Pero más allá del alegato, ¿Cuál es el verdadero afán de andar criticando si al final la gente casi ni opina? Paradójicamente, aunque todos tengan el dedo pegado a la pantalla, la gente hoy escribe menos, comenta menos e interactúa mucho menos de forma sincera.
Si uno se pone a mirar la pantalla del teléfono mientras espera la micro o hace la fila en el supermercado, se da cuenta de cómo nos cambió la vida esta maquinita y cómo ciertas aplicaciones, que antes servían para dar una mano o conectar a la gente, terminaron convertidas en algo totalmente frívolo, tóxico e inútil. Pensemos en la famosa red del pajarito azul, esa que nació por allá por el 2006 y que en Chile casi nadie pescaba hasta que nos cayó encima el terremoto del 27-F en el 2010. Ahí, con las líneas telefónicas colapsadas y la angustia a tope, se volvió una herramienta salvadora para saber si la familia en la costa estaba bien o dónde ir a dejar ayuda. Con el tiempo la cuestión fue agarrando vuelo político: para el 2017, con la irrupción del Frente Amplio y la candidatura de Beatriz Sánchez, se transformó en una verdadera plaza pública donde la gente conversaba de lo humano y lo divino. Esa interacción real se multiplicó con el Estallido Social del 2019 y los encierros de la pandemia entre el 2020 y 2021, donde la red funcionaba como un espacio donde la gente de verdad se escuchaba y compartía lo que pasaba en la calle.
Pero algo se rompió en el 2022, tras el triunfo del Rechazo en el primer plebiscito de salida. Ahí cambió la marea y la plataforma empezó a mostrar esa cara medio apocalíptica y desencantada de la sociedad actual. En el 2023 la compró un magnate y le puso "X", aunque en el día a día la gente le sigue diciendo Twitter porque la costumbre pesa más. En estos últimos tres años, entre el 2023 y este 2026, la cancha se volvió insoportable: se inundó de una fuerte influencia de ultraderecha, muy al estilo de Trump afuera y de Kast acá en Chile, donde las ideas entraban casi con aguja hipodérmica a través de panfletos antimarxistas, especialmente antes de las presidenciales del 2025. Diversas investigaciones periodísticas terminaron destapando lo que muchos en la calle ya sospechaban: la presencia masiva de bots y cuentas falsas organizadas por el Partido Republicano para inflar la figura de su candidato e influir en la masa digital.
Sin embargo, el drama más grande de esta crisis en "X" es su frivolidad e inoperancia cotidiana: la aplicación te sirve para desahogarte, pero al final no consigues absolutamente nada concreto. Imagínate la escena de un domingo a las cuatro de la mañana: los vecinos de al lado arman un carrete desatado, ponen el parlante a todo chancho y la contaminación acústica no te deja pegar un ojo. En medio de la impotencia, abres la aplicación, subes videos o fotos del escándalo y escribes una denuncia pública. ¿Y qué pasa? Nada. Tus seguidores no te comentan, nadie te da un retweet y las cuentas de los medios de comunicación ya no hacen eco de los mensajes donde los etiquetan, a diferencia de antes cuando la información circulaba entre la comunidad. Tu reclamo se pierde en la nada porque hoy existe un algoritmo invisible que impone la pauta del día y obliga a todo el mundo a girar en torno a ella.
El tema político se volvió algo tan obsesivo que tapó cualquier otro interés de la vida diaria. Hace solo unos meses se jugó el Mundial de Fútbol de Norteamérica 2026 y jamás llegó a ser un tema predominante en las tendencias; lo mismo ocurrió en el 2024 con los Juegos Olímpicos o cuando daban los capítulos finales de teleseries populares como "El jardín de Olivia". Para que te pesquen tienes que hablar de lo que habla la masa: que si hablaron bien del Presidente o si Bachelet anda buscando votos en la ONU. Si muestras empatía o apoyas una causa inclusiva, salta de inmediato algún "facho" a invalidarte la publicación calificándola de "caridad progre", mientras se imponen agendas extremas vinculadas al sionismo o discursos antidemocráticos que rozan lo absurdo, como pedir a gritos proscribir al comunismo. Para lograr que alguien te responda, estás obligado a meterte al vaibén de la pelea política los 365 días del año.
Esta ilusión de que la autoridad te va a escuchar por redes es completamente falsa. Las instituciones y los políticos tienen sus cuentas oficiales, pero jamás las usan para atender al ciudadano de a pie. Ya pasó en su momento con la Convención Constitucional entre 2021 y 2022, donde tenían su cuenta oficial pero jamás le responderon un mensaje a un vecino común. Hoy a las autoridades les da un desánimo terrible meterse a leer notificaciones, porque casi todo lo que les llega son ataques de pura ciber-cólera por parte del detractor político de turno. Las mismas instituciones policiales, como la cuenta oficial de Carabineros, ignoran las denuncias etiquetadas argumentando que hay que llamar al 133, pero tampoco se dan el trabajo de educar u orientar con infografías lúdicas sobre cómo lidiar con el ruido molesto. Esta sensación de desamparo no es nueva: ya en diciembre del 2020, cuando muchos no acataban las restricciones sanitarias de la pandemia y la gente los denunciaba por la red, las cuentas policiales sencillamente ignoraban los mensajes o hacían la vista gorda.
Este abandono se nota con mucha fuerza en las regiones. Acá en el Bio Bío, la realidad digital muestra un panorama bien triste. Cuentas históricas de medios locales como Radio Femenina Concepción o Radio Carolina (un medio radial juvenil de Santiago) ya están prácticamente botadas. Incluso Canal 9, uno de los pocos medios televisivos penquistas que sigue vigente en la red, actualiza sus contenidos cada dos semanas porque no hay incentivo para publicar información local. Una cuenta de un medio regional recibe muchísima menos interacción que los discursos trillados y repetidos de los extremos políticos, donde tanto el Partido Comunista como el Partido Republicano acaparan todo el ruido. Llegamos al punto en que solo las noticias de emergencias o tragedias generan algo de atención, mientras que la costumbre de compartir postales, paisajes o el orgullo por la zona simplemente murió; a la gente de Concepción y sus alrededores ya no le nace subir una foto bonita a esta red. Predominan más bien las publicaciones cargadas de pesimismo y frases como "estoy deprimid@", donde la gente busca desahogarse sabiendo de antemano que nadie va a resolver su drama. Se abunda en el barro sabiendo que aunque asuma una nueva autoridad nadie te garantiza que te vayan a escuchar, haciendo sentir que todo ese pataleo digital es tal cual como estar reclamando contra la pared.
Pero más allá del alegato, ¿cuál es el verdadero afán de andar criticando si al final la gente casi ni opina? Paradójicamente, aunque todos tengan el dedo pegado a la pantalla, la gente hoy escribe menos, comenta menos e interactúa mucho menos de forma sincera. Se perdió completamente esa mística de antaño de conocer ciber-amistades o generar lazos reales entre seguidores. Antes, un joven soltero y solitario podía entablar conversaciones profundas con ciber-amigas o incluso ciber-amantes por mensaje privado (DM); empezaban conociéndose, haciéndose preguntas recíprocas, compartiendo anécdotas del día a día y, si había química, fantaseando con textos eróticos pasada la medianoche como si fuera un "privado digital" donde terminaban intercambiando los números de WhatsApp. Hoy esa complicidad desapareció por completo. El miedo a las funas, la caída de la figura del "macho romántico" tras el remezón del plebiscito del 2022 y la extrema polarización terminaron matando el coqueteo espontáneo. Las mismas usuarias que antes lucían fotos de perfil coquetas o relajadas, hoy prefieren cubrirse el rostro con la bandera de Chile si son de derecha, o con imágenes de gatos e de ídolos coreanos del K-POP como BTS si están del lado progre o de izquierda.
Tu condición de usuario o sujeto digital se ha vuelto tan invisible que, para ganar un simple "Me gusta", tienes que comentar de la forma más polémica sobre un asunto contingente, como salir a atacar salvajemente al Ministro de Seguridad Claudio Arrau por el proyecto de interceptar llamadas telefónicas. El algoritmo no te premia si quieres compartir algo genuino o constructivo. Un caso representativo es el del usuario nortino Cristian Martínez (@_poetadelamor), quien desde La Serena intenta tirar buena vibra, compartir sus experiencias viendo el fútbol nacional y publicar sus versos románticos clásicos. Cristian no es un poeta elitista ni de alta complejidad, sino un aficionado devoto de la Virgen María que cree en el amor a la antigua. Lo lógico sería que en una red llena de cibernautas cultos o intelectuales de izquierda se comentara y potenciara su trabajo, pero no lo hacen; y no solo porque sea católico, sino porque la masa entra a pelear y no a hacer análisis literario.
Cómo será el nivel de degradación que hasta el legendario guitarrista de Los Prisioneros, Claudio Narea (@claudionarea), cayó en esta inercia de hablar de forma obsesiva sobre política. A pesar de que su mítica banda nació contestataria, en el último tiempo Narea no comparte música en su cronología ni aprovechó la vitrina para proponer jugadas creativas, ni siquiera durante la campaña del Apruebo en el 2022. Desde aquel disco solista del 2006 donde destacaba el tema "Rico el país" —que sonaba bastante en las radios—, no se le ha conocido otro single relevante, prefiriendo quedarse atrapado en la toxicidad de intentar hacerle entender al "facho" que la democracia es lo único que hace próspero al país.
Parte importante de por qué la gente dejó de escribir o profundizar en las redes se debe al cansancio físico de tipear en la pantalla táctil. Antes nos conectábamos cómodamente desde el computador, tecleando rápido en Windows, lo que invitaba a redactar párrafos más largos e ideas elaboradas. Hoy la inmensa mayoría usa solo el teléfono y, para evitar el desgaste de andar escribiendo con los pulgares, prefieren solucionar todo dejando un "Me gusta", un corazoncito o un emoji. Los mismos medios digitales como "Noticias Live Chile" o "Amigos penquistas" aprovecharon esto para transformar sus encuestas en una simple recolección de emojis, midiendo la aprobación o rechazo de un tema a costa de puros clics perezosos. A esto se le suma que "X" terminó de ponerse fome y vacía por el desmantelamiento de aplicaciones externas que antes le daban vida al asunto. Herramientas como "Twitter Circle" o "My Top Followers", que hasta el 2022 te permitían saber quiénes te leían más, con qué seguidores tenías afinidad o quién era tu "círculo cercano", dejaron de funcionar en este 2026. Incluso servicios como Fedica, que te mostraban de qué países o comunas venían tus lecturas, pasaron a ser de pago; hoy si quieres ver esas métricas interesantes tienes que pasar por caja. Todo se transformó en un negocio frívolo donde, para ver algo relevante, hay que pagar una suscripción.
En definitiva, en lo relativo al contenido político ya no queda espacio para el debate, la información ni la conversación real: lo único que abunda es el panfleteo, la propaganda y discursos repetidos hasta el cansancio. Es el terreno donde operadores, activistas y políticos juegan su propio "gallito" contra el adversario, dejándose llevar tanto por la trinchera que olvidaron su rol de informar. Las tragedias y el barro político se convirtieron en lo único que vende, terminando de sepultar para siempre aquel viejo contenido alegre, festivo y comunitario que alguna vez nos hizo sentir acompañados en la pantalla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario