miércoles, 17 de junio de 2026

Columna de opinión: Anchas veredas de tierra reflejan el abandono periférico de Concepción.

 Cosas que pasan EN LA COMUNA MÁS IMPORTANTE DE LA REGIÓN DEL BIO BÍO

Si uno se da una vuelta por el populoso sector de Barrio Norte, en los suburbios de la ciudad de Concepción, se encuentra con una realidad que cuesta creer que siga ocurriendo en pleno 2026. Resulta evidente la falta de veredas en puntos clave donde camina mucha gente todos los días, donde en su lugar lo que se ve son amplios espacios de tierra y ripia que en el invierno se transforman en puro barro, complicándole la vida a los peatones a pesar de la notable distancia que hay entre las casas y la calle. Para entender el contexto de este lugar, hay que recordar que Barrio Norte es una zona gigantesca que en 2015 rechazó en un plebiscito convertirse en una comuna independiente para combatir el centralismo. Aunque ese proyecto fracasó por falta de sustento económico, la tremenda movilización de los vecinos sirvió para visibilizar la periferia e impulsar la creación de una delegación municipal y una comisaría. Hoy en día es un sector emblemático que destaca por albergar cuatro de las lagunas de la ciudad, la proyección de futuras estaciones del Biotrén y su propia vida nocturna; una movida que, de todas formas, tiene su lado peligroso, con calles colindantes oscuras y una clientela que llega en auto desde otros lados, protagonizando hechos delictuales que más de una vez han terminado en las páginas de la prensa roja local penquista.

El ejemplo más claro de este estancamiento urbano se vive en la transitada esquina de las calles Juan de Dios Rivera con Lientur, muy cerca de la Laguna Lo Custodio, que era parte de ese mapa de la comuna que no pudo ser. Este es un punto estratégico del barrio porque por ahí pasa la locomoción colectiva hacia el centro de Concepción, y a solo unos pasos, en la calle perpendicular, transitan las micros de vuelta hacia los sectores de Villa Cap, Andalién y Chillancito. Es un cruce con mucho movimiento, donde hay un servicentro, el paso sobre el nivel de la Avenida Alonso de Ribera y el mismísimo terminal de la línea Rengo Lientur. Cualquiera pensaría que un espacio con tanto flujo de pasajeros tendría paraderos cómodos y dignos, pero la realidad es otra. Da un poco de envidia ver cómo en las calles céntricas de una comuna vecina como Penco el pavimento ocupa toda la vereda peatonal, permitiendo caminar rápido y seguro, mientras que en esa esquina de Barrio Norte domina una franja de tierra que en invierno es una fuente de humedad y en verano se convierte en un suelo seco que levanta polvo con cada soplido del viento. Y no es un caso único, porque la esquina de Baquedano con Camilo Henríquez sufre exactamente del mismo mal.

Esto es lo que se conoce como la Realidad B de la capital regional, esa cara oculta de las periferias eclipsadas que no calza con el brillo que a veces muestran los medios de comunicación. El problema va mucho más allá de las veredas, pues esa misma falta de inversión se nota en paraderos de micros que todavía esperan una remodelación, en la infraestructura de algunos consultorios que ya se quedaron chicos, en arterias principales que no se han tocado en décadas o en la falta de incentivos para la vida nocturna, aunque muchos vecinos valoren la tranquilidad pasadas las diez de la noche. Incluso se ve en detalles del comercio cotidiano, como la falta de Cajas Vecinas de Banco Estado o puntos de recarga de celulares en los almacenes de barrio. A veces las soluciones llegan, pero la paciencia de la gente se pone a prueba por años, tal como ocurrió en el pasado con una demanda histórica que nació por el año 2011 en un tramo de la calle Pelantaro. Ese lugar generaba una tremenda división porque seguía adoquinado después de décadas, soportando una enorme congestión de micros y furgones escolares. Algunos exigían la pavimentación urgente por los ruidos molestos y los riesgos viales, mientras que otros defendían el valor histórico del adoquín. Por su parte, las autoridades se justificaban diciendo que el retraso de las obras se debía a la falta de proyectos técnicos y a que los recursos fiscales se habían ido prioritariamente a la reconstrucción tras el terremoto de 2010. Al final, después de tanta espera, ese tramo de Pelantaro se logró pavimentar recién en el año 2015.

Este asunto de los adoquines abre un debate profundo sobre el tipo de estancamiento temporal que sufre Concepción. Las calles de adoquines siguen dividiendo opiniones, y parece que lo que promueve esta curiosa zona de confort es un aura política muy marcada que define la identidad penquista. Curiosamente, a pesar del auge de las nuevas derechas en el último año, esta misma forma de hacer las cosas ha alejado a Concepción de los panoramas atractivos que hasta hace poco eran comunes en Santiago, como esa cultura bohemia de discotecas y jóvenes, una subcultura que ahora emerge con más fuerza en comunas balneario como Penco y Tomé. Quienes defienden los adoquines lo hacen bajo el argumento del patrimonio, prefiriendo conservar una estética de siglos antes que modernizar, lo que a veces deja en vergüenza a la capital regional frente a sus propias comunas satélite, que se destacan por tener casi el cien por ciento de sus calles pavimentadas. Un caso insólito de esta contradicción se da en la calle Ainavillo, justo a la altura del campus de la Universidad del Desarrollo. Es increíble pensar que el tramo de una calle céntrica siga siendo de adoquines estando al lado de una universidad privada tan ligada a la elite empresarial, fundada por personajes de la UDI y del Opus Dei como Joaquín Lavín. Aunque hay que conceder que de día esos adoquines se ven bien presentados e intentan parecerse a los que están alrededor de la Plaza de Armas de Santiago, la verdad es que los de la capital están mucho más camuflados y nivelados que los de Concepción, demostrando que a veces el discurso del patrimonio sirve más para tapar el atraso que para dar una verdadera calidad de vida.

Si nos alejamos un poco más del centro y nos movemos a otro punto de Barrio Norte, uno que ni siquiera alcanzaba a entrar en los planes de la frustrada nueva comuna, llegamos a la esquina de Castellón con calle Dos. Este cruce es bien particular y la gente lo conoce comúnmente como la esquina con Vicuña Mackenna, porque ahí mismo la línea férrea del tren que va hacia Lirquén corta la calle Castellón en dos partes. El lado sur, que va hacia el centro, nace en Vicuña Mackenna, mientras que el lado norte arranca justo en la calle Dos, dejando a la vía del tren rodeada por ambas calles. En esa intersección en T se vuelve a sentir con fuerza la doble realidad de la ciudad, mostrando no solo el ripio, sino un evidente mal estado de las calles con baches profundos que entorpecen el tránsito de los vehículos de los mismos vecinos, un suelo descuidado que incluso terminó por vencer al adoquín que alguna vez estuvo allí. Lo más increíble es que las redes sociales dan evidencia de que en noventa años el barrio no ha cambiado casi nada; la escena actual es idéntica a cómo la retrataban los medios escritos de Concepción en la década de los años treinta, cuando describían al sector como uno de los más pobres y vulnerables de la ciudad, siendo en ese entonces el límite urbano absoluto. Este punto cuenta con un par de locales bohemios de fama regional, pero no son para los lugareños, sino que atraen a una clientela de mediano o alto poder adquisitivo que proviene de otros lados. El sector no tiene cadenas de retail ni supermercados mayoristas, y su abandono se agravó cuando en los años ochenta dejó de funcionar el ferrocarril hacia Penco y Lirquén. De todas formas, antes del triunfo presidencial de José Antonio Kast, se levantó en el pasado 2025 un proyecto de posibles estaciones del Biotrén para conectar Concepción con Penco y Lirquén. Cerca de este cruce funcionaría la estación Tucapel-Paicaví, ubicada en calle Dos entre Ongolmo y el paso nivel sobre la Avenida Paicaví. Esto podría traer algo de progreso, considerando que muchos pasajeros serían estudiantes de la Universidad San Sebastián, aunque la casa de estudios no esté tan al lado, abriendo una oportunidad para emprendedores que se instalen con carritos a vender palomitas de maíz, siempre y cuando la demanda responda, ya que en las periferias de comunas como Chiguayante las estaciones del Biotrén no se destacan precisamente por convocar a una gran cantidad de público.

Este tipo de paisaje que parece completamente atrapado en el tiempo también se repite si nos movemos hacia el histórico Barrio Brasil, específicamente en la esquina donde se cruzan las calles Bandera con Castellón. En ese punto exacto se genera un contraste bien particular según la hora del día. Durante la jornada de trabajo opera con fuerza un rubro empresarial enfocado al bodegaje y a la actividad industrial, pero basta que llegue el denominado horario de siesta para que el sector se transforme por completo, quedando envuelto en una tranquilidad tan apacible y silenciosa que se siente más propia de un pueblo rural chico que de una capital regional. Toda esta escena se desarrolla rodeada por dos calles de adoquines viejos que se cruzan en forma de cruz, reforzando esa vibra antigua. Sin embargo, al caer la noche, el ambiente cambia drásticamente y aparece una bohemia bien específica en ciertos locales del sector. En esas horas casi nadie se atreve a caminar a pie bajo un alumbrado público deficiente y con poca identidad, sobre todo por el comprensible temor de los vecinos a sufrir un asalto. Debido a esto, la dinámica de diversión se vuelve cerrada: casi todos los clientes se organizan en grupos de amigos y llegan directo al boliche en sus propios vehículos particulares, estacionándose afuera para evitar riesgos. Es otra muestra de cómo conviven el abandono vial y la inseguridad en esos sectores que la modernidad de los discursos oficiales parece haber olvidado. 

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