Cada vez que en Chile ocurre un vuelco político que desarmó los esquemas de los analistas de siempre, la primera reacción de cierta intelectualidad no fue intentar comprender lo que pasaba en las poblaciones, sino enojarse con la gente. Es mucho más cómodo mirar desde arriba, apuntar con el dedo y tratar de facho pobre a los electores que hacer la pega difícil, esa que consiste en bajarse del pony académico, mirar la realidad de frente y asumir que la sociedad cambió por completo. A nadie le gusta que le hablen con una superioridad moral insoportable, sobre todo cuando viene de sectores que repiten discursos de elite totalmente desconectados del día a día ciudadano, de esos temas que se comentan de manera sencilla mientras se descansa por la tarde. En la última década, en un proceso desarrollado con fuerza entre el 2016 y el 2026, el país ha vivido un verdadero terremoto electoral que las Ciencias Sociales debieran estar estudiando en serio como un fenómeno legítimo, en vez de dedicarse a descalificar a las personas comunes y corrientes a través de internet o las pantallas.
¿En qué momento del Siglo XXI, algunos chilenos vuelven a hablar bien de Pinochet?
Todo este mapa nuevo que hoy vemos instalado empezó a gestarse de manera silenciosa en el año 2017. En ese entonces, las cúpulas de la derecha tradicional conformadas por la UDI, Renovación Nacional y Evópoli se habían vuelto demasiado dialogantes y conciliadoras, ganándose el apodo despectivo de la derechita cobarde por parte de los sectores que sintieron gusto a poco con el primer gobierno de Sebastián Piñera, a quien criticaban duramente por no bajar los impuestos a las grandes empresas. En ese río revuelto apareció José Antonio Kast como un descolgado de la UDI para levantar un movimiento propio llamado Acción Republicana, un proyecto que al principio parecía de nicho pero que venía a romper todos los consensos establecidos, reivindicando sin complejos el legado económico neoliberal instalado por los Chicago Boys en los años setenta.
El momento en que Kast definió a la dictadura como Gobierno Militar (Julio de 2017)
El hito que quebró el tablero ocurrió la noche del domingo 16 de julio de 2017 en el programa Tolerancia Cero de Chilevisión, cuando Kast soltó una postura que hasta ese momento era un tabú total al afirmar textualmente "que podemos tener un juicio distinto de lo que fue el Gobierno Militar, pero que él veía al Gobierno Militar con cosas positivas y cosas muy negativas, agregando que siempre le preguntaban por las cosas negativas y nunca por las positivas". Ante las interrupciones de la periodista Mónica Rincón sobre por qué no lo llamaba dictadura según los conceptos de la RAE, el entrevistado defendió firmemente la tesis de que el gobierno de Salvador Allende se había puesto al margen de la Constitución según lo había declarado el Congreso y la Corte Suprema dos meses antes del golpe. Argumentó además que el pronunciamiento fue un golpe de Estado reconocido por figuras históricas como Patricio Aylwin, Gabriel González Videla y Eduardo Frei Montalva, señalando que en Chile siguió funcionando el Poder Judicial, existió la Vicaría de la Solidaridad y se entregó el poder de forma democrática tras perder el plebiscito de 1988. Aunque en esa primera aventura presidencial Kast apenas obtuvo un 7,93% de los votos en un contexto de sufragio voluntario donde votó apenas el 46,72% del padrón con un total de 6.700.648 sufragios, la semilla de una nueva derecha dispuesta a dar la batalla cultural ya estaba sembrada.
Los adherentes de Kast tampoco lo llaman "Estallido Social", sino que ESTALLIDO DELICTUAL
Vino el Estallido Social de 2019, que al principio fue leído por la intelectualidad como una masa unánime y absolutamente espontánea que exigía un giro total hacia la izquierda. En el Plebiscito de Entrada de 2020 ganó el Apruebo con fuerza, pero en un proceso que seguía siendo de voto voluntario donde participó solo el 50,95% del padrón electoral. Mientras programas como Pauta Libre en La Red con Mónica González le enrostraban a Kast esa presunta demanda mayoritaria de cambio, o los noticieros de Mega conducidos por Juan Manuel Astorga lo tildaban de abanderado del Rechazo, él se plantó firmemente corrigiendo en vivo que seguía siendo oposición, usando las redes sociales, aliados digitales y estrategias cibermediáticas para inflar su discurso a largo plazo durante la pandemia.
Esa resistencia cosechó sus primeros grandes frutos en el año 2021, justo cuando la Convención Constitucional operaba con una enorme mayoría de escaños de izquierda. En las presidenciales de ese año, Kast de nuevo dio la sorpresa quedándose con la primera mayoría en primera vuelta con un 27,91% de los votos, equivalentes a 1.961.779 sufragios y, aunque Gabriel Boric terminó ganando el balotaje impulsado por el miedo colectivo en un proceso donde votó el 47,33% del padrón y por reportajes que revivían el pasado del progenitor de Kast en la Segunda Guerra Mundial para caricaturizarlo, el verdadero vuelco histórico estaba a la vuelta de la esquina. El punto de quiebre definitivo ocurrió el 4 de septiembre de 2022, cuando el debut del voto obligatorio golpeó con un balde de agua fría a una izquierda que estaba totalmente envalentonada y confiada, imponiéndose la opción del Rechazo con un aplastante 61,86% de los votos, reuniendo un total de 7.891.415 sufragios, lo que demostró que el Chile real quería estabilidad antes que experimentos raros.
¡Y dale con que las gallinas mean! Ya ganó el Rechazo en 2022, pero siguen ahora con otro proceso constitucional (Sin consultarlo primero con los chilenos)
La soberbia de la clase política tradicional los llevó a armar un segundo proceso constitucional en 2023 sin consultarle previamente a nadie, lo que indignó profundamente a los millones de ciudadanos que ya habían votado Rechazo. La sorpresa para la academia fue que el Partido Republicano barrió en la elección de consejeros quedándose con 23 escaños, y aunque ese borrador provocó divisiones internas en la misma ultraderecha con figuras como Johannes Kaiser desmarcándose hacia el Partido Social Cristiano y luego al Partido Nacional Libertario tras su pasado como youtuber en 2020 donde denostó a los torturados de Pisagua, el Plebiscito de Salida de diciembre de 2023 cerró el ciclo de una forma casi irónica. Ganó el En Contra con un 55,76%, reuniendo 6.894.287 votos y uniendo en la misma opción a comunistas y a pinochetistas apoyados por figuras como el Tío Kelly de Koncevisión, Claudia Ormeño y Maximiliano Lobos que preferían mantener el texto de 1980, provocando un montón de mofas en plataformas digitales donde la gente se burlaba de la izquierda porque la constitución actual seguía vigente gracias al voto de todos, mientras bajo cuerda los comunistas se aliviaban esperando otra chance a su pinta.
Este vuelco dejó de ser una teoría y se instaló con fuerza en las comunas populares durante las elecciones locales de octubre de 2024, donde la derecha recuperó un terreno tremendo. En la Región del Biobío destacaron los triunfos de nuevos alcaldes como Héctor Muñoz en Concepción, Juan Pablo Spoerer en San Pedro de la Paz, Rodrigo Vera en Penco, Ítalo Cáceres en Tomé y el hito inédito de Jaime Vásquez ganando en Lota, una zona históricamente identificada con la izquierda. Los consejeros regionales republicanos como Luis Santibañez, Enzo Parra, Claudio Lapostol, Yasna Jaramillo, Américo Moncada, Angelo Millaman y María E. Nuñez, junto a los socialcristianos Pedro Seguel, Yanina Contreras y Andrés Arroyo, ganaron un terreno tremendo, coronado con la elección del gobernador Sergio Giacaman, quien venció holgadamente en segunda vuelta a Alejandro Navarro, debilitado por el recuerdo de sus antiguos apoyos fotográficos al régimen de Venezuela.
La caída de la izquierda se ratificó a mediados de 2025 en unas primarias presidenciales con voto voluntario donde participó menos del diez por ciento del padrón, dejando la duda flotando en el aire sobre si realmente seguían siendo el sector del pueblo y de los trabajadores, donde Jeannette Jara se quedó con la victoria interna del PC y se hundió por completo a Carolina Tohá por las críticas a su gestión en seguridad. Para la primera vuelta de noviembre de 2025, aunque Jara pasó al balotaje, el enorme bloque acumulado por Kast, Johannes Kaiser, Franco Parisi y Evelyn Matthei aplastó a las opciones de centro e izquierda como Harold Mayne-Nicholls, Marco Enríquez-Ominami y Eduardo Artés. En el Biobío, las parlamentarias de ese mismo día confirmaron este terremoto sentando en la Cámara Baja a diputados del Distrito 20 de la Provincia de Concepción como Francesca Muñoz con un 9,2% de los votos, Paz Charpentier con un 7,66%, Marlene Pérez con un 4,53%, Patricio Briones con un 3,09% y Roberto Arroyo con un 1,34%, mientras que rostros tradicionales como Ana Albornoz, María Candelaria Acevedo, Daniela Dresdner, Alejandro Navarro, Javier Sandoval, Camila Arriagada, Ana Araneda y Víctor Hugo Figueroa sufrieron duras derrotas en Tropiconce.
El desenlace final cumplió la famosa regla de que la tercera es la vencida cuando el 14 de diciembre de 2025 José Antonio Kast fue electo presidente de Chile, ganando la segunda vuelta presidencial con el 58,17% de los votos, lo que significó el respaldo de 7.263.236 personas. Este triunfo de la nueva derecha no es una casualidad; es el resultado de un voto de castigo profundo de los sectores populares contra una izquierda que se dedicó a defender intereses ideológicos en lugar de sintonizar con la masa trabajadora. Por eso, las Ciencias Sociales en Chile tienen la obligación urgente de dejar de apuntar con el dedo y tratar de ignorantes a los votantes comunes y corrientes.
Las CIENCIAS SOCIALES están para estudiar LOS FENÓMENOS SOCIALES. No para juzgar al ciudadano de Chile
Disciplinas como la Antropología, el Periodismo, la Psicología, el Trabajo Social, la Sociología, la Licenciatura en Historia y la Filosofía nacieron precisamente para explicar la realidad, no para armar berrinches cuando el soberano se manifiesta de una forma imprevista ante los poderes viciados. En las universidades no solo se ven a académicos haciendo clases o encabezando charlas formales en solemnes auditorios; también es súper común toparse con activistas políticos del Frente Amplio, del Partido Comunista o colectivos anarquistas que organizan charlas y exposiciones alternativas en los patios para incentivar la lucha en la calle, sacando a relucir siempre revoluciones súper rebuscas como la de tipo Cuba, que es un clásico infaltable al interior del campus. Pero aquí viene la gran pregunta que descoloca a toda la intelectualidad: ¿Acaso la adhesión democrática de los chilenos a la nueva derecha no es también una forma de revolución? Incluso, como Kast se ha declarado abiertamente enemigo jurado de todo lo que representó Salvador Allende, sería bastante noble llamarlo derechamente una contrarrevolución. Es un fenómeno real donde hoy en día la gente, muchas veces con algo de ingenuidad o desinformación, dice no valorar los famosos derechos sociales, cansada de ver un montón de sobresueldos que han salido a la luz pública y que terminan alimentando con fuerza el discurso actual de que los recursos del Estado se botan o se reparten entre los mismos de siempre.
A lo largo de la historia, el conocimiento humano ha avanzado cuando busca respuestas lógicas a necesidades concretas. En la prehistoria se inventó la rueda porque los hombres primitivos estaban cansados de caminar kilómetros buscando comida, y en la antigua Grecia los filósofos presocráticos como Tales de Mileto decidieron buscar explicaciones lógicas al origen del mundo en lugar de conformarse con los mitos de Zeus, abriendo el camino para que después Socrates, Platón y Aristóteles configuraran el pensamiento occidental que hoy se estudia en las universidades. Hoy en pleno 2026, la gente común y corriente no está pensando en grandes teorías abstractas, sino en cómo lidiar con las tensiones de su propio entorno a través de explicaciones directas. El ciudadano busca respuestas sencillas a su realidad inmediata, tratando de entender por qué los micreros siguen metiendo ruido con los frenos de aire hasta el último recorrido cerca de la medianoche en las calles de las poblaciones o cómo convivir con vecinos invasivos que rompen la tranquilidad del barrio. Si hace miles de años los griegos privados de ciencia querían explicar el orden del cosmos, el vecino de hoy busca explicaciones lógicas para los problemas cotidianos que alteran su descanso dentro de su propio dormitorio.
Miren la coincidencia histórica. Alrededor del año 33 antes de Cristo, la nueva doctrina de fe instalada por Jesucristo incomodó profundamente a los fariseos y al credo judío de la época. Tras la crucifixión, sus apóstoles se transformaron en evangelistas para de manera íntima mantener su fe por el temor constante a ser denunciados, reuniéndose en las catacumbas de Roma ante la represión del Imperio y tras el martirio del anciano Pedro. Ocurre exactamente lo mismo hoy cuando una dueña de casa en Hualqui vota por Kast en absoluto secreto; lo hace sintiendo el mismo temor a los ataques soberbios de una izquierda que juzga al votante de derecha desde la superioridad, tildándolo de ignorante. La conexión es tan profunda que explica por qué el mundo evangélico se la jugó por este proyecto, un fenómeno visible en los triunfos del Partido Social Cristiano, que hoy es partido de gobierno y tiene al alcalde de Concepción Héctor Muñoz y a la diputada Francesca Muñoz en puestos clave. Al final, los romanos actuaron como los comunistas de los tres primeros siglos de nuestra era, intentando aplastar un movimiento popular que nacía desde abajo y que no lograban controlar.
Poco después, hacia el año 475, el Imperio Romano entró en una total decadencia por la invasión paulatina de los vecinos pueblos bárbaros y vikingos, lo que provocó que las antiguas divinidades de mármol se mezclaran con el cristianismo para generar un catolicismo lleno de santos de piedra y vírgenes que pasaron a ser más adoradas en los templos que la misma divinidad central. Al consolidarse la Edad Media, la Iglesia consiguió un monopolio absoluto sobre el conocimiento porque eran los únicos que sabían leer, superando incluso a los señores feudales y manteniendo la Biblia bajo llave, escrita únicamente en latín para que nadie más pudiera interpretar la realidad por su cuenta. Ya en el siglo XV, el Vaticano y el Papa corrompieron tanto la fe que terminaron provocando la Reforma Protestante de Martín Lutero porque el sistema estaba completamente viciado. La rabia acumulada de la población común y corriente de la Europa medieval, que vivía sumergida en el analfabetismo y sufriendo abusos brutales como el derecho de los señores feudales de meterse con las mujeres recién casadas antes que sus propios esposos, terminó cansando a la gente. Eso dio paso al surgimiento de la burguesía y a la corriente intelectual de la Ilustración, movida por la pura curiosidad de acceder a la ciencia y quitarle el control a las cúpulas.
Si cruzamos el Océano Atlántico, vemos que los giros profundos siempre vienen de la mano de choques que sacuden lo establecido. En 1492, Cristóbal Colón llegó a lo que hoy es una isla de las Bahamas en su viaje original, abriendo un rumbo que luego el navegante Américo Vespucio confirmaría al asegurar que aquellas tierras no eran las Indias, sino un nuevo continente completo. La corona de España no tardó en enviar a sus hombres a explorar cada rincón de este suelo, un proceso donde Francisco Pizarro se instaló en El Cusco y uno de sus grandes rivales, Diego de Almagro, emprendió el viaje hacia el sur llegando en 1536 al Valle de Copiapó en lo que se conoce como el descubrimiento de Chile. Almagro mandó a sus hombres a avanzar aún más, provocando el primer gran choque armado entre los mapas europeos y las comunidades locales en la Batalla de Reinohuelén, cerca del Río Itata. El ingreso de los conquistadores españoles generó una reacción inmediata en el pueblo mapuche que, incómodo ante la invasión de los nuevos habitantes denominados wingkas, levantó una tremenda defensa histórica dando inicio a la Guerra de Arauco.
Este proceso de tensiones y adaptaciones profundas decantó en el período del mestizaje, cuando ya comenzado el siglo XVI los españoles lograron consolidar el control de toda la ribera norte del Río Biobío, fundando y asentando centros urbanos estratégicos como Concepción, Santiago y La Serena. En medio de ese escenario de fronteras y disputas, un grupo importante de nativos comenzó a mimetizarse y asimilarse de diversas maneras con la nueva cultura invasora, un fenómeno empujado tanto por las relaciones conyugales forjadas entre soldados españoles y mujeres mapuches como por los intensos procesos de evangelización desplegados en el territorio. Fue precisamente de ese cruce cultural, biológico y social de donde nació la raza chilena, configurando una sociedad donde el catolicismo colonial adquirió un poder monumental. Al igual que había ocurrido siglos antes en el Medioevo europeo, la Iglesia se alzó en el suelo local como la estructura central de orden, transformándose en el único credo aceptado y tolerado de manera absoluta por más de doscientos años en el país.
Antes de llegar al hito del 18 de septiembre de 1810, la captura en España del Rey Fernando VII a raíz de las invasiones napoleónicas en la Península Ibérica terminó desatando un profundo descontento dentro de la aristocracia criolla santiaguina. Esta crisis empujó la conformación de la Primera Junta Nacional de Gobierno, organizada inicialmente bajo la fachada de resguardar los derechos del monarca cautivo, aunque figuras intelectuales clave como Juan Martínez de Rozas ya albergaban intenciones claras de avanzar hacia la emancipación total de la corona. Aquel momento marcó un antes y un después, pues por primera vez en la historia oficial un grupo de líderes locales tomaba decisiones políticas de gran envergadura en Santiago sin pedirle autorización ni explicaciones a las autoridades de España, encendiendo de manera definitiva el proceso que daría origen a la Independencia de Chile.
Antes la izquierda era "chévere", al menos Luis Emilio Recabarren estaba con los obreros
El avance del tiempo trajo consigo la consolidación de la industrialización en Chile a mediados del siglo XIX, un período donde el clasismo evidente de la época empezó a acrecentar de forma brutal los contrastes sociales entre la aristocracia dueña del dinero y los peones rurales que migraban a los nuevos centros productivos. Fue en ese caldo de cultivo donde se dieron los primeros pasos para la articulación de las fuerzas de izquierda en el país, naciendo hitos como la Sociedad de la Igualdad en 1850 y la posterior formación del Partido Radical en 1858, fuertemente vinculado a la masonería local. En aquellos años intermedios de la centuria, el concepto de marxismo como tal no existía en el mapa sudamericano, ya que el famoso manifiesto de Karl Marx apenas se había lanzado como libro en el viejo continente europeo en 1848, siendo un territorio completamente desconocido para el Chile de 1850.
Aun así, la masa trabajadora respondía con fuerza al nuevo orden económico que se forjaba a través de actividades clave como la minería de la plata, la emergente industria del carbón asentada firmemente en Coronel y Lota, y la explotación del salitre que décadas más tarde gatillaría la Guerra del Pacífico. En paralelo, comunas como Tomé comenzaban a cimentar su destino histórico con una inicial actividad molinera que luego daría el salto definitivo hacia la industria textil, todo esto mientras el tendido del primer ferrocarril del país unía las localidades de Copiapó y Caldera para acelerar el transporte de las riquezas mineras. Tras el triunfo militar en el norte, la entrada al nuevo siglo trajo consigo la llamada Cuestión Social en los años 1900, donde los trabajadores explotados del salitre y del carbón empezaron a sindicalizarse de forma paulatina para defender su dignidad. El motor que inspiró esta organización en el país fue la trágica Matanza de la Escuela Santa María de Iquique en 1907. Ya en 1906, uno de los primeros políticos que alzó la voz por los derechos obreros en un Congreso completamente elitista fue Luis Emilio Recabarren, considerado el gran fundador del Partido Comunista chileno, quien en sus inicios lideró movimientos cruciales como el Partido Democrático Doctrinario y el Partido Obrero Socialista, sembrando un cansancio evidente contra el burgués explotador.
Hasta la década de 1920, el concepto de comunismo era prácticamente desconocido en suelo nacional, dado que la Revolución Rusa recién había triunfado en el viejo continente en 1917, permitiendo que las ideologías que decían representar a la clase trabajadora florecerían con fuerza a partir de esa época, haciendo que las tesis de Marx se volvieran más familiares. Con el cierre paulatino de las oficinas salitreras, miles de obreros migraron en masa hacia Santiago, dando vida a los hacinados conventillos y cités de la capital. Mientras tanto, en la Región del Biobío, la instalación de la Fábrica Huachipato en los años cuarenta provocó que una enorme cantidad de campesinos provenientes de zonas rurales como Yumbel y San Rosendo migraran hacia el núcleo industrial de Concepción y Talcahuano. Todo este potente proceso sindical y de migración terminó por despertar las conciencias de los sectores más vulnerables del pasado siglo XX, un camino de organización popular que terminó por gatillar el histórico proyecto presidencial encarnado en la figura del líder socialista Salvador Allende. Tras cuatro intentos previos por llegar a La Moneda en las elecciones de 1952, 1956, 1960 y 1964, Allende finalmente alcanzó el poder al triunfar en los comicios de 1970, encendiendo profundas esperanzas en la masa obrera que anhelaba concretar sus sueños de justicia tras siglos de sumisión y explotación laboral. Todos estos hitos clásicos de la izquierda son estudiados de sobra por la academia intelectual en las universidades públicas y estatales de Chile.
Desfase ESPACIO - TIEMPO
En la universidad, los activistas hablan mucho de Palestina pero muy poco de las balas locas en barrios populares de Santiago.
Los "zurdos" hablan mucho de la represión en dictadura, pero la gente sólo quiere que apliquen Toque de Queda (Inseguridad)
Sin embargo, mientras las aulas universitarias se llenan de profesores dictando cátedras formales y los colectivos del Frente Amplio, del Partido Comunista o los grupos anarquistas levantan foros y talleres alternativos en los patios para idealizar luchas callejeras y revoluciones ajenas, se ciegan por completo ante lo que ocurre afuera de sus ventanas. El ascenso democrático de esta nueva derecha es nada menos que una profunda contrarrevolución cultural y social que nace desde los hogares. Si revisamos las plataformas digitales hoy en día, para el aniversario número 114 del Partido Comunista en este pleno 2026, la cuenta oficial del partido en redes sociales se llena de oleadas de críticas, cuestionamientos e insultos en su línea de tiempo en lugar de recibir felicitaciones por la histórica sindicalización que impulsaron en el siglo pasado. El ambiente tóxico de las peleas digitales empuja a muchos usuarios que buscan escapar de la agresividad a buscar espacios alternativos en la web, donde surgen comunidades que intentan debatir con altura de miras, aunque a veces persistan los sesgos.
Recientemente, un espacio digital de debate compartió un compilado de infografías lúdicas para intentar explicar desde una perspectiva de izquierda el término despectivo de facho pobre. A cuatro años de la dura derrota del Apruebo en el Plebiscito de Salida de 2022, quedó en evidencia que ciertos sectores no han comprendido absolutamente nada, manteniendo latente una soberbia camuflada bajo definiciones que afirman textualmente que el facho pobre no tiene poder pero idolatra al poderoso, no tiene riqueza pero defiende a los ricos y no tiene derechos plenos pero desprecia a quienes luchan por ellos. Añadían además que este tipo de elector tiene su mente atrapada en una fantasía de mérito que nunca llegará pero que usa como látigo contra los demás bajo la premisa de que si él sufre, todos deben sufrir, concluyendo que el progreso ajeno le indigna más que su propia miseria. Esta caricatura, que hace un par de décadas habría pasado piola como un simple análisis psicológico sobre la sumisión o el lavado de cerebro, encontró una respuesta contundente en las mismas redes por parte de ciudadanos que se cansaron de la burla.
Un usuario llamado Héctor Balcaza Miranda desarmó esa postura con un argumento impecable al señalar abiertamente en el debate que, bajo la fachada de un análisis psicológico y social, se esconde un profundo clasismo intelectual y un totalitarismo ideológico bestial. Explicó con peras y manzanas que el concepto del facho pobre es el ejemplo perfecto de la condescendencia y el desprecio hacia la soberanía del pensamiento ajeno. Agregó de forma directa que el intento de la izquierda de explicar, patologizar o menospreciar a un trabajador, emprendedor o ciudadano de a pie porque no vota ni piensa según los dogmas colectivistas, es una de las prácticas más genuinamente fascistas que existen. El fascismo histórico, desde Mussolini hasta los regímenes totalitarios de cualquier siglo, nunca toleró que el individuo tuviera pensamiento propio. Para ellos, el ser humano no es un fin en sí mismo, sino una pieza del engranaje estatal o ideológico; pretenden caricaturizar al disidente llamándolo víctima con complejo de carcelero o diciendo que su mente está atrapada en una fantasía de mérito, haciendo exactamente lo mismo, que es anular la validez de su raciocinio. Le dicen al ciudadano que si no piensa como ellos, no es porque tenga razones legítimas, sino porque es un ignorante manipulado, una soberbia que es completamente totalitaria.
El análisis de Balcaza Miranda continuó con fuerza al manifestar que exigirle al votante de sectores populares una lealtad ciega a los postulados de izquierda, por el solo hecho de su condición socioeconómica, demuestra una amnesia histórica brutal. Recordó que la izquierda tradicional se autoproclama la defensora de los oprimidos, pero la historia del siglo XX demuestra que cuando alcanzaron el poder absoluto bajo esa premisa, ya sea en la Unión Soviética, la Europa del Este, Camboya o la miseria totalitaria en América Latina, lo primero que aplastaron fue precisamente a los trabajadores, a los sindicatos independientes y a los campesinos que osaron disentir, dejando en claro que no tienen para nada el monopolio de la moral ni de la justicia social para juzgar a nadie. Denunció también que atacan la idea del emprendimiento, del mérito y del esfuerzo, catalogándolos como fantasías o herramientas de odio, cuando históricamente el progreso de las sociedades no ha venido de la mano del asistencialismo estatal asfixiante, sino de la libertad del individuo para prosperar, trabajar y proteger a su familia.
Para cerrar de forma demoledora, el usuario planteó en su intervención que pretender que un ciudadano humilde deba aceptar la precarización estatal y resignarse a depender de los políticos para ser digno es el verdadero insulto a la gente. Que una persona respete el orden, ame a su patria y defienda el fruto de su trabajo no la convierte en un perro guardián, sino que la convierte en un ciudadano libre. Sentenció que llamar a alguien facho pobre no es una crítica política, sino el berrinche de una élite intelectual y política que se cree dueña de las conciencias y que es incapaz de aceptar que el pueblo no les pertenece, concluyendo de manera tajante que no hay nada más autoritario y fascista que pretender que el estatus económico de una persona debe dictar su ideología, negándole el derecho más básico de todos: la libertad de pensar por sí mismo.
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Por lo mismo, el camino para salir de este Laberinto de soberbia no es la descalificación, sino el regreso a la rigurosidad científica y metodológica en las calles. Si las Ciencias Sociales en las universidades laicas y estatales quieren recuperar su sentido, deben dejar la comodidad del campus y desplegar herramientas de investigación cuantitativa y cualitativa directamente en los sectores populares. La metodología de encuestas cara a cara, tras un muestreo estadístico previo en las poblaciones más vulnerables de Chile, surge como la vía más pulcra y seria para entender en carne viva qué visión de país tienen realmente las personas del Chile profundo, ese que se manifestó con fuerza en el mapa político entre el 2017 y el 2026.
Este despliegue territorial representa una oportunidad perfecta para los estudiantes de pregrado que deben realizar sus trabajos de tesis obligatorios antes de obtener sus títulos profesionales en disciplinas como la Sociología, el Periodismo o el Trabajo Social. Organismos que cuentan con los recursos, presupuestos e infraestructura técnica necesaria —como el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), la Universidad de Chile en Santiago o fundaciones de estudios vinculadas al Partido Socialista— debieran liderar estos catastros. Sin embargo, para que este acercamiento sea exitoso, la academia debe aplicar una astuta estrategia de neutralidad: no conviene ir a preguntar de buenas a primeras por qué les cae mal Gabriel Boric o si encuentran atractivo el discurso de Johannes Kaiser, ya que el votante popular, históricamente catalogado con desprecio, suele ser reacio a colaborar si detecta el sesgo de un entrevistador humanista de izquierda. La táctica científica exige camuflar las intenciones, presentarse de forma neutral y enfocarse estrictamente en la recolección objetiva de los datos.
Dar con estas respuestas no es una tarea sencilla en el Chile actual. Quienes han intentado conversar con trabajadores y personas humildes a menudo se topan con una muralla de desconfianza; la respuesta típica de "yo no me meto en política" o el silencio absoluto reflejan un cansancio acumulado. El chileno promedio de los sectores vulnerables no se mueve por una doctrina ideológica sólida ni por manuales teóricos; es una masa que legítimamente se deja influenciar por las narrativas rápidas de TikTok y las redes sociales. El desafío de las universidades es abordar esta realidad con empatía y sin emitir juicios morales: si un ciudadano de clase baja vota por Kast o por el Partido Nacional-Libertario, muchas veces lo hace desde una profunda insatisfacción que, debido a su escasa formación cívica o académica, no sabe cómo verbalizar en términos técnicos.
A través de cuestionarios sencillos, respetuosos y con preguntas indirectas bien diseñadas, la academia podría descubrir las razones de fondo de fenómenos que hoy los desconciertan, como el rechazo absoluto hacia los comunistas en sectores donde, en teoría, los derechos sociales debieran beneficiarlos. Este nuevo foco conciliador, pulcro y estrictamente científico es el único puente posible para que la intelectualidad comprenda que aquel sujeto al que arrogantemente llamaron "facho pobre" no es un alienado ni un traidor a su clase. Esa gente es, ni más ni menos, el pueblo de Chile; el Chile real que vive y trabaja en la periferia. Si a los dirigentes comunistas les duele o les da pena que la ciudadanía los llene de insultos en el perfil de X, la solución no es encerrarse a llorar en internet (ni insultar al votante de derecha para llamarlo "ignorante"), sino apagar las pantallas, bajarse del pedestal e ir a buscar las respuestas al único lugar que desde siempre han dicho representar: el corazón del pueblo de la patria.
¿Por qué estos profesionales humanistas son incapaces de aplicar un análisis FODA básico a su propia crisis, una herramienta elemental que enseñan en Periodismo y Ciencias Sociales? ¿Por qué existe una falta tan absoluta de autocrítica tras las consecutivas palizas electorales que partieron con el Rechazo en 2022 y terminaron de consolidarse con la llegada de la nueva derecha al poder? Al final, de nada sirve acumular lecturas densas, debates teóricos y títulos colgados en la pared si la intelectualidad de izquierda prefiere seguir encerrada en su burbuja, siendo completamente incapaz de leer e interpretar la realidad del pueblo soberano.




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