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sábado, 1 de agosto de 2026

Columna política: El repudio contra el INDH asombra tras su masivo respaldo.

Dentro de los JUSTIFICATIVOS para pedir "sacar al Instituto Nacional de Derechos Humanos" estarían la supuesta desprotección a las policías, el respaldo a sujetos que han sido acusados de atacar a Carabineros, el gasto millonario de recursos públicos, la poca o nula neutralidad del organismo, incluso los inéditos casos de falsos ejecutados políticos que hoy siguen con vida aunque fuera de nuestro país. Sumado que el doble estándar (al que aquí se hace mención) incluiría contextos diplomáticos internacionales, donde países como Corea del Norte, Turkmenistán y Cuba forman parte de la ONU 

Sin embargo, hay dos detalles que no han sido difundidos masivamente en las Redes Sociales y que también ocupan puntos claves en este debate. La izquierda (aliada del INDH en Chile) jamás ha aclarado, de manera masiva, que el uso del organismo se concreta cuando algunos ciudadanos fueron reprimidos por "Agentes del Estado" (Policías). Mientras se sospecha que la derecha tendría una letra chica camuflada por debajo de toda esta reivindicación anti-globalista, ya que de conseguir su propósito podrían (según se dice) abusar del poder sobre la población a diestra y siniestra. Recuerden que los Derechos Humanos como discurso se instalaron en Chile tras finalizado el Régimen Militar en el año 1990. 


Por más de treinta años, el cuento político en Chile funcionaba casi sin contrapeso. Desde que terminó la dictadura en 1990, la Concertación y la izquierda agarraron la bandera de los derechos humanos como un pilar intocable, afirmados en investigar las atrocidades del régimen militar y en blindar los treinta artículos de la Declaración Universal. La idea de que todos tenemos derecho a la vida, a la propiedad, a la privacidad y a caminar tranquilos sin abusos era una suerte de acuerdo común que nadie cuestionaba. Sin embargo, en pleno 2026 la cosa dio un vuelco total. Hoy las redes sociales arden con una consigna que antes sonaba impensable para el ciudadano de a pie: la exigencia abierta de cerrar o borrar del mapa al Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). 



Septiembre de 2025. Un caso de un detenido desaparecido
que IMPACTÓ al país. ¿Jugaron con los sentimientos de los chilenos?
¿Cómo fue que tanta gente pasó de respetar esta institución a pedir su eliminación? La respuesta no es una casualidad de la noche a la mañana, sino una mezcla entre bronca acumulada, sospechas profundas y un manejo comunicacional donde la izquierda se durmió en los laureles. La olla empezó a tomar presión tras el Estallido Social de 2019 —visto desde la derecha como un intento de golpe blanco contra Sebastián Piñera— y agarró fuerza con el discurso "Anti-ONU" que instaló José Antonio Kast. Esa rabia se cruzó luego con la paranoia pandémica, donde la retórica contra los organismos internacionales se alimentó de teorías sobre las vacunas y la Agenda 2030, dejando contradicciones tan raras como ver a la misma izquierda que tildaba de "asesino" a Piñera apoyando de la noche a la mañana los toques de queda y las restricciones del gobierno. A esto se sumó un golpe directo a la memoria colectiva: los escándalos por falsos exonerados o ejecutados políticos que resultaron estar vivos, una herida donde muchos sintieron que se jugó de forma fea con el dolor del país.        



Aunque el INDH respalda a quienes sufrieron "abusos" por AGENTES DEL ESTADO,
parece no importar si el susodicho hirió (o mató) a un policía. 
Allí surge la IMPOTENCIA !
En plataformas de videos cortos como TikTok, la ultraderecha supo agarrar ese vuelo para pegarle duro al INDH. El reclamo pega fácil en la calle porque toca el bolsillo y el miedo del día a día: se critica que se gasten platas de todos en un organismo que se percibe como una trampa que reduce las facultades de Carabineros. Cuando en redes acusan que se "defiende a delincuentes de izquierda", en el fondo apuntan a manifestantes detenidos tras hacer desmanes en marchas contra gobiernos de derecha que, al verse acorralados por la policía, invocan el derecho a protestar para que los observadores del INDH salgan al rescate. Para el vecino que sufre la delincuencia o ve cómo atacan a un carabinero, eso se siente como una burla. Y la desconfianza crece cuando se mira para afuera y se ve el doble estándar de la ONU, donde dictaduras herméticas como Corea del Norte se sientan a dar cátedra sobre libertades.                                        



En Enero de 2024 
Para colmo, el propio INDH se encarga de regalarle el caldo de cultivo a sus detractores. El pasado 16 de julio, la cuenta de X @WenaChile reflotó un extracto del matinal Contigo en la mañana de Chilevisión que dejó a varios pensando. En el video se veía a funcionarios del instituto metidos en un terreno en Quilpué, no para defender al dueño que denunciaba amenazas para sacarlo de su propiedad, sino buscando la forma de viabilizar que gente en situación de calle se quedara ahí. Y ahí salta la contradicción que hasta el más humilde entiende: la necesidad de una vivienda no se puede resolver pasando por encima del Artículo 17 de la misma Declaración Universal, que protege la propiedad privada. Cuando la gente siente que la balanza se inclina según el color político, la neutralidad se cae a pedazos.                                                             




Esta sensación de que la mano blanda terminó corriendo los límites se conecta con un malestar profundo donde se percibe un exceso de garantismo: desde la falta de control fronterizo que evoca escenas como la invasión en el enclave español de Ceuta, hasta hechos cotidianos donde la autoridad parece atada de manos. Pasa en las escuelas, como el caso de la alumna de octavo básico que hirió a una compañera más chica con un arma blanca y solo recibió una suspensión provisoria, o con estudiantes desadaptados que abusan de su condición en la sala sin dejar hacer clases al profesor. 

Y es ahí donde asoma la "letra chica" de la inclusión que se instaló entre 2014 y 2018. Aquella idea noble de no discriminar y dejar atrás el clasismo contra los más humildes terminó desvirtuándose cuando algunos abusaron de ese pobrecitismo. Pasó con ciertos grupos o con la inmigración descontrolada: se apela a la caridad y a la contención cuando se está abajo, pero apenas se les tiende la mano terminan como el dicho de "cría cuervos y te sacarán los ojos". Al final, la gente se pregunta para qué sirvió la bandera de la no discriminación. ¿Era para abrazar a un niño TEA sin amigos o para blindar al desadaptado que se pasa de listo con los ruidos molestos? Porque hoy, si le pides de buena manera a un vecino jugoso que baje el volumen de la música, el etiquetado inmediato es de "clasista", dejando desprotegido al ciudadano tranquilo porque el sistema terminó dándole la razón al desubicado.

Pero quedarse solo con la protesta de TikTok sería mirar la mitad del mapa, porque aquí hay detalles clave que casi nadie menciona. Primero está la enorme ingenuidad de la izquierda, que jamás le tomó el peso a la batalla comunicacional. Así como en 2022 la derecha le ganó la pulseada explicándole a la gente en fácil por qué rechazar el primer texto constitucional, la izquierda nunca bajó a la cancha a explicar cómo funciona realmente el INDH. Técnicamente, la institución existe para defender al ciudadano cuando el abuso viene de un "Agente del Estado" —como la policía o las Fuerzas Armadas—, aplicando la doctrina de que solo el Estado viola derechos humanos al usar mal su poder coercitivo, tal como ocurrió en dictadura con las atrocidades de la Venda Sexy o con las sospechas de abusos y muertes raras en calabozos tras el Estallido. Para el poblador común que no está metido en política, el INDH no le sirve de nada en su vida diaria porque el organismo no persigue a un delincuente común; pero la izquierda jamás supo explicar que esa protección es un beneficio colectivo para que el poder de turno no pase por encima de nadie. 

El vecino razona con lógica simple: si a mí no me sirve y parece que solo protege al que rompe la convivencia, ¿para qué lo queremos? El argumento es comprensible desde la experiencia cotidiana, pero es ahí donde aparece la letra chica geopolítica de esta reivindicación empujada por la derecha. Eliminar el INDH no es solo apagar una oficina que cae mal o recortar un presupuesto; es desenganchar al país de los tratados internacionales y amarrarse a un nuevo orden global donde el Derecho Internacional perdió peso —con hitos como la incursión militar estadounidense en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y la hegemonía de Donald Trump—. Sacar al INDH le daría "chipe libre" a proyectos conservadores para borrar la Agenda 2030 y ganar facultades absolutas de represión. Aunque José Antonio Kast no ha decretado toques de queda desde que asumió la presidencia en marzo de 2026, desmantelar estos vínculos con la ONU abriría la puerta a prácticas autoritarias al estilo de Nayib Bukele en El Salvador, abriendo el gran dilema: ¿es persecución antidelincuencia o una fachada de "gobierno de emergencia" que termina persiguiendo opositores y empobreciendo a la población con reformas fiscales?

La paradoja actual es que Kast recibe fuego cruzado desde ambos lados: mientras Camila Vallejo tilda a su gestión de "estafa", comunicadores e influencers de la misma ultraderecha —como el Tío Kelly desde Koncevisión— lo acusan de "traición" y de estar vendido al globalismo de la Agenda 2030 por no haber arrasado de golpe con la institucionalidad internacional. Sin embargo, las protestas en las calles de Santiago siguen activas porque, le guste a quien le guste, el Estado de Chile mantiene compromisos internacionales en derechos humanos que trascienden al presidente de turno. Borrar al INDH para aplacar la rabia del momento puede sonar atractivo en un video de TikTok, pero el peligro real de romper el termómetro cuando hay fiebre es que terminamos entregando las herramientas de nuestra propia defensa y quedando totalmente a ciegas ante los abusos del poder.