pega. El problema es la soberbia de ciertos políticos de izquierda que se llenan la boca hablando de empatía pero jamás crearon un salvavidas para este tipo de cesantía, probablemente para no pelear con los empresarios que los acusarían de flojos.

Por eso da tanta rabia cuando algunos intelectuales universitarios o activistas de izquierda insultan por internet al vecino común tratándolo de "facho pobre" solo porque vota distinto. Esa elite no mira la calle. Deberían darse una vuelta por Cuba, donde el mismo partido lleva casi 70 años gobernando bajo el comunismo y el pueblo sufre las peores carencias de su historia.

El Chile real no está en las nubes de la ideología, está en el sacrificio diario. Se ve clarito cuando hay paros en la salud pública. Mientras los dirigentes se toman los hospitales con lienzos, el pueblo humilde tiene que rogar en silencio que se cumplan los turnos éticos. Estamos hablando de mamás y abuelitos que, con o sin paro, se tienen que levantar a las 4 de la mañana con el frío del alba para hacer fila afuera del consultorio. A las 6 AM la cola da la vuelta a la manzana y recién a las 7 AM empiezan a repartir las horas médicas para dos meses más. Si llegaste un minuto tarde, sonaste, perdiste el día y tienes que volver a pasar el mismo frío mañana. Lo mismo pasa con las tomas estudiantiles armadas por grupos politizados como la CONFECH, que al final no representan a los alumnos que de verdad quieren estudiar para salir adelante.

Un retrato perfecto de esto pasa en el centro de Concepción, en plena Plaza Independencia. A veces hay un grupo ruidoso de 30 o 40 activistas jóvenes tirando piedras y protestando contra Carabineros en medio de las lagrimógenas. Pero si uno mira los paseos peatonales de Barros Arana o Aníbal Pinto, ve la verdad: miles de peatones, trabajadores comunes y corrientes, pasando apurados de largo, esquivando el alboroto. Esa gente no está ni ahí con la revolución; están preocupados de alcanzar la micro, de llegar a la casa a ver a sus hijos, de hacer las compras del mes y de cuidar la pega. El ciudadano de a pie quedó huérfano: la izquierda le ofrece un Estado gigante que se gasta la plata en operadores políticos, y la derecha le promete una lluvia de empleo extranjero que exige un nivel de capacitación que nadie le va a dar. Al final del día, la calle sigue su rumbo y el pueblo se salva solo. Saque usted sus propias conclusiones.

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