martes, 26 de mayo de 2026

Especial DÍA DEL PATRIMONIO: BALDOMERO LILLO, el novelista-denunciante que reveló la precariedad minera "tapada" por la burguesía (A inicios del Siglo XX)


 Cuando nos nombran a Baldomero Lillo en el colegio, a la mayoría de nosotros nos viene un bostezo automático. Lo asociamos de inmediato con esas lecturas obligatorias de "Sub Terra" que daban una lata tremenda y que muchos terminaban esquivando buscando un resumen rápido. Es súper comprensible: si eres parte de una generación que creció con la tele, que prefiere informarse con un video corto en TikTok o que vive pegada a las imágenes de las redes sociales, un caballero que nació en Lota en 1867 y murió en 1923 suena a prehistoria aburrida. Pero si apagamos un segundo el chip del prejuicio escolar, descubrimos que Lillo no era un novelista denso que andaba buscando palabras difíciles para lucirse. En realidad, el tipo fue un comunicador de vanguarda, un verdadero reportero infiltrado que logró hackear el relato oficial de su época usando las únicas herramientas que tenía a mano: una pluma y un pedazo de papel. Su trabajo funcionó exactamente como el Smartphone y el Wi-Fi de los años 1900, rompiendo un bloqueo de información gigante en un Chile que estaba completamente desconectado.

   Para cachar el nivel del logro, hagamos un viaje rápido con el mapa actual. Hoy en día, ir desde Concepción a Lota es un trámite de apenas 41 kilómetros que toma cerca de una hora en bus o en auto, viajando relajados gracias al By Pass de Coronel. Sin embargo, en 1904, cuando se lanzó Sub Terra, la realidad era otra onda muy diferente. Cruzar hacia la ribera sur del río Biobío, donde hoy miramos hacia San Pedro de la Paz o el sector de Laguna Grande, era una odisea porque el único nexo físico era el puente ferroviario. El tren era el único medio de transporte directo, lo que convertía a Lota en un rincón extremadamente apartado por tierra, aislado de Concepción y a un abismo de Santiago. Pero aquí viene una paradoja que parece sacada de una película: mientras por los caminos terrestres estaban desconectados, por el mar Lota estaba conectada con el planeta entero. El tremendo auge de la minería del carbón hacía que su muelle estuviera repleto de barcos internacionales que exportaban el mineral a todo el mundo. Lota era una potencia económica global, pero encerrada y desconectada de su propio país.                                                                                                                                        

A este aislamiento geográfico hay que sumarle que en esos años el acceso a la información era un privilegio de unos pocos. La televisión no existía y la radio ni la conocían; apenas se experimentaba en el mundo con inventos como la transmisión a galena, pero el concepto de radiodifusión, de prender un aparato en la casa para escuchar noticias, no estaba en los planes de nadie. El único medio de comunicación masivo era la prensa escrita, con diarios locales como El Sur de Concepción. Pero seamos realistas: el diario era un filtro social tremendo. Solo lo consumía la gente que tenía plata para comprarlo, tiempo libre para sentarse a leer y, lo más importante, que supiera leer, en un Chile donde el analfabetismo en los sectores populares y la clase baja era gigantesco. La información, entonces, la manejaba un grupo muy cerrado que, por supuesto, la acomodaba para su propio beneficio y conveniencia.

Para el resto del país, donde el clasismo era feroz, las minas de Lota se pintaban en los diarios de la época como una industria próspera, moderna y llena de progreso. Ese era el foco que los grandes empresarios mostraban para dar una buena impresión y vender el éxito de la economía nacional. De hecho, ese cuento del éxito era tan potente que corría como un post viral de boca en boca por los campos chilenos más alejados, convenciendo a miles de campesinos de los interiores de dejar sus tierras y emigrar a Lota con la ilusión de salvarse económicamente trabajando como mineros. Al llegar y bajarse del tren, la pantalla se rompía: lo que encontraban de golpe era pobreza extrema, hacinamiento y miseria. Esta misma ilusión engañosa de "vender la pomada" con el progreso se ha repetido calcada en nuestra historia y nos suena conocida a quienes vivimos en los barrios y comunas periféricas de las capitales regionales. Pasó en la década de 1940, cuando los hijos y nietos de esos mismos campesinos emigraron en masa hacia Concepción y Talcahuano esperando entrar a la naciente industria del acero en Huachipato; los académicos de las universidades penquistas recuerdan bien que la fábrica de la CAP no dio abasto para todos, dejando a muchos a la deriva, pasando hambre y deambulando en la pobreza de los suburbios. Es exactamente el mismo fenómeno que vemos hoy en la tele con la ciudad de Viña del Mar, que los canales te la muestran como una urbe turística perfecta, llena de edificios de lujo frente al mar y festivales, pero que en la vida real esconde barrios tremendamente humildes, tomas y los campamentos más grandes del país en sus cerros, apenas te alejas del centro.

El documental de las minas carboníferas de Schwager (en Coronel)
está disponibles en el grupo de Facebook "Fotos antiguas del Gran Concepción"
Y es uno de los registros audiovisuales más antiguos de la Región del Bio Bío,
filmado en la década de los años 30's
Esta manipulación de lo que vemos viene desde lejos. En los años 30, la mina Schwager en Coronel grabó unos famosos documentales en el sector de Puchoco. Si uno ve ese material audiovisual hoy, todo parece un video corporativo feliz: muestra una supuesta prosperidad y un bienestar que los trabajadores supuestamente disfrutaban en sus casas de la empresa. ¿Pero realmente los mineros vivían ese progreso? Hay que ponerlo muy en duda. Los profesores universitarios que enseñan televisión explican que eso no era periodismo, sino propaganda institucional y Relaciones Públicas de la empresa minera coronelina para limpiar su imagen y generar buenas impresiones. Técnicamente, a esto se le llama "realidad mediatizada" o "imagen segunda". La imagen segunda es toda aquella realidad que ha sido intervenida, editada o envasada por un tercero con una intención clara, como un comercial o un programa de tele editado. En cambio, la "imagen primera" es la realidad pura y dura que tú vives en carne propia; es como cuando vas caminando por la calle de tu barrio y ves con tus propios ojos un accidente de tránsito en la esquina, sin intermediarios, sin edición ni filtros de ningún canal.                                            

El gran valor de Baldomero Lillo es que, en un mundo donde los empresarios controlaban la "imagen segunda" para hacer ver todo bonito, él se convirtió en el canal de la "imagen primera". Al publicar Sub Terra y Sub Sole, Lillo adoptó una óptica estrictamente proletaria. No escribió historias de fantasía para entretener a los ricos, sino que se metió en la rutina diaria de los trabajadores para contar, con la crudeza de un video sin filtro, las precarias condiciones que se escondían debajo de la alfombra del éxito económico. Si vieron la película chilena Sub Terra del año 2003, dirigida por Marcelo Ferrari, recordarán esas escenas donde el personaje de Lillo escribe clandestinamente en su pieza, y cómo más tarde los matones del capataz le queman los manuscritos. Esa quema de papeles representa el terror histórico de los poderosos a que se cuente la verdad de los de abajo. Es un peligro muy parecido al que enfrentan hoy los periodistas de investigación que se meten a reportear en los barrios de Sinaloa, en México, dominados por los narcocarteles. La diferencia es que hoy tenemos toda la tecnología del mundo, pero sigue mandando el miedo, los mercenarios y los cómplices que intentan silenciar a los que denuncian lo que incomoda al poder.

 En esa época, la literatura sobre hechos reales contemporáneos no era un pasatiempo de biblioteca, era el verdadero medio de comunicación de la gente despierta, siguiendo la misma línea de clásicos de la denuncia como "Martín Rivas" de Alberto Blest Gana desnudando el clasismo de la alta sociedad santiaguina, o más adelante éxitos internacionales como "El Informe Pelícano" de John Grisham en el thriller de corrupción política, o las brutales crónicas de Ryszard Kapuscinski en "El Emperador". Lillo entendió que para conectar con la gente común no se necesitaban discursos teóricos eternos, sino historias cortas y directas. Si desglosamos Sub Terra, te das cuenta de que no es un ladrillo denso, sino una colección de capítulos breves, casi como una serie de publicaciones o crónicas independientes que te muestran distintos frentes del dolor humano. El capítulo que más impacta y conmueve es, sin duda, "Los Inválidos". Ahí el protagonista es Diamante, un caballo que fue usado y explotado para cargar carbón en el fondo de la mina, viviendo en la oscuridad total del subterráneo. En la historia, un viejo minero mira cómo el animal, ya ciego y roto por el esfuerzo, es sacado a la superficie porque ya no le sirve a la empresa. Al ver el triste destino del caballo, el anciano se da cuenta de que la vida del animal es el espejo exacto de la vida de los mineros: hombres que entran a trabajar siendo unos niños, que arriesgan la salud y sufren padecimientos terribles en ese entorno hostil, y que terminan viejos, enfermos y desechados, sin ninguna oportunidad de surgir o cambiar su destino. Es la perfecta metáfora de la rueda de un conejillo de indias al interior de una jaula de laboratorio, atrapados en un sistema donde dejas la vida trabajando pero nunca logras avanzar.

Lillo fue considerado un maestro porque mostró esa otra cara que Chile quería ignorar, pero en modo de aprendizaje, nos dejó una lección gigante que hoy pocos utilizan, aun teniendo toda la información, la educación y la tecnología al alcance de la mano. Esa lección se llama templanza. El escritor usó un lenguaje pulcro y culto, y aunque por dentro debió haber sentido una rabia inmensa por la injusticia que veía, su texto fue mucho más elegante y devastador que la mayoría de los escritos actuales. Hoy, en pleno siglo XXI, la paradoja es que la gente parece pensar menos; la dependencia de las pantallas nos ha vuelto reactivos, y la rabia o el improperio directo es lo único que resalta. Los psicólogos reconocen y confirman que soltar un garabato o insultar en redes sociales funciona como una vía de liberación rápida, un placer inmediato mediante el desahogo. Lo vemos a diario en plataformas como X, donde los discursos repetidos y los panfletos solo buscan denostar al bando político contrario, destruyendo cualquier posibilidad de debate real. Claramente, mantener la calma y la vehemencia no es una tarea fácil cuando te toca contar realidades que duelen e indignan.

Pensemos en algo cotidiano de nuestros propios barrios populares: la impotencia que se siente al querer denunciar la manera en que los choferes de la locomoción colectiva usan y abusan de los frenos de aire o tiran bocinazos ensordecedores a mitad de la tarde, hostigando acústicamente a los vecinos, a los niños y a los ancianos del sector. Cualquiera de nosotros puede tener las herramientas para reclamar, pero la rabia de notar que nadie en el entorno te acoge —ni el alcalde, ni las autoridades de transporte, ni el gerente de la línea de taxibuses— hace que sea facilísimo perder la cabeza y terminar gritando o insultando por el desahogo. Escribir calmadamente bajo esa presión es casi un superpoder. Por eso, el "rebelde aprendiz" se queda atrapado en el grito y el garabato, mientras que es muy difícil escalar a la fase del "rebelde culto": ese que en apariencia se ve pulcro, caballero y educado, pero que en su interior oculta y canaliza una rabia y una frustración gigantesca para convertirla en un argumento indestructible. Nos recuerda un poco a esas historias de barrio de algún feligrés de la iglesia mormona que, siendo visto por todos como un caballero impecable, ordenado y de bajo perfil, era a la vez hijo de ejecutados políticos de la dictadura; un fuego interno y una historia de dolor contenida por años que solo se mostró tal como era cuando el país completo estalló socialmente, demostrando que la procesión y la fuerza iban por dentro.

Esa capacidad de contener la rabia para transformarla en una denuncia perfecta es lo que convirtió a Baldomero Lillo en un genio. Lamentablemente, esa fineza es algo que hoy ya no se enseña, ni siquiera en las universidades dentro de la carrera de periodismo, donde faltan talleres urgentes para aprender a denunciar controlando las emociones. Lillo nos demostró que para desarmar un sistema injusto y una realidad mediatizada no necesitas caer en el panfleto ordinario ni en el insulto de turno; necesitas la valentía de usar la palabra con precisión quirúrgica. Nos enseñó que la verdadera comunicación de vanguardia no es la que grita más fuerte en una pantalla, sino la que es capaz de bajar al subterráneo, mirar la realidad a carne viva y contarla con tanta templanza y elegancia que al poder no le quede más opción que mirarla de frente y tragarse su propia propaganda.

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