En noviembre de 2019, mientras Chile atravesaba la efervescencia social del Estallido, las pantallas del canal La Red emitieron la versión contemporánea de la serie estadounidense "Raíces" (2016/2017).
Esta ambiciosa producción, liderada por Will Packer, Marc Toberoff y Mark Wolper, contó con la dirección de Phillip Noyce, Mario Van Peebles, Thomas Carter y Bruce Beresford, además de la significativa presencia de LeVar Burton como productor ejecutivo.
La historia nos sumergió en el siglo XVIII a través de la piel de Kunta Kinte, interpretado por Malachi Kirby, un joven destinado a ser un honorable guerrero mandinga en África. Sin embargo, su destino fue truncado por cazadores de esclavos que lo transportaron en las inhumanas bóvedas de barcos negreros a través del Atlántico hacia las 13 colonias británicas. En ese entorno hostil, donde se le negó la ciudadanía y fue apartado de su familia biológica para siempre, Kunta luchó por sobrevivir, consagrando eventualmente su relación con Belle Waller, de la cual nació su hija, Kizzy.
Ya en el siglo XIX, la narrativa se centró en la figura de Kizzy, interpretada por la actriz Anika Noni Rose. Durante su adolescencia, Kizzy desafió las brutales restricciones de su época al aprender a leer, un derecho que en ese entonces era un privilegio exclusivo de la población blanca. Al ser consciente de la opresión de su etnia, planeó una fuga hacia Canadá, ignorando por su sed de libertad las advertencias protectoras de su padre, quien conocía los peligros del sistema. Cuando los esclavistas descubrieron su alfabetización, Kizzy fue encadenada y vendida al granjero Tom Lea, siendo arrancada de su hogar. Tras sufrir el horror del abuso sexual por parte de Lea, nació su hijo George, quien con los años usaría su inteligencia para desafiar a su padre biológico en un contexto de vicios y abandono. Kizzy mantuvo su dignidad hasta la vejez, encontrando un último refugio amoroso en un hombre africano, mientras la esposa de Tom Lea lo abandonaba finalmente, asqueada por sus abusos y la obsesión que este mantenía con la mujer que nunca pudo doblegar.
La resistencia de Kizzy al leer un mapa simboliza un acto de desobediencia fundamental contra una autoridad que utilizaba la ignorancia como herramienta de control. Para las mujeres y esclavos de aquel tiempo, el conocimiento era la única puerta hacia la libertad real, enfrentando una confrontación espiritual entre el deseo del alma por ser feliz y las leyes injustas del entorno. Esta lucha por la validación personal resuena profundamente hoy, en pleno 2026, donde un hombre con TEA (Trastorno del Espectro Autista) puede sentirse ninguneado o aislado debido a las etiquetas sociales. Así como Kizzy reclamó su derecho a entender el mundo por encima de su condición de esclava, una persona neurodivergente hoy reivindica su derecho a la autonomía y a la conexión humana, buscando a través de la química y el encuentro personal la posibilidad de formar una pareja, demostrando que ninguna etiqueta (o diagnóstica) puede anular el deseo humano de amar y ser reconocido.
Como broche de oro, la serie nos regala un detalle de inmensa belleza en torno a una canción de cuna que la madre de Kunta Kinte le entonaba como un canto mandinga de bienvenida. Esa melodía, grabada en el alma del guerrero, viajó con él hasta América y fue traspasada a otro esclavo que, para sobrevivir, se convirtió en violinista. Así, lo que comenzó como un arrullo ancestral en una aldea africana terminó siendo interpretado por las familias terratenientes en sus cenas de gala y, finalmente, por una orquesta de afrodescendientes en el siglo XIX. Esta inmortalización musical, que perduró durante más de cien años según los capítulos de la serie, nos recuerda que la identidad y la cultura son hilos invisibles pero irrompibles que logran trascender el tiempo, el dolor y las fronteras de la opresión


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