Todos estamos de acuerdo en un punto básico: el trabajador necesita y merece distenderse. Tras una semana dura de pega, la búsqueda de un momento de alegría, de una cerveza conversada o de un rato de risa no solo es comprensible, sino totalmente legítima. La casa debe ser un espacio de descanso y desahogo. El problema grave aparece cuando la fiesta deja de ser una pausa saludable y se convierte en una obsesión compulsiva, en un vicio que no sabe de horarios, de empatía ni de respeto por los demás.
Llama profundamente la atención la conducta que presenciamos por estos días. Arrancamos este mes de agosto de 2026 en la Región del Bio Bío todavía golpeados por la corriente de El Niño. Desde mediados de julio las lluvias no nos han dado tregua; ha sido un invierno de «zig-zag», donde un par de días de sol solo anuncian la llegada del siguiente temporal. La noche del sábado 1 de agosto volvió a encender las alarmas con la crecida del Estero de Penco y, a 80 kilómetros de distancia, un desborde similar en el estero Pichilo, en la zona rural de Arauco. Con alertas SAE sonando en los celulares y familias evacuando en distintas comunas de la zona centro-sur, la preocupación regional era evidente.
Sin embargo, basta que pare de llover un minuto para que aparezca una porfía insólita. El piso del patio todavía está mojado y el barro helado se siente en los pies, pero eso no frena a un grupo minoritario —apenas seis personas, casi todos adultos— que sale al patio a seguir tomando, riendo y vociferando su vida privada a viva voz. Horas antes, bien calefaccionados adentro, ponían parlantes para cantar karaoke bajo la lluvia con unas copas de más; ahora, con el cielo amenazante, prefieren la intemperie. No hay temor a las alertas de evacuación ni empatía con la tragedia que vive el resto de la zona. Es una sensación amarga de «falta de respeto» hacia lo que ocurre afuera.
Aquí es donde cabe hacerse preguntas de fondo. Bien sabemos que el alcohol transforma a las personas: alguien que de día habla con un volumen normal y respetuoso, de noche pierde el filtro, se le suelta la lengua y empieza a gritar sin control. Y no es que todo el que toma sea escandaloso, pero en este caso la conducta es repetitiva. No estamos hablando de una celebración puntual por un cumpleaños o de las Fiestas Patrias —como analizábamos en septiembre pasado en la columna «Entre el Descanso y la Inevitable Imprudencia Vecinal»—, sino de una rutina que se repite en promedio una vez al mes durante todo el año. Buscan cualquier excusa para juntarse y terminar en lo mismo.
Lo más cuestionable es la maña para eludir el reclamo del barrio. Si hay avisos a la junta de vecinos por los ruidos molestos, aplican la estrategia del despiste: salen temprano de la casa, dejan las luces apagadas para simular que no hay nadie o que están durmiendo, y regresan a las 2 o 3 de la mañana de un domingo. Y adivinen... entre que abren el portón, llegan curados y vuelven a armar el escándalo en la madrugada, la tranquilidad de los vecinos se rompe otra vez.
¿En qué momento el carrete pasa de ser una diversión a una adicción? Pareciera que sin la botella, el parlante y el escándalo nocturno estas personas no supieran cómo relacionarse. Hay una dependencia del descontrol, una necesidad casi desesperada de sostener la fiesta a costa de lo que sea.
En septiembre del 2025 hablábamos (aquí mismo) de cómo el desorden patrio se escudaba en el «folclore». Pero ver esta misma actitud en pleno invierno, con temporales activos y familias damnificadas en la misma región, deja al desnudo el verdadero problema: no es la tradición, es la falta de autocontrol y el egoísmo.
Cuando la «pachanga» requiere desafiar al clima, engañar a los vecinos y tapar la realidad a fuerza de gritos, deja de ser alegría. Se convierte en un dolor de cabeza para el barrio y en una muestra triste de cómo el vicio puede aplastar la convivencia humana más elemental.

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