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miércoles, 24 de junio de 2026

Columna de opinión: ¿Es malo ser soltero, tener casi 40 y solo una polola?

A continuación analizamos las profundas transformaciones en las dinámicas de pareja actuales en Chile, contrastando el empoderamiento y la búsqueda de paz de las mujeres treinteañeras con los complejos desafíos afectivos y sociales que enfrentan los hombres introvertidos, neurodivergentes o de perfil más reservado. A través de una mirada empática y alejada de los prejuicios tradicionales, se examinan las barreras materiales, las presiones del entorno y el cambio cultural que ha llevado a muchas personas a redefinir el éxito personal, encontrando en la soltería o en el desahogo digital un refugio legítimo, y concluyendo que la verdadera realización no sigue libretos impuestos, sino la autenticidad del propio corazón. 

Nadie puede negar que la relación de pareja ha sido históricamente uno de los momentos más bellos de nuestra vida, una experiencia que suele marcar a fuego la juventud, aunque hoy tengamos la mente lo suficientemente abierta como para saber que no hay una edad fija para enamorarse. El ritual clásico es conocido por todos: vas a una fiesta o a una junta con amigos y conoces a alguien, sientes las típicas mariposas en el estómago, te pones a prueba y mides si de verdad congenias con esa persona. De ahí para adelante se construye un mapa de historias compartidas, con salidas al parque, abrazos, cariñitos y, de vez en cuando, sus noches repentinas de pasión, así como quien no quiere la cosa. 


El quiebre del libreto tradicional y la nueva soltería

Toda esa fantasía perfecta, sin embargo, fue parte de una propaganda muy bien armada que la televisión y los medios de comunicación nos metieron en la cabeza hasta los primeros años de este siglo. Hoy miramos hacia atrás y reconocemos que ese modelo tradicional y obligatorio del siglo pasado respondía, en el fondo, a un asunto netamente económico y de dependencia. Al final, ese libreto de las teleseries antiguas le terminó haciendo un flaco favor a la sociedad, alimentando el machismo y abriendo paso a los casos más lamentables de Violencia Intrafamiliar (VIF). Fue recién después del Estallido Social de 2019 cuando se empezó a notar con fuerza este trasfondo, buscando impulsar transformaciones estructurales que hoy, en este Chile tan reacio a los cambios, se ven bastante difíciles de concretar.

A partir de este quiebre, el panorama actual quedó dividido de una forma muy marcada. Por un lado, está la reality de la mujer soltera que ya camina por sus treinta años. Hoy es sumamente habitual verlas volcando su afecto hacia las mascotas o participando activamente en agrupaciones animalistas; después de todo, un animalito entrega compañía fiel y acarrea muchísimos menos problemas que un hombre. La mujer de hoy vive su soltería desde el empoderamiento y un fuerte discurso de amor propio, el mismo que se toma las listas de canciones en las radios juveniles. Esta postura es una respuesta defensiva ante el machismo y las relaciones tóxicas del pasado. Aunque las generaciones mayores no siempre lo entiendan o lo valoren, quedarse en la casa y adoptar un estilo de vida más tranquilo y libre de presiones se ha convertido en una zona de protección anímica, una manera legítima de cuidar la paz mental.

Por lo mismo, la soltería se ha vuelto un estado muy codiciado y ellas han aprendido a ponerle bastantes más requisitos y obstáculos a los pretendientes. Si el candidato de turno no se nota alguien resuelto, por muy simpático que sea, termina inspirando inseguridad económica y queda descartado. Esto se nota perfectamente en la forma en que manejan sus redes sociales: si suben una foto a Instagram, ignoran la inmensa mayoría de los comentarios y quizás solo respondan si se animan a hacer una transmisión en vivo por TikTok. Si entran a una cuenta de X, suele ser para opinar de política, y con suerte conversarás con ella si descubren que militan en el mismo bando; pero si se te ocurre lanzar la primera piedra y confesarle un directo "me gustas", lo más probable es que te deje de hablar inmediatamente. Las aplicaciones de citas se volvieron caras y los chats tradicionales pasaron de moda; tener un pololo simplemente dejó de ser una prioridad.                                                 


Entre la timidez y la necesidad de contención emocional

Por otro lado, existe una explicación psicológica de por qué ciertos hombres —sobre todo aquellos de un perfil más dócil, introvertido o que viven con alguna condición o neurodivergencia— mantienen intacto el anhelo profundo de conocer a una mujer. Para estos muchachos de alma sensible, la búsqueda de una relación amorosa no nace del deseo de dominar, sino de una necesidad urgente de contención y estabilidad emocional. Aquí es necesario hacer un paréntesis importante en la crítica habitual que se le hace al machismo. Generalmente, los dardos apuntan con toda justicia al sujeto narcisista, petulante y engreído que hasta hace un par de décadas se sentía un ganador por el solo hecho de conquistar mujeres a base de encanto o poder adquisitivo. Sin embargo, al otro extremo están estos jóvenes más tímidos a los que la sociedad les ha cerrado casi todas las puertas de la interacción social.

Incluso en los años cercanos al Plebiscito de 2022, se volvió común una especie de cultura de la cancelación digital: si uno de estos sujetos juntaba valor y expresaba su atracción hacia alguien, rápidamente arriesgaba ser etiquetado de "intenso" o recibir otros adjetivos descalificativos que abundan en internet. Lo complejo de esta desconexión es que, a veces, el legítimo temor de las mujeres a no dejarse dominar por las viejas lógicas machistas les impide ver el trasfondo de estos pretendientes más privados. Detrás de la insistencia de estos jóvenes, no hay una estrategia de control, sino un deseo genuino de encontrar resguardo; una búsqueda de compañía pura y sincera que, en el fondo, funciona como la necesidad afectiva de encontrar un espacio seguro y protector, casi como el cariño tierno de una madre.

El debate actual se instala con fuerza en este punto, donde vemos a personas que bordean los 40 años y que apenas han salido con una mujer en mucho tiempo. Ojalá aquel joven hubiera tenido la oportunidad de compartir con varias parejas, pero tampoco se puede obligar a la fuerza a quienes no han querido estar con él. Al final, esta realidad ocurrió en contra de su voluntad y ha sido la consecuencia directa de las pocas puertas o espacios que le generó su entorno. El amor a la fuerza no existe, y por lo tanto, hay que tener mucho cuidado al momento de juzgar a un hombre que en su mediana edad sólo tuvo una pareja en la vida y no se ha casado. ¿Qué habría pasado si él hubiera forzado las cosas para salir con alguien? Inmediatamente lo habrían tachado de criminal. Su destino estuvo condicionado a las normas sociales y a las escasas oportunidades de su círculo; si eres alguien introvertido y ni siquiera te invitan a fiestas, la probabilidad matemática de besar a alguien es casi cero. Ahí es donde entra el prejuicio y la manía de la gente por etiquetar al resto sólo por su apariencia física o su timidez, exigiendo un supuesto amor propio individual pero ignorando que el entorno también comparte la responsabilidad.                                                                          


Redefiniendo la soledad: De la frustración a la paz interior

A pesar de todo, el centro de la discusión no es simplemente explicar por qué un hombre de 38 años ha tenido una sola polola en su vida, sino entender un fenómeno más profundo: ¿por qué ahora se puede ser feliz siendo soltero y disfrutando de la propia compañía? Suena paradójico, pero los cánones valóricos se están invirtiendo y la soledad dejó de ser un trauma social. Si antes hablábamos de que las mujeres se están queriendo más a sí mismas, hoy también podemos hablar de hombres que están empezando a valorar su soltería. Esto ocurre porque muchos se dieron cuenta de que sus frustrados intentos por concretar una relación sólo les trajeron sufrimiento. En su pubertad intentaron acercarse a los grupos de compañeras populares, pero el rechazo fue rotundo y les provocó un dolor tremendo. En esos primeros años se sufre bastante por culpa de una sociedad poco empática que busca defenderse, sin entender que detrás de esa supuesta falta de gracia masculina sólo había un muchacho buscando un poco de cariño. Hoy, tras haber aprendido de esos momentos difíciles, descubrieron que existen otras formas de llenar sus vacíos sin molestar a nadie, aprovechando la paz de su propia soledad.

De la misma forma en que los poetas antiguos en el extremo sur se encerraban a escribir cuentos en un faro para plasmar los sentimientos de su alma, hoy muchos solteros que han vivido la postergación utilizan el desahogo digital para dar forma a sus crónicas, columnas y creaciones, haciendo notar sus anhelos al mundo a través de una pantalla.

Para graficar esto de manera cotidiana, vale la pena recordar un comercial de televisión muy llamativo de la marca Te Supremo con sus productos Hierbas Supremo, lanzado recientemente en la temporada de otoño-invierno de 2026. En el anuncio, un maestro de aspecto sabio —muy parecido a Noé— aparece sentado sobre una roca en medio de un jardín e interactúa con tres personajes: una muchacha de alta sociedad e influencer, un cachorro y un joven de aspecto bastante tímido, sensible y triste por una ruptura amorosa. Cuando el muchacho le confiesa al maestro lo difícil que es terminar una relación, este le convida una taza de agua de hierbas con sabor a Melissa. Al escuchar el nombre de la planta, el joven recuerda inmediatamente a la mujer que lo dejó, se va de espaldas y luego camina con un aspecto totalmente inocente y conmovido, sufriendo porque le recordaron al amor de su vida.

Aunque el comercial utiliza el humor para promocionar un producto, si miramos más allá de la risa, instala de inmediato el debate sobre cómo ciertos hombres, por no calzar con los estereotipos clásicos de encanto o estética varonil, se enfrentan constantemente al rechazo, rompiendo con la caricatura excluyente de la intensidad. Muchas veces las posturas más radicales condenan estas actitudes metiendo a todos en el mismo saco de los acosadores, sin entender que se trata de pretendientes comunes que simplemente sintieron atracción por una mujer. Son personas con sus necesidades afectivas intactas, pero atrapadas en un entorno que no les facilita expresar su forma de ser, dejándolos en una soltería prolongada que, para muchos, corre completamente en contra de su voluntad y de sus deseos de compañía.                                                                                                                         


El choque de la realidad material en el pololeo

Una de las cosas más complejas del pololeo surge cuando una de las partes empieza a sentirse abrumada por la insistencia de la pareja. Imagina la escena: ya llevan varios meses juntos, la confianza ha crecido y en un par de ocasiones hubo juego sexual con roce sobre la ropa —con ella sobre él—, sumando besitos, caminatas primaverales luciendo tenidas atractivas y salidas al parque. Sin embargo, si pasan cinco días sin verse, algo extraño ocurre al sexto día. ¿Se va la magia de repente? ¿El deseo de estar con el otro se transforma en una rutina monótona? El amor debe ser espontáneo, no una pauta obligatoria. Cuando aparecen rasgos de posesión por parte de la mujer, el hombre se siente atrapado y, sin perder la ternura, se ve en la necesidad de pedir que se junten en tres días más. No lo hace por rechazo, sino porque necesita respirar para que el próximo encuentro mantenga las ganas del principio.

A todo esto se suma que la realidad material no ayuda mucho. Estamos hablando de parejas que se ven seguido pero que no tienen un espacio real para la intimidad; son estudiantes universitarios que no generan ingresos propios como para costear un motel. Viven con sus padres y en sus casas siempre están expuestos a perder su privacidad por la presencia de algún miembro de la familia, como un hermano curioso. Este tipo de trabas cotidianas entorpecen la fluidez del pololeo y hacen que se olvide el verdadero sentido de compartir la vida con alguien. Mucho antes del matrimonio, la convivencia real empieza a destapar las primeras pifias de cada uno. Y cuando llega el compromiso formal, la fantasía se aterriza del todo porque eso ya se transforma en un contrato con responsabilidades compartidas. Aparecen las situaciones cotidianas más humanas del dormitorio, como los gases repentinos, y cada uno tiene que empezar a moldear sus mañanas en torno al otro. Adiós a ese desorden habitual que tenías cuando dormías solo en tu pieza; al vivir juntos, las obligaciones y los primeros conflictos reales matan la ilusión del principio, esa imagen perfecta que ambos usaban cuando recién se estaban conociendo.

En el mundo académico se explica muy poco la diferencia vital entre el "enamoramiento" y el "amor incondicional", siendo la convivencia el escenario donde realmente se pone a prueba lo segundo. Por eso se repite tanto que antes de dar el paso del compromiso hay que conocerse a fondo, porque una vez puesto el anillo la responsabilidad es compartida. La mujer puede ser extremadamente linda, pero tendrá sus mañas inevitables. ¿Y qué pasa si el pololo, para subirse el ánimo, se pasa el día escuchando canciones de reggae argentino tirado en el sillón sin mover un dedo para ayudar con el aseo de la casa? Llega la decepción absoluta. Quizás el gran error de este hombre de perfil más retraído, cuando busca con ansias el consuelo de una pareja, es que lo hace bajo la lógica del pololeo adolescente, ese donde cada uno sigue viviendo seguro en la casa de sus papás. El joven tímido idealiza salir un domingo por la tarde a ver a su polola para recibir cariñitos en el patio o en la plaza del barrio, sin medir el peso de la vida real. Hay que estar verdaderamente preparado para compartir el mismo techo. El pretendiente tiene la misión de crecer como persona, no para volverse un modelo de revista, sino para desarrollar la madurez de comprender las mañas de su compañera y tener la disposición de cambiar conductas propias con tal de mantener un clima de paz y armonía en el hogar.

El enamoramiento es una fantasía pasajera provocada por la belleza física y el encanto inicial. El amor incondicional, en cambio, es querer al otro cuando la vida se pone cuesta arriba y los obstáculos arrecian. Es como esas típicas historias dramáticas de las series de televisión de la vieja escuela como "Mujer: Casos de la vida real", donde una pareja de jóvenes rebosaba felicidad hasta que un accident automovilístico dejaba al protagonista en una situación de discapacidad o con secuelas cognitivas. Al poco tiempo, la mujer terminaba alejándose porque no pudo aceptar que su compañero ya no era el sujeto perfecto de antes. ¿Lo quería realmente o solo estaba enamorada de su apariencia externa? Al final del día, sostener un pololeo real en el Chile de hoy acarrea más complejidades y problemas que resolver un ejercicio avanzado de álgebra, transformándose en un desafío gigante, especialmente para aquellos hombres que viven bajo la condición del Asperger o dentro del espectro autista, donde descifrar los códigos sociales requiere un esfuerzo doblemente admirable.                                                                                                                             


Barreras económicas y las máscaras del éxito superficial

Miremos la situación con empatía y realismo. El hombre también busca superarse si quiere construir un pololeo sólido, ya sea cuidando su presentación personal o buscando una estabilidad monetaria para inspirar esa seguridad que el mundo actual exige. De ahí nace el clásico meme del funcionario municipal que logra salir con una mujer espectacular sólo porque un trabajo estable le permitió asegurar un buen sueldo líquido a fin de mes. Al final, todo gira en torno a demostrar que tienes un horizonte claro. Pero desde el lado de la imagen personal surge un conflicto tremendo entre vestirte como a ti te gusta y tener que cumplir con los estrictos requisitos de los estereotipos para verte atractivo. No es un camino fácil. Un muchacho introvertido puede armar su mejor tenida: una polera limpia, unos buenos anteojos de sol, blue jeans bien combinados, zapatillas y un reloj llamativo en la muñeca. Se aplica un buen perfume, sale a la calle sintiéndose fragante y seguro, pero algo falla en la estrategia y la táctica no resulta. Intenta entablar conversación con un grupo de chicas, y ellas, en lugar de mostrar interés, simplemente se ríen de la situación.

Ante eso, ¿qué culpa tiene un joven inocente y sin malicia de que en la televisión le vendan la ilusión de los comerciales de desodorantes masculinos en aerosol, haciéndole creer que el éxito afectivo es instantáneo, mientras nadie en el mundo real se da el trabajo de aconsejarlo sobre cómo conectar de verdad? Estamos hablando de un contexto donde muchas personas tímidas pasan gran parte de su juventud sin haber tenido una sola relación íntima o sexual, por lo que el complejo lenguaje del erotismo y del placer les resulta completamente esquivo. Cuando el romance se vuelve una meta inalcanzable, recurrir al comercio sexual pasada la mayoría de edad aparece a veces como una alternativa para saciar la curiosidad y la necesidad de contacto humano. Lejos de juzgarlo con severidad, es una realidad que para muchos funciona como una vía para sobrellevar la soledad y evitar acumular frustraciones profundas. Es el eterno doble estándar de nuestra sociedad, que por un lado exige despliegue y por el otro invisibiliza la falta de herramientas sociales de las personas.

Además, no es llegar y cambiar la esencia de alguien para amoldarlo a los cánones de moda; las tendencias cambian rápido y están fuertemente influenciadas por la doctrina o los valores de cada quien. Al final, ¿de qué sirve ponerse tantas máscaras si se supone que la regla de oro del amor dice que quien te ama de verdad te acepta tal como eres? El ejercicio de buscar pareja se vuelve un laberinto enredado, mucho más difícil que resolver binomios y trinomios en una clase de álgebra de segundo medio. Incluso gastar en una colonia importada parece un intento inútil por seguir modas que ya nadie comparte de forma sincera; en redes como X solo se leen discusiones densas y descalificaciones. Internet cambió demasiado y quedó muy lejos de lo que fue en el año 2002, cuando portales nostálgicos de búsqueda de parejas daban una pequeña ventana de esperanza real para conectar de corazón a corazón a través de un test de compatibilidad basado en la afinidad y no en la apariencia.                                 


El peso de proyectar un futuro compartido

Si analizamos con respeto la situación económica de aquel hombre que está cerca de cumplir los 40 años y todavía vive con sus padres, el panorama se vuelve complejo dentro del contexto del barrio. Su espacio personal se reduce a un dormitorio pequeño, ese rincón de la casa que usa como trinchera para proteger su privacidad de los ruidos vecinos y de los peatones que transitan afuera por el pasaje. Si sus ingresos son mínimos o nulos, depende por completo del apoyo de su familia para la mesa diaria, y a veces no cuenta con los recursos básicos para tener un detalle sencillo con la persona que le gusta. Es una posición difícil, pero el verdadero foco no debería estar en si el hombre es capaz o no de mantener económicamente a una pareja, sobre todo en estos tiempos donde las mujeres han demostrado de sobra ser independientes y autosuficientes en el mundo laboral. El asunto va por otro lado: se trata de la dificultad para proyectar un futuro compartido, como juntar recursos para un hogar propio o construir una base sólida para el mañana.

Para abrir nuevas puertas, un trabajo a tiempo parcial o un empleo por horas le otorga a cualquier persona la valiosa autonomía de contar con ingresos propios para tomar la iniciativa. Salir a compartir una cena o costear un espacio de intimidad genera gastos reales que no se pueden ignorar. En la realidad cotidiana de los sectores emergentes, resulta una situación incómoda que un hombre adulto tenga que depender del apoyo económico de sus padres para invitar a salir a su pareja. Es ese choque con las dificultades materiales lo que a veces frena las ilusiones, recordándonos que el afecto mutuo también necesita un suelo firme donde sostenerse para florecer con tranquilidad.                                                                 


La verdadera felicidad no sigue una competencia de velocidad

¿Saben qué? Dentro de todo este enredo, siempre terminamos apuntando a un concepto que es fundamental para todo ser humano: la búsqueda de la felicidad. Muchos muchachos sueñan con encontrar un amor ideal en el barrio porque creen que ahí reside la felicidad absoluta, esa misma idea perfecta que transmitían los compañeros de colegio en la enseñanza media, esos que se pasaban los recreos demostrando su afecto en el pasillo mientras quienes eran más introvertidos pasaban por el lado sintiéndose invisibles. Y en ese instante da lo mismo que seas el estudiante más dedicado y te saques puras notas siete en matemáticas. La pregunta real es: ¿se puede ser feliz forzando la propia identidad para agradar al resto? La experiencia demuestra que a veces los intentos terminan en desilusiones, quedando relegado al rol del amigo incondicional que acompaña desde afuera, mientras en su fuero interno experimenta una profunda desconexión.

Las personas están en todo su derecho de elegir con quién estar, es verdad, pero quienes experimentan una soltería o soledad involuntaria prolongada terminan cargando con una frustración silenciosa que la sociedad rara vez se detiene a debatir con altura de miras. Es un camino doloroso que a menudo se juzga con ligereza en internet, en lugar de comprenderse como una legítima necesidad humana de afecto y validación. No se puede encontrar la dicha usando ropa de marca o postergándose a uno mismo para encajar en el gusto de alguien de quien solo buscas un abrazo sincero. Un ejercicio complejo de trigonometría de cuarto medio te da mil veces menos dolores de cabeza que intentar descifrar las dinámicas del rechazo social.

Por esta misma razón es que hoy en día muchos hombres de perfil más reservado están empezando a valorar su soltería como un espacio de paz y resguardo. Se llenan el tiempo creando, programando o redactando ideas y proyectos digitales que buscan visibilizar a quienes se sienten marginados de los círculos afectivos tradicionales. Esta es una realidad humana que la discusión política actual casi no aborda; se apoyan legítimamente las banderas de equidad, pero a veces se tiende a malinterpretar la timidez o el aislamiento de estos jóvenes, sin entender la vulnerabilidad y el daño emocional que cargan. En cambio, en su soledad frente al mar o caminando por la playa, estos sujetos encuentran un espacio libre de juicios. Para la tranquilidad de su entorno, son personas pacíficas que simplemente eligieron dar un paso al costado tras haberse agotado de intentar y no ser comprendidos. Aquí es donde cobra un valor incalculable el sueño de una cabaña propia, donde un paseo solitario por el campo o una tarde mirando las olas los llena de tranquilidad.

Mientras tanto, los expertos en las noticias analizan la baja en la natalidad del país. Quienes aún guardan el anhelo de formar una familia argumentan que las ciudades actuales no siempre ofrecen los espacios adecuados para que las personas introvertidas puedan conectar de forma natural. Las actividades culturales modernas a menudo se transforman en círculos cerrados; si no se cuenta con una red de contactos previa, se vuelve muy difícil mostrar el talento o impresionar a una posible pareja. Y si alguien pensaba que los desafíos se reducían simplemente al plano físico, hay que recordar que las responsabilidades de una relación son inmensas y cambian la vida para siempre, como ocurre ante un embarazo no planificado en plena juventud. Muchos estudiantes ven truncadas sus carreras universitarias al tener que asumir de golpe la crianza y la búsqueda urgente de cualquier empleo para responder a las obligaciones legales y afectivas de la paternidad.

Todo el proceso del cortejo clásico tiene un trasfondo que se cruza con lo social y lo económico. A veces, los sectores que enfrentan mayores carencias buscan en la validación afectiva una forma de compensar una vida llena de sacrificios. Es una dinámica compleja de expectativas mutuas. Así como existen cánones estéticos exigentes en la cultura urbana actual, también hay muchas personas que, en pleno 2026, siguen soñando con encontrar una compañía ideal que les brinde un refugio ante jornadas laborales agotadoras, preocupaciones económicas o momentos de tristeza y soledad. Al final del día, la felicidad real está muy lejos de los estereotipos que imponen las pantallas. No tiene sentido vivir presionados por un reloj imaginario que dicta cuándo debemos dar nuestro primer beso o encontrar pareja, convirtiendo el afecto en una competencia de velocidad. Si eres una persona con una sensibilidad especial, una mente brillante, un espíritu introvertido o te encuentras dentro del espectro, la verdadera fortuna radica en valorar tu propia esencia y encontrar a alguien que te acepte exactamente tal como eres; alguien con quien compartir una once tranquila en casa, disfrutar de una película o una comida sencilla, y aprender juntos los códigos del respeto y el cariño real. Al final del camino, sólo se es verdaderamente feliz según lo que te dicte tu propio corazón.