domingo, 21 de junio de 2026

Columna: ¡ ES UN BUEN TIPO MI VIEJO !

Tu papá tenía sus propios sueños cuando niño, pero al no conseguirlos quiso inculcarlo contigo. 

Independiente de a que tu te dedicas hoy en día, SEA COMO SEA, tu padre logró una linda cosecha contigo: SER UNA GRAN PERSONA, ALGUIEN DECENTE ! 

Llega un nuevo Día del Padre y la rutina de domingo para muchos de entre veinticinco y cuarenta años no cambia tanto. Da lo mismo si el mundo de la política ni se acuerda de uno, o si la madurez todavía se siente como algo lejana mientras se vive con los viejos sin tener grandes obligaciones. Al final, la felicidad de esta generación se encuentra en los placeres más sencillos y al alcance del bolsillo: bajar al negocio de la esquina por algo para pasar la tarde, comprar un par de snacks en el supermercado o una bebida individual desechable de 500 ml. en el almacén del barrio para flojear el fin de semana. Es la vida misma ocurriendo en los sectores populares, capeando la realidad con algún video de YouTube o un viejo archivo Mp3 con música pop anglo de fondo. En ese metro cuadrado, entre "zorrones" y "minas" que intentan pasar el día a día sin leer densos libros de literatura pero bien conectados a la tele y a TikTok, la figura del papá se mira hoy con una mezcla bien particular de sentimientos.

Es una realidad evidente que en este tiempo no se valora el aporte de un padre en la vida de un hijo de la misma manera que se hace con una madre. Algunos caballeros dan motivos también, partiendo de una realidad social que ya es parte del Chile contemporáneo donde las mujeres han ganado a pulso un derecho histórico: el pago de la pensión alimenticia. Esta obligación legal somete a los padres irresponsables a poner su aporte mensual para la crianza de los hijos que tuvieron en alguna relación íntima del pasado. Este antivalor de no hacerse cargo cala tan hondo que incluso fue utilizado en la política durante las presidenciales del año 2021 para debilitar la campaña del entonces candidato Franco Parisi, quien en ese tiempo además se perjudicó haciendo todo de forma telemática desde Estados Unidos, una estrategia que para el año 2025 intentó corregir centrándose más en hacer campaña en su propio país, acá en Chile. Sin embargo, tampoco se trata de generalizar a todos los hombres como si fueran unos ladinos o vividores cortados por la misma tijera; cada persona tiene su propia formación y su personalidad es consecuencia del trato recibido en su camino.                                                                                                    

Pero hablemos de los buenos padres, de esas personas que saben que el futuro de su hijo no depende solo de la educación del colegio, sino del ambiente que se respira en el hogar. Siempre se dice habitualmente que el padre es el jefe de hogar estricto y la madre la contenedora, pero las cosas varían según la forma de ser de cada uno: hay mamás muy firmes y papás que consienten todo porque "tienen corazón de abuelita". Un buen padre busca inculcar, de manera pausada y sin obsesiones, aquellos sueños frustrados que él no pudo cumplir, aprovechando que sus niños están en edad de lograrlos. Pensemos en un hombre de nuestra generación, hoy casado y con hijos, que vio truncados sueños fantásticos como ser astronauta, actor de Hollywood o un gran futbolista.     

Ser futbolista es uno de los oficios más rentables, pero el camino nunca ha sido fácil. Si retrocedemos al pasado de ese mismo padre cuando era un niño escolar, las obligaciones del colegio o los límites de la familia apenas le dejaban tiempo para una escuela de fútbol los fines de semana, algo que se lograba solo si la madre no era prejuiciosa y entendía que esas pruebas formaban parte de su formación íntegra, al menos para valorar el deporte y la vida sana. Entrar ahí implicaba el riesgo de descuidar los estudios, en un sistema donde sacar el Cuarto Medio es una obligación, aunque ahora en pleno 2026 ya no sea tan difícil terminar la enseñanza media como en las décadas anteriores. Pero ser buen alumno en clases no te quitaba las ganas de jugar. Aunque hoy se habla demasiado de la adicción a los teléfonos móviles, hace dos décadas un niño en cualquier comuna de barrio tenía espacios de sobra para jugar un partido de futsal en el recreo por pura autogestión de los compañeros, o para juntarse el fin de semana en la multicancha de la población, incluyendo las canchas de la iglesia mormona que se usaban para entrenar jugando.                                                                                                                                 

Lo malo de esa convivencia escolar en torno a la pelota era la temprana exclusión entre los "bacanes" y los "quesos" o ñoños. Aunque el deporte debería ser inclusión pura dentro del ámbito escolar, en el patio siempre estaban los más solicitados para armar el equipo y los que quedaban para las sobras. En cualquier curso se daban cuatro tipos de aficiones muy claras: los "tímidos", a quienes no les gustaba el fútbol aunque les ofrecieran ser titulares; los "nerds aspiracionales", esos muchachos ingenuos y de facha opacada que querían demostrar una masculinidad desconocida para sus pares, teniendo todas las ganas de chutear el balón incluso siendo los más malos para la pelota; los "piola recreacionales", jóvenes de bajo perfil con habilidades para jugar pero conscientes de que ese no era su mundo; y finalmente los "peloteros innatos", fanáticos secos para el balón que terminaban jugando en los clubes del fútbol amateur de su población.                                     

 Hoy, cuando ese antiguo niño es padre, busca apoyar a su hijo para que no sufra el mismo bullying o la exclusión que le tocó vivir en la cancha. Los equipos oficiales y las empresas buscan siempre a los mejores elementos para ganar, pero en el espacio recreativo los niños solo necesitan disfrutar de una infancia noble corriendo tras la pelota. El problema surge cuando los más dotados, influenciados por los partidos de la tele o las series animadas que ven en sus casas, confunden un partido recreacional con uno competitivo. Bajo esa lógica de competencia, terminan excluyendo de la pichanga del colegio a los más malos del curso.

En tiempos de campaña política se habla mucho del concepto "espacio" para referirse al deporte, la cultura, el carrete o las actividades pastorales, y no podemos negar que en el barrio la multicancha de futsal o baby fútbol es un tremendo aporte. Acá es donde el padre tiene la oportunidad de brindarle amor a su hijo. En un fin de semana, si el clima está bonito, salen a la multicancha más cercana. Están las canchas de futbolito abiertas con suelo pavimentado, las de las iglesias mormonas, las viejas canchas de tierra que hoy se han remodelado con pasto sintético —como la cancha "El Flecha" del sector Lorenzo Arenas en Concepción o la cancha "Gente de Mar" en Penco—, y los espacios públicos como el Parque Ecuador. Como este último suele llenarse de visitantes y turistas, si el niño es chiquitito, de cinco añitos o menos, basta con que el padre le chufee el balón despacio en los pastos del parque, o que jueguen fútbol playa en el verano aprovechando el espacio de la costa.

La rutina ideal es simple: la familia almuerza el fin de semana y luego deciden dar una vuelta a la plaza o ir a la multicancha de barrio para motivarlo. Ahí, independiente de si el hijo tiene o no amigos, el padre le intenta inculcar la práctica del deporte. Juegan los dos como una forma de iniciación. Si el niño ya viene algo traumado porque en el colegio no lo aceptan, el padre se convierte en el contenedor y el compañero que le cura sus heridas; quizás sin tanto abrazo apretado dentro de los cánones tradicionales, pero motivándolo a creerse el cuento. El padre se pone de arquero y se deja anotar goles, porque el propósito no es competir, sino hacerlo sentir grande y empoderarlo. Esto empieza desde los primeros años de vida en el living de la casa, cuando con el niño parvulito se chutea despacio una pelota suave para formarles el carácter.

Luego viene el momento de la socialización, donde los niños de entre diez y quince años, ya entrando a la pubertad, se ponen de acuerdo para jugar el fin de semana después de las clases. Si el niño es más solitario pero le gusta el fútbol, a veces deambula por la calle y se encuentra en la multicancha de la iglesia mormona con jóvenes más grandes, incluso de veinte años, y se acerca a pedir cancha. Aunque esto último no es muy recomendable hoy en día por todos los peligros que se corren en la calle, es ahí donde se nota la base familiar. Cuando el niño es chiquito, es el padre el primero en motivarlo a empoderarse, no solo para ganar un partido, sino para tener la perso de defenderse de extraños que lo podrían corromper. Valorar los espacios públicos de la población y usar los conocimientos futboleros de aficionado para conectar al hijo con esta rica subcultura popular es, al final del día, una forma de educación familiar.

Después el hijo va creciendo y no solo surgen los primeros obstáculos que le impiden llegar a ser un futbolista famoso. El joven pasa por una serie de etapas, entra al liceo y tiene un nuevo reto mucho más complejo. Entre el crecimiento hormonal, busca la manera de que una compañera de curso que le gusta quiera estar con él. En esa confesión de amor, pueden pasar tres cosas: la mujer se arranca porque no quiere nada, lo deja en la "friendzone" apenas tocando el violín, o lo más mítico, acepta darle un besito a la salida del colegio. Pero además del intento por tener la primera polola, viene la preocupación de sacarse buenas notas y pasar de curso. En paralelo, el adolescente va formando sus principios valóricos y morales; la rebeldía contra la hipocresía del adulto lo hace escuchar música, valorar la radio, cuestionar a Dios y finalmente tener un pensamiento político que lo ayuda a comprender las clases de Historia recién cuando va saliendo de cuarto medio.

Hoy es sabido que la educación superior ya no ofrece las mismas oportunidades laborales de antes, pero sigue siendo el único camino digno para salir de la pobreza, comparado con el microtráfico que hoy corrompe a tantos jóvenes. El muchacho se prepara para rendir la PAES, queda en la universidad y los padres hacen las gestiones para que tenga la Gratuidad o el Crédito del Fondo Solidario. Cursa una carrera con la incertidumbre de si tendrá trabajo, y ahí surgen los primeros aches del nuevo adulto: decepciones, paranoia por los primeros líos legales, frustraciones, bajones, baja autoestima o ser víctima de injurias y calumnias. El mundo se hace más duro y es en esos momentos críticos donde debe estar el padre para orientarlo por el buen camino. El joven de veinte años da dos batallas: si no encaja en los cánones de belleza predominantes o con los modelos doctrinarios del "compañero revolucionario", tendrá más dificultades para tener polola y carecerá de esa contención los fines de semana, viendo además que en ciudades pobladas como Concepción los barrios ya dejaron de ofrecer esos espacios de la niñez.

Por otra parte, el joven es testigo de otra batalla donde no es protagonista, al ver cómo muchos niños con alguna condición especial son discriminados, quedando el derecho de exclusión a la buena de Dios. En la ciudad hay consumismo e individualismo, pero también un exceso de actividades políticas que desmotivan a la persona sana a formar parte de una actividad deportiva sin caer en el prejuicio o en la soberbia de los zurdos. De aquí se desprenden dos mentalidades idealistas de la juventud: desde la izquierda hay un discurso que menciona la desigualdad, la exclusión y la injusticia social de ricos contra pobres cuando a los niños de la población se les empuja al mal camino de la droga; y desde la otra vereda, simpatizante en cierta medida con las pastorales cristianas, surge el idealismo de que debemos recuperar los espacios públicos tomados por gente tóxica en las poblaciones para que las familias los puedan aprovechar.

Haciendo un paréntesis, esa historia de familias sacando a sus niños a la cancha de la pobla suena bastante familiar. Ahora que ya eres un joven, eres espectador de una historia que tú mismo viviste hace años. Por eso es tan importante que los municipios y las Juntas de Vecinos impulsen el uso de dichos espacios, especialmente cuando los vecinos son algo tímidos en un barrio apartado del centro de Concepción.

Y entramos en la recta final. Este hijo, ahora hombre adulto, se titula en la universidad pero no logra encontrar empleo. Con todo el tiempo libre que le queda para el ocio, y habiendo estudiado una carrera humanista, se dedica a la reinvención. Busca la manera de que algún empleador le dé un "pituto" —cosa que es muy poco probable— o bien decide usar las redes sociales para despertar conciencias. A través de internet intenta curar sus propios traumas de haber sido excluido en el pasado o simplemente busca ayudar a los demás, ya sea por un enfoque altruista o por puro oportunismo político. Todavía no es padre, lo que calza con las altas exigencias que las mujeres jóvenes Millennials ponen actualmente, pero no por eso se desconecta de las necesidades de una sociedad cada vez más individualista. En concreto, ve que la municipalidad no gestiona actividades lúdicas en las multicanchas de los barrios. Hoy en día, que un muchacho se entusiasme un domingo por la tarde para ir a patear la pelota depende puramente de la voluntad de los vecinos; si no lo dejan jugar ni de arquero, se le genera un trauma que desata una rebeldía interna en el humanista recién egresado, quien empieza a escribir reflexiones interesantes en sus redes sobre cómo y cuánto aprovechan los jóvenes los espacios deportivos en sus poblaciones.

Esta situación se conecta con lo que ocurre en las universidades, sobre todo en las carreras de pregrado. Un joven entra a primer año con la chispa del viejo pelotero de colegio. La casa de estudios ofrece un taller de fútbol como ramo electivo o complementario, pero para conseguir un cupo debe estar despierto literalmente a la medianoche en punto. A nivel nacional, tanto los matriculados de la zona como los que vienen de otras regiones están igual de expectantes a las 00:00 horas. Cuando comienza la inscripción de cursos, bajo una lógica del azar que recuerda a la "tómbola de admisión" de los colegios, el estudiante debe suplicar para quedar dentro de los cincuenta exclusivos cupos de toda la universidad. Si no lo logra, vuelve a depender de la buena onda de los compañeros para que lo dejen jugar en la multicancha, cayendo otra vez en la misma estructura excluyente del colegio entre los "cancheros" y los "nerds". Esa rabia y frustración te empuja a tomar el segundo camino que se abre en las universidades, que en la práctica termina siendo mucho más amplio: el de "jugar al revolucionario". El joven empieza a participar en marchas, asiste a las asambleas del Centro de Estudiantes, escucha canciones de Víctor Jara y aprende de la doctrina de las Juventudes Comunistas para luego plasmar sus críticas en el mundo digital.

Por todo esto, celebrar el Día del Padre es la oportunidad ideal para valorar una simple multicancha de barrio. Ahí es donde entendemos que ese padre cariñoso no te invitaba simplemente a ganar o a meter goles; en el fondo, lo que tu viejo quería era enseñarte a defenderte, a empoderarte y a ayudar al prójimo venciendo los obstáculos del camino. Era una preparación para la vida, tal como cuando en la cancha te ponías la camiseta de Lozapenco para enfrentar con todo el aguante a los rivales de Naval de Talcahuano.

Tu padre cuando chico quiso ser futbolista pero no pudo, y te llevó a la cancha de la pobla porque quería verte campeón; fue tanto el amor que te tuvo que quería que consiguieras el sueño que él no logró en su niñez. Y claro, te gustaba jugar a la pelota cuando chico, lo pasaste muy bien, pero en un camino lleno de obstáculos e hipocresías tampoco pudiste ser la estrella del Real Madrid que tu papá imaginó contigo. Sin embargo, ese recuerdo del pasado, de cuando te llevaba al parque a anotar un gol o de cuando tus compañeros te dejaban jugar cinco minutos en la multicancha de barrio, te lleva a valorar las cosas de una manera distinta a la de un colectivo de izquierda como "Ukamau" haciendo sus ollas comunes en la población. Tú, en ese contexto, eres de clase media-baja, no precisamente un poblador de campamento, ¡pero esa es harina de otro costal! Ahora la Universidad de la Vida te llevó a aprender ideas en la sala de clases para valorar los espacios públicos.

Hacer la distinción entre vivir en la Villa San Francisco y caminar por la Diagonal Pedro Aguirre Cerda, ambos lugares de Concepción, te permite ver la realidad con otros ojos. Puede que no seas padre porque te fue mal con las mujeres, pero sí puedes despertar conciencias en la clase política y recordarles que Concepción no es solo el centro. Entiendes que a un joven con Condición de Espectro Autista (TEA) o Asperger no se le puede tener siempre sometido en un barrio alejado de los grandes puntos de distracción de la ciudad. Usas la mentalidad del "revolucionario del ciudadano de a pie" para pedir, por ejemplo, que la línea de micros Rengo Lientur haga en el futuro un nuevo recorrido en dirección al Mall Plaza del Trébol, porque hasta ahora la Población Baquedano de Concepción no tiene micros directas que vayan hacia la Autopista.

Porque una cosa es que los otros cabros de la pobla no te hayan dejado jugar a la pelota en la multicancha, y otra cosa muy distinta es tener que pedirle cuatro pasajes a tu padre para poder salir al Mall. Pero si pasa eso, ahí está el padre para consolarte, para llevarte a comer completos o simplemente para jugar a la pelota entre los dos, porque convengamos que chutear el balón no tiene edad. Ese amor de padre te llevó a adoptar otras alternativas cuando el sueño de ser un gran futbolista te fue esquivo: aprender, educarse y ser un profesional con valores. Aunque no encuentres trabajo, eres ante todo una persona decente, sin antecedentes penales ni papeles manchados. Ese ímpetu revolucionario silencioso —porque quizás tus conocidos del Frente Amplio tienen otras pautas que son diferentes a tu realidad de la calle— te lleva a patalear en silencio, usando internet para explayarte, lograr influencia con el tiempo, aspirar a una entrevista en un medio o ser escuchado por algún político.

Al final, ese amor de padre te permite tener empatía por esos niños que quieren una multicancha, por recuperar espacios que han sido tomados por el vandalismo y las incivilidades. Nos permite recordar que la inclusión es una responsabilidad compartida, y no se trata solo de dejar que el marginado se quiera a sí mismo si la otra parte no pone de su parte. Bien decimos que madre hay una sola, y que el amor of padre es irremplazable. Lo que tu papá no sabe, es que su hijo sí es grande: no será un futbolista famoso, pero sí una gran persona, un tremendo idealista y, por qué no, un gran mentor al que los buenos políticos que escasean en Chile podrían llamar para escuchar sus ideas.

Puede que hoy no seas padre, y esa misma exclusión en el pololeo se convierte en el motor de tus columnas para concientizar a la población. Va en las mujeres de hoy si aceptan o no salir con hombres que, detrás de un aspecto poco agraciado, son diamantes en bruto con un encanto oculto. Filosofar sobre esto también es una herencia del cariño que alguna vez el padre le dejó a su hijo. Ese tipo de mensajes compartidos en redes puede que encaje con una mujer que quiera tener una cita contigo, porque así como el feminismo incita al empoderamiento, también condena el machismo ordinario, permitiendo que una mujer soltera valore la esencia del hombre noble de corazón. Y así es como el hijo de tigre podría seguir los pasos de su viejo: ya los está siguiendo al afrontar la triste realidad de no jugar por la Selección Chilena, y podría continuarlos conociendo a alguien, teniendo una relación íntima, casándose, formando una familia y teniendo su propio hijo. Un lindo regalo de la vida.

¡Pero tranquilos! Que soñar es gratis, y eso también fue un regalo de tu padre en el pasado. "¡Hijo! ¡LUCHA POR TUS SUEÑOS! ¡VUELA!", te dijo el viejo en la multicancha, mientras bebían agua potable de la botella después de chutear de manera recreativa un balón de fútbol en la población. 

LA META NO ES LA FAMA. SINO SER UN HOMBRE DE BIEN  

No hay comentarios: