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viernes, 24 de julio de 2026

Las aguas penquistas resguardan tragedias, milagros y mitos ancestrales (Historia vinculada con tres de sus lagunas)

 Concepción destaca por su particular geografía de agua dulce, contando en su urbe comunal no solo con las tres que estuvieron a un paso de integrar un mapa distinto de haberse aprobado el plebiscito de 2012 para crear la frustrada comuna de Barrio Norte —Las Tres Pascualas, Lo Galindo y Lo Méndez—, sino también con la tradicional Laguna Redonda, la Laguna Pineda (colindante a la Ruta a Cabrero, cerca de la localidad rural de Agua de la Gloria), la pequeña Laguna de los Patos al interior del campus de la Universidad de Concepción, y la esquiva Laguna El Manzano (que aunque permanece oculta y aparentemente es parte de un recinto privado, ha ganado visibilidad en redes sociales por registros de creadores de contenido que acceden por la subida Las Margaritas o por los campos deportivos del club Universidad de Concepción, frente a la Villa San Francisco).                                                                                                                 

La LAGUNA DE LOS PATOS es otro de los atractivos que ofrece el Campus
de la Universidad de Concepción (Un lugar siempre de acceso liberado y gratuito
para la comunidad, los 365 días del año. Aunque en la noche, los guardias en motocicleta
suelen monitorear la universidad). 

 Esta riqueza hídrica trasciende los límites comunales y se expande por otras comunas de la Provincia de Concepción: San Pedro de la Paz es famosa por sus lagunas Chica y Grande (ambas convertidas en verdaderas postales turísticas); la Isla Quiriquina cobija en su interior su propia Laguna de los Patos; Talcahuano resguarda el Humedal Piupiu Mapu (colindante con la Avenida Gran Bretaña, en el sector industrial de Huachipato) y el Humedal Lenguita (colindante con el camino a Lenga, antes de llegar a la costa); Penco conserva la Laguna Artificial de Lo Marjú (colindante con el camino rural a Primer Agua); y Coronel alberga la emblemática Laguna Quiñenco.

En aquel entonces, hasta el 2012, cuando estuvo vigente el proyecto para convertir al sector de Barrio Norte en comuna, sus dirigentes tenían pensado potenciar turísticamente las tres lagunas que formarían parte de su territorio (Lo Méndez, Lo Galindo y Las Tres Pascualas), e incluso se contempló que pudieran habilitarse como zonas de baño. Desde lo logístico, esa medida habría significado un enorme alivio para los residentes de la frustrada comuna en época estival frente a las altas temperaturas del verano, considerando que el sector no cuenta con locomoción directa hacia las playas más cercanas a Concepción —como mucho, una variante de la Flota Ruta Las Playas transita por Paicaví en dirección a Penco y Lirquén—. Sin auto, cualquier vecino de Barrio Norte debía y debe costearse un total de cuatro pasajes para viajar a Tomé (dos de ida y dos de vuelta).                                               



Volviendo a las aguas de la capital provincial, desde 2015 aproximadamente la Laguna Lo Galindo se posiciona como el único parque urbano de la comuna de Concepción alejado del centro, ubicado a unos 5 kilómetros de distancia, lo que obliga a quienes no cuentan con auto a depender del transporte público para visitarlo. Este cuerpo de agua es también conocido popularmente como la "Laguna de los monos", debido a las llamativas esculturas de figuras humanas que parecen flotar sobre la superficie; aunque en realidad no flotan, sino que están sujetas por estructuras metálicas sumergidas que sostienen a estos coloridos personajes sobre el agua. Paralelamente, comunidades ecologistas y medioambientalistas impulsan esfuerzos por recuperar la vecina Laguna Lo Méndez, muy cerca de donde se alza el Cerro Chacabuco; una elevación que, si bien ofrece en su cima un atractivo mirador panorámico, se encuentra muy poco aprovechado o derechamente abandonado. Sin embargo, más allá de los límites administrativos, el estado de sus miradores y los proyectos políticos, estas aguas siguen siendo el corazón palpitante de la identidad penquista, guardianas de historias que se entrelazan con la vida cotidiana de la ciudad.

Hay cosas que la camanchaca de la mañana o el viento sur no logran borrar en Concepción, y una de ellas es esa manera en que nuestras lagunas guardan los dolores y los misterios de la gente de a pie. Porque acá en la cuna del Biobío, entre la llovizna pertinaz y el olor a tierra mojada, el agua no solo refleja el cielo plomizo; también murmura historias de las que no salen en los libros solemnes, sino en el boca a boca del barrio.                                                 



 La hoy desaparecida Laguna de los negros (Vinculada con su pasado, en el Siglo XIX)

Pero para entender del todo esta relación penquista con sus espejos de agua, hay que escarbar en la memoria de la ciudad hasta dar con un mapa que ya no existe. Hacia el siglo XIX, el paisaje urbano albergaba un cuerpo de agua sepultado bajo el cemento del progreso: la Laguna de los Negros. Aquel pequeño estanque se emplazaba en lo que hoy es la intersección de las calles Cruz con Rengo, extendiéndose hacia Caupolicán y Bulnes. Donde hoy ruedan micros, caminan vecinos y se levantan casas de barrio, corría agua estancada que guardó durante años la herida más oscura y silenciada del Concepción colonial.

Su nombre no nació del azar ni de la botánica, sino del estigma y la tragedia. En los primeros años del 1800, las aguas del puerto de Talcahuano recibieron a la fragata Tryal, escenario de un violento e histórico motín de esclavos senegaleses que luchaban por recobrar su libertad. Tras ser sometidos por la fuerza y juzgados sumariamente por las autoridades españolas en la Plaza de Armas penquista, los cabecillas de la rebelión fueron condenados a la pena capital y ejecutados. Para escarmiento de la época y desprecio de su dignidad, los restos amputados de aquellos hombres afrodescendientes fueron arrojados sin sepultura a la pequeña laguna. Desde entonces, la voz popular bautizó el sitio como la Laguna de los Negros. Con las décadas, el cuerpo de agua fue rellenado y sepultado por la trama urbana, pero el suelo sobre la calle Cruz conserva hasta hoy el peso invisible de una masacre que la ciudad intentó tapiar con tierra. 



El Femicidio contra Petronila Neira, y su cuerpo en la profundidad de Laguna Redonda

Allá por Lorenzo Arenas, cuando el sector todavía conservaba ese aire de periferia obrera y totorales espesos, la Laguna Redonda fue testigo mudo de otra injusticia que conmovió hasta las entrañas al Concepción de 1910. A Petronila Neira —humilde costurera, mujer de trabajo y de mala suerte en el amor— la vida se la arrebataron con alevosía. Querían apagar su voz y sumergir su memoria en lo más hondo del estanque, amarrada a la impunidad de las sombras. Pero el agua penquista tiene memoria propia. Cuentan las abuelas que la laguna no quiso ser cómplice y devolvió su cuerpo a la superficie, flotando contra toda lógica, como exigiendo justicia a grito sordo. Desde aquel día, el pueblo no la olvidó. Elevada al estatus de mito urbano y considerada por la fe popular como una verdadera santa, dicen los creyentes que Petronila concede milagros e intercede por los más atribulados. Aunque sus restos descansen en el Cementerio General, su tumba permanece tapizada de incontables placas de mandas, flores frescas y muestras de gratitud por favores concedidos. Por eso, cuando uno camina por la orilla de la Redonda en una tarde helada, cuesta no pensar en las velas encendidas y en esa devoción sincera que nació de la tragedia para convertirse en refugio y fe de los humildes.                                        



 La leyenda de las Tres Pascualas (En la laguna que hoy lleva su nombre)

Cruzando hacia Barrio Norte, la Laguna Las Tres Pascualas cuenta otra pena, una más antigua, tejida con el hilo del romance y la traición. Dicen los que conocen la historia de oídas —pasada de generación en generación desde los tiempos de la Colonia— que tres jóvenes hermanas de apellido Pascual, bautizadas por la tradición como Elvira, Úrsula y Catalina, acudían diariamente a la orilla del agua. Eran lavanderas de oficio, y entre el murmullo de los sauces y el golpeteo del paño contra las piedras, pasaban las jornadas cantando coplas y tendiendo la ropa al sol penquista. Las tres, sin saberlo, le entregaron el corazón al mismo forastero de palabras dulces y promesas vanas, quien les juró amor en secreto a cada una por separado. Cuando el engaño quedó al desnudo, la pena fue más grande que el orgullo. Unas versiones dicen que fue el propio desencanto el que las llevó a adentrarse juntas en el agua; otras, que en una oscura Noche de San Juan el hombre las llamó desde un bote en el centro del estanque y, al escuchar su nombre en la penumbra, cada hermana creyó ser la elegida y caminó hacia la profundidad sin retorno. Murieron ahogadas en el mismo espejo de agua que custodiaba sus faenas diarias.                                                                                                   

Muchos años pasaron. Donde antes había sauces solitarios y senderos de barro, con las décadas llegó el balneario popular, las tardes de picnic familiar, los botes de remo y las risas de los niños los domingos por la tarde. Hoy el entorno cambió de traje y alberga las aulas universitarias del Campus de la Universidad San Sebastián, llenando la ribera de pasos jóvenes y libros bajo el brazo.

Allí, casi en la esquina de Paicaví con Manuel Rodríguez, la plazoleta que colinda con el estanque y el puente peatonal que cruza la laguna son de libre tránsito para cualquier transeúnte que quiera hacer una pausa. Sin embargo, ese permiso público encuentra su límite exacto al cruzar al otro lado, donde comienza el terreno universitario. Una caseta de guardias y un vigilante filtran el ingreso diario de estudiantes y funcionarios; en vacaciones o durante el trasnoche, el portón permanece cerrado bajo llave, salvo que un particular solicite cuidadosamente permiso y justifique de forma estricta su entrada. Mientras tanto, en las áreas verdes de la plazoleta pública, no es raro ver de repente a algunos caballos pastando por la mañana, postales urbanas vinculadas al humilde campamento ubicado al otro costado de la laguna, cuyo acceso se da por calle Bulnes a la altura de Janequeo. Entre esa mezcla de cotidianidad, campus y barrio, el ecosistema de la laguna resiste a su manera, incluso frente a episodios insólitos que han llegado a las noticias, como cuando un sujeto intentó pescar de forma ilegal en sus aguas protegidas. Pero cuando cae la noche y la niebla baja tupida desde los cerros, más de algún vecino jurará haber visto tres sombras que caminan sobre el agua tranquila, recordando que hay penas que ni el paso del tiempo ni el progreso urbano logran ahogar.                       


domingo, 5 de julio de 2026

Los picarones del mercado de Concepción rescataban la identidad gastronómica penquista

En la foto, el seremi de Justicia y de Derechos Humanos (2026)
Robert Contreras se ve disfrutando un delicioso plato de picarones.
Ex gobernador provincial, fue también candidato a Consejero
Constitucional y a Diputado. Militante RN.
Para cualquiera que haya caminado por el centro de Concepción en los últimos trece años, la manzana comprendida por las calles Rengo, Freire, Caupolicán y Maipú representa una cicatriz urbana imborrable con la que aprendimos a convivir a la fuerza. Tras el trágico incendio del 28 de abril de 2013, el corazón del viejo Mercado Central quedó reducido a escombros, camuflado apenas por los locales de los exteriores que se encargaron de estirar la fachada de un gigante dormido durante todo este tiempo. Hablamos de un espacio centenario, un punto de encuentro neurálgico de la ciudad que ya en la década de los 30 retrataba su funcionamiento en fotografías en blanco y negro, a solo una cuadra de la plaza y de la catedral, consolidándose como el verdadero cable a tierra de la identidad penquista. Si bien en los años 2000 ya se hablaba de un evidente descuido, un ambiente alicaído y cierto olvido institucional, el Mercado seguía teniendo un alma vibrante. Cuando uno se adentraba en esos pasillos dominados por el olor a comida casera, entraba de inmediato a un ecosistema único atendido entrañablemente por sus propios dueños. Eras recibido en el camino por meseras que usualmente vestían un pulcro moño cola de tomate o moño trasero, llevando delantales por delante que muchas veces eran de color rojo con la famosa marca de una bebida gaseosa. Los comedores propiamente tales eran pequeños, con unas pocas mesas en su interior y rodeados por barandas metálicas que separaban las cocinerías del tránsito de los pasillos; por el otro lado, los muros lucían azulejos cerámicos pegados a la muralla, la caja se ubicaba justo a la entrada y, por detrás, quedaba la cocina, esa área de acceso restringido donde las expertas preparaban sus platos más tradicionales.

Ahí, en el menú de estas cocinerías, reinaba un plato que hoy muchos siguen recordando con profunda nostalgia y que era considerado un desayuno completo ideal para empezar la jornada: los míticos picarones pasados. Era una preparación única, barata y sumamente reconfortante, la herramienta perfecta que buscaban los comensales a primera hora de la mañana para obtener las calorías necesarias y blindarse contra el frío y la perenne humedad de nuestra ciudad. El sello de las cocinerías del mercado tradicional era inconfundible. Cuando uno se sentaba en una de sus mesas y hacía el pedido, las damas traían el plato servido tal como si fuera un almuerzo contundente, al más puro estilo de una cazuela. Llegaba un plato de loza hondo asentado firmemente sobre otro plato bajo, una técnica impecable de la vieja escuela para evitar que se chorreara la mesa en caso de que por accidente cayera algo de jugo. Al interior de este recipiente, flotando en un caldillo dulce muy generoso, se presentaban las roscas de masa frita con un agujero al centro. A diferencia de lo que ocurre en Santiago, donde la preparación suele tener una connotación gourmet y es vista casi como un lujo de cafetería fina, en nuestro mercado era un manjar reponedor para el pueblo. Allá te entregaban un plato hondo, muchas veces de greda o loza gruesa, casi lleno de un caldillo o almíbar hirviendo que inundaba todo el pasillo con su olor. El caldillo de los picarones tenía un sabor tan estimulante como el café, aunque con el obvio detalle de que no tenía cafeína. Esta receta tradicional de la cocina del mercado tenía un sabor intensamente dulce, profundo y complejo, donde el dulzor tostado de la chancaca se equilibraba perfectamente con el frescor cítrico de la naranja y el aroma picante y cálido de la canela y el clavo de olor. No era una simple agua azucarada, sino un caldo denso, reconfortante y muy perfumado. Al sumergirse directamente en este fondo hirviendo, la masa esponjosa absorbía el líquido como si fuera una esponja, dejando los picarones totalmente mojados, suaves y pasados hasta el corazón. Al hincar el tenedor, el picarón chorreaba el almíbar, y la mejor parte para muchos comensales era tomarse a cucharadas el resto de esa sopa dulce que quedaba en el fondo al terminar las masas.

Hay que destacar que la masa de las roscas se hacía con un tipo de preparación totalmente distinto a como se hacen las sopaipillas chilenas. Antes de freírla, la mezcla tenía un aspecto anaranjado brillante y muy húmedo, configurándose como una masa viva, casi líquida. Mientras las sopaipillas tienen una masa firme que se estira con uslero y se corta con moldes, la masa del picarón del mercado era extremadamente blanda, pegajosa, elástica y llena de burbujas de aire por el uso de levadura, lo que hacía imposible estirarla sobre un mesón. Esto pasaba porque llevaba una cantidad enorme de puré de zapallo camote prensado y se usaba la misma agua de la cocción del zapallo para armar la mezcla, lo que teñía la harina por completo. Como la masa era tan blanda que se escurría entre los dedos, las cocineras del mercado tenían una destreza increíble: se mojaban las manos en agua con sal para que la mezcla no se les pegara, tomaban una porción con los dedos, hacían el agujero al centro con los pulgares en el aire en un segundo y la lanzaban de inmediato al aceite caliente, donde la masa se inflaba y se doraba al instante. Para lograr esta maravilla en casa, las cocinerías seguían un rito preciso que hoy podemos replicar paso a paso. Primero debes cocinar medio kilo de zapallo camote en cubos y molerlo caliente hasta lograr un puré suave, guardando el agua de la cocción. Aparte, disuelve diez gramos de levadura seca con una cucharadita de azúcar en media taza de esa agua tibia por diez minutos hasta que espume. En un bol grande, mezcla el puré con medio kilo de harina, una pizca de sal y la levadura activada, batiendo la masa con las manos hasta que quede muy blanda, elástica y pegajosa; luego, tápala y déjala fermentar por una hora en un lugar templado. Mientras tanto, prepara el abundante caldillo hirviendo en una olla grande un bloque o pan de chancaca trozado junto con un litro y medio de agua, agregando varios palos de canela, clavos de olor y tiras grandes de cáscara de naranja, cuidando de no incluir la parte blanca para evitar el amargor. Todo esto se cocina a fuego medio por unos quince a veinte minutos hasta que el bloque dulce se disuelva por completo y el líquido se reduzca ligeramente, logrando un almíbar fluido pero con cuerpo que se mantiene siempre hirviendo a fuego mínimo. Con la masa lista, calienta abundante aceite, mójate las manos en agua con sal, toma porciones de masa haciendo el agujero al centro con los pulgares en el aire y fríelas hasta que estén bien doradas por ambos lados. El secreto final del mercado consiste en sacar las roscas del aceite y sumergirlas directamente en la olla con el caldillo de chancaca hirviendo, dejándolas cocinar a fuego suave por unos diez minutos para que absorban todo el líquido antes de servirlas rebosantes en el plato hondo.

El camino hacia la reconstrucción de este espacio ya es un cuento recontraconocido y relatado por la prensa local, pero hoy en pleno 2026, los diseños y los debates presupuestarios siguen su curso. La chispa del renacimiento comenzó en 2023, cuando estudiantes de arquitectura de la Universidad del Bío-Bío ganaron un concurso para el diseño del nuevo recinto, y se profundizó en diciembre de 2024 con una consulta ciudadana gratuita y online convocada por el Serviu a través de formularios en la web, donde la gente dejaba sus propuestas respondiendo preguntas precisas por correo electrónico. Así se llegó al avance presentado el 7 de agosto de 2025 por las consultoras Lopetegui Arellano y Crisosto Smith Ltda., encargadas del diseño definitivo gracias a un mandato de 436 millones de pesos. El proyecto contempla un estándar internacional inspirado en recintos de Europa y Estados Unidos, como el de Barcelona o el Chelsea Market de Nueva York, proyectando un edificio flexible para los próximos 40 años que incluye eficiencia energética, sistemas de e-commerce, conectividad con el transporte público como el Biotren, ciclovías, inclusión para la tercera edad y una plaza techada con una membrana translúcida similar al Teatro Regional, usando madera local como guiño forestal y aprovechando el subterráneo para salas de arte y talleres de oficios coloniales donde se enseñe a trabajar el cuero y los telares.                                                    

Para explicarlo en fácil, el gobierno gastó más de 400 millones de pesos contratando a unos expertos para que dibujaran los planos de un mercado nuevo y súper moderno. El dibujo se parece a los mercados famosos del extranjero y la idea es hacer locales comerciales modernos, poner sistemas para comprar por internet, dejar accesos fáciles para los abuelitos y usar madera de la zona con un techo bonito para taparnos de la lluvia y el frío. Además, quieren aprovechar el subterráneo para poner salas de arte, exposiciones y talleres donde se enseñe a trabajar el cuero y los telares.

 La gestión para financiar y destrabar esta inmensa obra ha traído intensos movimientos políticos en lo que va del año. El pasado 14 de abril de 2026, el alcalde de Concepción, Héctor Muñoz, puso sobre la mesa una propuesta que encendió el debate sobre el destino de las platas públicas al evaluar la opción de redirigir recursos fiscales clave, reuniéndose con la Subdere y el Ministerio del Interior para analizar el uso de cerca de 7 mil millones de pesos presupuestados originalmente para el Museo de la Memoria, priorizando la recuperación del casco histórico central frente al deterioro del sector.

Lo que pasó aquí es que el alcalde quiere conseguir plata rápido para levantar el mercado y propuso quitarle cerca de 7 mil millones de pesos al proyecto del Museo de la Memoria. La idea es juntarse con los jefes de los ministerios en Santiago para ver si le dan permiso de cambiar ese dinero de un lado a otro y así apurar la reconstrucción, arreglando de paso el centro de la ciudad que ahora está oscuro e inseguro. 

Posteriormente, la relevancia del proyecto escaló a nivel nacional el 18 de junio de 2026 con un hito político importante en las mismas ruinas del recinto comercial. En esa fecha, el Presidente de la República, José Antonio Kast, visitó el terreno siniestrado al cierre de su gira por el Biobío, resaltar el valor del espacio y pedir un compromiso pleno y unidad de los locatarios. En el lugar, el alcalde Muñoz advirtió que están contra el tiempo porque el diseño final del Serviu se entregará en mayo del próximo año, mientras que la presidenta de la Inmobiliaria Mercado Central, Ximena Meneses, apuntó que la voluntad de los 189 locatarios de la inmobiliaria Concepción 2000 está firme para entregar el terreno y que solo restaría expropiar rápido el anillo externo para estar en condiciones de empezar las obras en 2027.

Ese día el presidente vino a Concepción y visitó las ruinas del mercado. Les dijo a todos los locatarios que tienen que unirse y ponerse de acuerdo como comunidad para poder avanzar, porque el gobierno solo no puede con todo. El alcalde avisó que están contra el tiempo porque los planos finales se entregan en mayo del próximo año, y la jefa de los locatarios explicó que si logran expropiar rápido los locales comerciales de afuera que faltan, ya en 2027 estarían listos para empezar a construir el nuevo edificio.

  El debate normativo sumó un nuevo capítulo apenas empezaba el mes de julio, específicamente el 3 de julio de 2026, enfrentando públicamente las visiones del municipio penquista y el Ministerio de Cultura a raíz del carácter patrimonial del suelo. El alcalde Muñoz criticó la declaratoria de Monumento Nacional otorgada en 2014 calificándola como una traba burocrática e incluso sugirió retirarle dicha condición, postura apoyada por el ministro Iván Poduje en su visita a Tomé, quien atacó los procesos del Consejo de Monumentos Nacionales acusando parálisis de obras por hallazgos menores del siglo pasado. Sin embargo, la seremi de Cultura en el Biobío, Carolina Tapia Krug, defendió firmemente el trabajo técnico aclarando que no existen antecedentes que atribuyan los retrasos a la condición patrimonial, ya que resguardar la identidad e historia de generaciones es perfectamente compatible con levantar una obra moderna que responda a las necesidades actuales de la ciudad.

En palabras sencillas, el alcalde se quejó de que el título de Monumento Nacional que tiene el mercado es una traba burocrática que atrasa todo y pide que se lo quiten, e incluso un ministro de visita apoyó la idea diciendo que el Consejo de Monumentos paraliza obras por encontrar cualquier tontera vieja en el suelo. Pero la jefa de Cultura de la región aclaró al tiro con peras y manzanas que ser Monumento Nacional no frena para nada la construcción de un mercado nuevo, sino que sirve para cuidar la historia y asegurar que el edificio moderno respete los recuerdos y la identidad de la gente de Conce.

Mientras todo este papeleo avanza lentamente en las oficinas gubernamentales, la vida cotidiana de los habitantes de Concepción no se ha detenido y el comercio popular ha tenido que buscar alternativas a lo largo de la comuna para suplir la ausencia del viejo gigante. Una de ellas es el Mercado Provisorio del Gran Concepción, ubicado en el Barrio Estación a un costado del edificio del Gobierno Regional, pero la verdad es que se nota a la legua que no tiene esa alma de pueblo; se ve y se siente más como una galería común y corriente, con un rincón típico bien escaso y muchos locales desocupados con sus persianas cerradas, salvado a duras penas por el movimiento de las cocinerías de su segundo piso. Si uno busca rescatar los sabores tradicionales del centro, la Galería Hermanos Carrera, en la esquina de Avenida Los Carrera con Rengo, se alza como una buena alternativa para disfrutar de pequeños locales de comida y comprar ricas humitas. Un par de cuadras más hacia el cerro, en calle Rengo entre Heras y Los Carrera, se encuentra la Veguita El Esfuerzo, un punto fijo para las frutas y verduras que vive en constante tensión por la desleal competencia de las personas que venden verduras con sus carritos en la vía pública, transformándose en un verdadero dolor de cabeza para los locatarios establecidos y el municipio. Si la misión es buscar productos del mar en pleno centro, la pescadería El Edén, ubicada en la misma Avenida Los Carrera entre Caupolicán y Aníbal Pinto, sigue siendo una opción confiable para pescados y mariscos. Por supuesto, el verdadero sustituto en cuanto al abastecimiento a gran escala y principal punto de distribución en toda la comuna es la Vega Monumental, hoy llamada formalmente Centro Comercial 21 de Mayo; inaugurada en 1980 en su actual ubicación, se distancia a unos cinco kilómetros al norponiente del centro penquista, lo que obliga a tomar micro para moverse hacia sus dos grandes mundos que combinan la galería comercial techada con el patio abierto de la feria agrícola, teniendo su acceso principal por la avenida del mismo nombre a solo metros del límite intercomunal con la vecina comuna de Hualpén. A esto se suman las ferias libres semanales que brotan en los suburbios y diferentes sectores de la ciudad, un fenómeno vivo en todas las comunas de la región, siendo la más masiva y conocida la famosa Vega de Collao, que se toma una vez por semana las afueras del estadio de fútbol Ester Roa Rebolledo, a pasos del Regimiento Militar y del Terminal de Buses.

Al final del día, entre discusiones de alta esfera, fondos en disputa, influencias de Nueva York y alternativas comerciales repartidas por la periferia, la gran encrucijada que queda flotando en el aire de la zona es netamente cultural. Está muy bien que nuestra ciudad aspire a un mercado de estándar internacional, con eficiencia energética y modernidad adaptada al siglo veintiuno, haciendo frente con una infraestructura digna a todo ese aspecto abandonado y eclipsado de las últimas décadas, pero la arquitectura de vanguardia no puede terminar borrando de un plumazo nuestra memoria colectiva. Necesitamos recuperar este mercado para que el centro se reencuentre de verdad con el pueblo penquista y la cultura popular. No basta con diseñar subterráneos culturales y cubiertas translúcidas fantásticas con la mejor madera de la región; si el futuro Mercado Central no rescata el alma gastronómica popular y no le devuelve su espacio consagrado a las cocinerías tradicionales, nos quedaremos simplemente con un cascarón estéril y elegante. Es sumamente necesario valorar lo típico, lo nuestro, esas manifestaciones de la cultura que están ahí mismo en la calle pero que los medios tradicionales rara vez resaltan. Este proyecto debe transformarse en una picada real para el desayuno diario y en un punto turístico obligado de la región del Bio Bío, de la misma forma en que Chillán potencia de manera brillante su plato de longanizas con papas en su propio mercado, consolidándolo como una postal turística indiscutible. Ojalá que quienes toman las decisiones y dibujan los planos recuerden que el verdadero valor del mercado no estaba únicamente en el hormigón o en la modernidad de sus tiendas, sino en la mística de un plato hondo chorreando almíbar de chancaca y naranja; nuestra historia popular, los turistas del mañana y el crudo invierno de Concepción se los van a exigir de vuelta en las mesas para ser una postal del Gran Concepción ante Chile y el mundo.

jueves, 25 de junio de 2026

Recorriendo la ciudad de Concepción: LA AVENIDA CHACABUCO

Imagínate una calle en el centro de Concepción que se las da de ordenada, limpia y con más recursos, pero que al final es un tremendo torbellino de micros ruidosas, pubs modernos y protestas juveniles. Si no eres de la zona, te presento a la Avenida Chacabuco: el corazón de ese sector donde la gente más acomodada o de onda "progre" hace su vida al lado de la gran universidad. Es un lugar bonito pero gris, lleno de contrastes donde la cultura convive con el boche diario de la calle. Echarle un ojo a este barrio es darse cuenta de que, por mucho que un lugar parezca de otra categoría, los problemas para pillar un poco de paz y las ganas de distraerse son exactamente las mismas en todos lados.                                                                                                  


 Caminar por el centro de Concepción siempre tiene su gracia, sobre todo cuando uno anda dando vueltas sin muchas presiones, buscando distraerse con lo que sea y con los audífonos puestos para capear la rutina del día. Si nos fijamos bien, hay calles que tienen toda una personalidad armada. La Avenida Chacabuco es el ejemplo perfecto de esto: es ese lado del centro penquista que muchos ven como el más ordenado, institucional y, por qué no decirlo, con un aire un poco más acomodado. Empieza en la Avenida Padre Alberto Hurtado y termina justo en el icónico Arco de Medicina de la Universidad de Concepción. Pero la verdad es que para el ciudadano de a pie, el que no anda metido en discusiones políticas pesadas y solo quiere estirar las piernas o tomarse algo helado comprando un refresco rápido en el almacén de la esquina para pasar el calor, esta avenida es simplemente un tremendo escenario donde se cruzan realidades muy distintas. 

La Avenida Chacabuco comprende unas quince (15) cuadras, con una distancia de tres (3) kilómetros. 

El paisaje de la avenida, aunque cuenta con bastantes árboles repartidos por las veredas laterales, a ratos se siente un poco gris porque el pasto brilla por su ausencia entre la zona peatonal y la calle. Al medio, las dos vías quedan separadas por un bandejón central que va completamente despejado, plano y sin ningún árbol que tape la visual, quedando el espacio verde un tanto eclipsado por el tremendo flujo de micros y autos que pasa a diario. Aún así, en toda su extensión te puedes encontrar de todo: desde el Registro Civil y el Colegio Bío Bío para estudiantes con condición auditiva, hasta una sucursal del supermercado Unimarc y la clásica Panadería San Diego. No es un paseo netamente comercial lleno de tiendas de ropa, pero caminas un par de cuadras y te topas con locales de carcasas de celulares, artesanías, fruterías bien instaladas y, de repente, los típicos carritos de verduras en alguna esquina. Al llegar a la universidad la onda cambia por completo y se vuelve mucho más bohemia con cafés, restaurantes y pubs instalados justo al frente del Arco. No son discotecas para salir a bailar, sino espacios pensados para que los grupos de amigos o compañeros compartan algo y conversen con buena música de fondo. El único detalle molesto es que varios de estos locales eliminaron la clásica carta de papel e impusieron el monopolio del código QR, obligándote a sacar el teléfono solo para mirar los precios de lo que vas a pedir.                 

Uno de los locales emblemáticos del denominado "Barrio Universitario", y en plena Avenida Chacabuco, es el Bar Concepción. Así también, décadas atrás funcionaba otro local como era el "Break" (Otro punto donde se compartía un buen vaso de michelada). 

Para quienes buscan entretenerse o mirar algo distinto, Chacabuco también conecta con los principales espacios deportivos y culturales de la zona. Si te gusta el deporte como espectador, en la Casa del Deporte se juegan los partidos oficiales del Campeonato Nacional de Básquetbol. Ahora, si la idea es recrearse y mover el esqueleto, a una cuadra, en el mismo Parque Ecuador, hay multicanchas de cemento abiertas para jugar su buen partido de baby-fútbol o baloncesto con los amigos. En el lado cultural, aunque Concepción tenga fama de ser una ciudad llena de artistas, la realidad es que para ganarse un espacio y participar activamente casi siempre se necesita un buen contacto o "pituto". De todas formas, los circuitos principales están ahí mismo: la Pinacoteca de la universidad, el Museo Galería de la Historia instalado en pleno parque y la Biblioteca Municipal de Concepción, que queda a solo una cuadra hacia el pulmón verde por la calle Víctor Lamas, abriendo de lunes a viernes y los sábados por la mañana para salvar a los que necesitan un espacio de estudio.

El día a día en la avenida se mueve al ritmo de la locomoción colectiva. Por ahí pasa gran parte de los recorridos de taxis colectivos que conectan el centro con Chillancito y Barrio Norte, además de líneas clave de micros como la Nueva Sol Yet en dirección a Nonguén, o la Rengo Lientur y Flota Centauro que avanzan hacia el sector de la calle Camilo Henríquez. Es un tráfico intenso que de lunes a viernes regala un fenómeno bien curioso: de repente, el mar de autos baja la intensidad por un par de minutos, abriendo un espacio fortuito donde los peatones cruzan el paso de cebra con total relajo, a veces incluso con la luz roja porque no viene nada. Pero esa energía se apaga temprano. Concepción arrastra una fama bien gana de quedarse sin vida nocturna, algo que empeora con el miedo y la inseguridad actual. De hecho, los viejos radiotaxis del centro ya casi no operan en las noches o en las madrugadas de feriados irrenunciables porque la demanda bajó y la calle se pone difícil. A eso hay que sumarle que el ambiente se prende de golpe con las barricadas y protestas de grupos estudiantiles más anárquicos en el campus de la UdeC, desatando enfrentamientos fijos con Carabineros que te cortan la tarde por completo.

Con tanto ruido, bocinazos y humo de micros, los que habitan la avenida tienen que buscar mañas arquitectónicas para rescatar algo de privacidad en sus domicilios. Algunos zafan del boche viviendo en los pisos más altos de los edificios de departamentos, lejos del asfalto; otros se esconden en habitaciones que quedan varios pasillos adentro de los bloques, y varios aprovechan esas casas interiores construidas una detrás de la otra, que se conectan mediante un pasillo peatonal propio para aislarse del ruido del centro. Pero si uno no vive ahí y la agorafobia, el bullicio público o el estrés de la rutina te terminan ganando, la mejor receta y la más barata no es quedarse encerrado. El verdadero reponedor psicológico consiste en ponerse los audífonos, darle play en el teléfono a un video de YouTube o a un archivo de música pop en inglés que sea bien alegre y pegajosa para aislarse por completo del mundo, y empezar a subir el Cerro Caracol por detrás del Parque Ecuador rumbo al Mirador Alemán. Desde allá arriba, lejos de las micros que te llevan al Mall del Trébol, a la Vega Monumental o al terminal de Collao, el movimiento se vuelve un simple murmullo.

Esta misma condición de eje central la deja a pasos de servicios de salud y seguridad muy importantes para la comunidad. Un poco más allá de su límite nor-poniente se encuentra el Hospital Regional Dr. Guillermo Grant Benavente, el recinto asistencial más grande de la zona, y a corta distancia también se ubica el consultorio de salud pública CESFAM O'Higgins, el cual contempla mudarse a una nueva ubicación en la calle Heras apenas termine la remodelación del sitio donde se instalará. A esto se le suma una buena presencia de clínicas privadas en los alrededores, enfocadas principalmente en atención dental y servicios de radiografías, además de contar con el resguardo de la Comisaría de Carabineros de Concepción, que es el cuartel policial más cercano al sector. La avenida también se encuentra cerca de templos religiosos con mucha historia, como dos antiguas capillas católicas, una sinagoga y algunos centros de comunidades evangélicas. Estos espacios suelen estar vinculados a las generaciones más viejas y a los sectores políticos más conservadores de la derecha, un perfil tradicional que poco a poco va siendo devaluado por la llegada de población más joven al sector. 

Los dos templos católicos a los cuales hacíamos mención son la Iglesia Santo Domingo (Esquina de San Martín con Lincoyán), y la Iglesia San Agustín (Ubicada en calle Castellón). Ambas están a solo unas cuadras de la Avenida Chacabuco. 

Ese entorno tan dinámico moldea la identidad de quienes residen en el barrio. Aunque la mayoría de los vecinos son de clase media, cargan harto con el estigma de ser medio "woke" o "ñuñoinos". Tener al lado a la Universidad de Concepción influye un montón, convirtiendo la avenida en parte del paisaje de la denominada izquierda burguesa, donde la onda "progre" marca presencia en una buena parte de los residentes. Es un vecindario de gente con mejor situación económica pero no necesariamente tranquila; predomina un perfil consumista, bueno para compartir, salir a comer algo y distraerse, aunque siempre respetando las leyes y los límites. Son pulcros y ordenados cuando la situación lo exige, armando una convivencia urbana que sabe manejarse bajo las reglas del juego.

Mirando hacia el pasado, este rincón de la ciudad no siempre tuvo este rostro. Según los registros fotográficos del siglo XX, en la década de los setenta Chacabuco era una calle mucho más angosta y con tránsito en un solo sentido; fue recién hacia 1980 cuando se realizaron los trabajos para ensancharla y transformarla en la gran avenida actual. Su propio nombre esconde un momento clave de nuestro pasado: la Batalla de Chacabuco, un enfrentamiento militar decisivo para la Independencia de Chile ocurrido el 12 de febrero de 1817 en la hacienda del mismo nombre. En esa contienda, el Ejército de los Andes, liderado por el general José de San Martín, derrotó de forma contundente a las tropas realistas españolas comandadas por el coronel Rafael Maroto. Este triunfo cerró el periodo colonial de la Reconquista y dio inicio a la Patria Nueva, permitiendo reinstaurar un gobierno patriota y asegurar el camino de la república.

Ese pasado histórico conecta directo con la gran transformación que se vive hoy en las calles. Ahora en 2026, se están ejecutando los trabajos del nuevo viaducto para conectar el puente sobre el río Bío Bío —el Puente Presidente Patricio Aylwin, que ya está operativo— directamente con la Avenida Chacabuco. Por muchos años, esta tremenda obra estuvo frenada por un asunto pendiente con el modesto barrio Aurora de Chile, que quedaba justo al medio del trazado, donde todavía se levantan los vestigios de la ex fábrica Paños Bío Bío. Con el viaducto finalmente en plena construcción, la ansiada conexión con la vecina comuna de San Pedro de la Paz, al otro lado del río, será una realidad, aliviando los viajes de miles de personas que cruzan a diario. Al final, la ciudad avanza y nos demuestra que los cambios del entorno no son solo para los libros densos, sino parte de la vida misma que recorremos a diario mientras buscamos la forma de pasar el rato.

miércoles, 17 de junio de 2026

Columna de opinión: Anchas veredas de tierra reflejan el abandono periférico de Concepción.

 Cosas que pasan EN LA COMUNA MÁS IMPORTANTE DE LA REGIÓN DEL BIO BÍO

Si uno se da una vuelta por el populoso sector de Barrio Norte, en los suburbios de la ciudad de Concepción, se encuentra con una realidad que cuesta creer que siga ocurriendo en pleno 2026. Resulta evidente la falta de veredas en puntos clave donde camina mucha gente todos los días, donde en su lugar lo que se ve son amplios espacios de tierra y ripia que en el invierno se transforman en puro barro, complicándole la vida a los peatones a pesar de la notable distancia que hay entre las casas y la calle. Para entender el contexto de este lugar, hay que recordar que Barrio Norte es una zona gigantesca que en 2015 rechazó en un plebiscito convertirse en una comuna independiente para combatir el centralismo. Aunque ese proyecto fracasó por falta de sustento económico, la tremenda movilización de los vecinos sirvió para visibilizar la periferia e impulsar la creación de una delegación municipal y una comisaría. Hoy en día es un sector emblemático que destaca por albergar cuatro de las lagunas de la ciudad, la proyección de futuras estaciones del Biotrén y su propia vida nocturna; una movida que, de todas formas, tiene su lado peligroso, con calles colindantes oscuras y una clientela que llega en auto desde otros lados, protagonizando hechos delictuales que más de una vez han terminado en las páginas de la prensa roja local penquista.

¿¡ DÓNDE ESTÁ EL PAVIMENTO PARA LOS PEATONES !?
Pura tierra. ¡Vea!
El ejemplo más claro de este estancamiento urbano se vive en la transitada esquina de las calles Juan de Dios Rivera con Lientur, muy cerca de la Laguna Lo Custodio, que era parte de ese mapa de la comuna que no pudo ser. Este es un punto estratégico del barrio porque por ahí pasa la locomoción colectiva hacia el centro de Concepción, y a solo unos pasos, en la calle perpendicular, transitan las micros de vuelta hacia los sectores de Villa Cap, Andalién y Chillancito. Es un cruce con mucho movimiento, donde hay un servicentro, el paso sobre el nivel de la Avenida Alonso de Ribera y el mismísimo terminal de la línea Rengo Lientur. Cualquiera pensaría que un espacio con tanto flujo de pasajeros tendría paraderos cómodos y dignos, pero la realidad es otra. Da un poco de envidia ver cómo en las calles céntricas de una comuna vecina como Penco el pavimento ocupa toda la vereda peatonal, permitiendo caminar rápido y seguro, mientras que en esa esquina de Barrio Norte domina una franja de tierra que en invierno es una fuente de humedad y en verano se convierte en un suelo seco que levanta polvo con cada soplido del viento. Y no es un caso único, porque la esquina de Baquedano con Camilo Henríquez sufre exactamente del mismo mal.

Esto es lo que se conoce como la Realidad B de la capital regional, esa cara oculta de las periferias eclipsadas que no calza con el brillo que a veces muestran los medios de comunicación. El problema va mucho más allá de las veredas, pues esa misma falta de inversión se nota en paraderos de micros que todavía esperan una remodelación, en la infraestructura de algunos consultorios que ya se quedaron chicos, en arterias principales que no se han tocado en décadas o en la falta de incentivos para la vida nocturna, aunque muchos vecinos valoren la tranquilidad pasadas las diez de la noche. Incluso se ve en detalles del comercio cotidiano, como la falta de Cajas Vecinas de Banco Estado o puntos de recarga de celulares en los almacenes de barrio. A veces las soluciones llegan, pero la paciencia de la gente se pone a prueba por años, tal como ocurrió en el pasado con una demanda histórica que nació por el año 2011 en un tramo de la calle Pelantaro. Ese lugar generaba una tremenda división porque seguía adoquinado después de décadas, soportando una enorme congestión de micros y furgones escolares. Algunos exigían la pavimentación urgente por los ruidos molestos y los riesgos viales, mientras que otros defendían el valor histórico del adoquín. Por su parte, las autoridades se justificaban diciendo que el retraso de las obras se debía a la falta de proyectos técnicos y a que los recursos fiscales se habían ido prioritariamente a la reconstrucción tras el terremoto de 2010. Al final, después de tanta espera, ese tramo de Pelantaro se logró pavimentar recién en el año 2015.

Este asunto de los adoquines abre un debate profundo sobre el tipo de estancamiento temporal que sufre Concepción. Las calles de adoquines siguen dividiendo opiniones, y parece que lo que promueve esta curiosa zona de confort es un aura política muy marcada que define la identidad penquista. Curiosamente, a pesar del auge de las nuevas derechas en el último año, esta misma forma de hacer las cosas ha alejado a Concepción de los panoramas atractivos que hasta hace poco eran comunes en Santiago, como esa cultura bohemia de discotecas y jóvenes, una subcultura que ahora emerge con más fuerza en comunas balneario como Penco y Tomé. Quienes defienden los adoquines lo hacen bajo el argumento del patrimonio, prefiriendo conservar una estética de siglos antes que modernizar, lo que a veces deja en vergüenza a la capital regional frente a sus propias comunas satélite, que se destacan por tener casi el cien por ciento de sus calles pavimentadas. Un caso insólito de esta contradicción se da en la calle Ainavillo, justo a la altura del campus de la Universidad del Desarrollo. Es increíble pensar que el tramo de una calle céntrica siga siendo de adoquines estando al lado de una universidad privada tan ligada a la elite empresarial, fundada por personajes de la UDI y del Opus Dei como Joaquín Lavín. Aunque hay que conceder que de día esos adoquines se ven bien presentados e intentan parecerse a los que están alrededor de la Plaza de Armas de Santiago, la verdad es que los de la capital están mucho más camuflados y nivelados que los de Concepción, demostrando que a veces el discurso del patrimonio sirve más para tapar el atraso que para dar una verdadera calidad de vida.

Si nos alejamos un poco más del centro y nos movemos a otro punto de Barrio Norte, uno que ni siquiera alcanzaba a entrar en los planes de la frustrada nueva comuna, llegamos a la esquina de Castellón con calle Dos. Este cruce es bien particular y la gente lo conoce comúnmente como la esquina con Vicuña Mackenna, porque ahí mismo la línea férrea del tren que va hacia Lirquén corta la calle Castellón en dos partes. El lado sur, que va hacia el centro, nace en Vicuña Mackenna, mientras que el lado norte arranca justo en la calle Dos, dejando a la vía del tren rodeada por ambas calles. En esa intersección en T se vuelve a sentir con fuerza la doble realidad de la ciudad, mostrando no solo el ripio, sino un evidente mal estado de las calles con baches profundos que entorpecen el tránsito de los vehículos de los mismos vecinos, un suelo descuidado que incluso terminó por vencer al adoquín que alguna vez estuvo allí. Lo más increíble es que las redes sociales dan evidencia de que en noventa años el barrio no ha cambiado casi nada; la escena actual es idéntica a cómo la retrataban los medios escritos de Concepción en la década de los años treinta, cuando describían al sector como uno de los más pobres y vulnerables de la ciudad, siendo en ese entonces el límite urbano absoluto. Este punto cuenta con un par de locales bohemios de fama regional, pero no son para los lugareños, sino que atraen a una clientela de mediano o alto poder adquisitivo que proviene de otros lados. El sector no tiene cadenas de retail ni supermercados mayoristas, y su abandono se agravó cuando en los años ochenta dejó de funcionar el ferrocarril hacia Penco y Lirquén. De todas formas, antes del triunfo presidencial de José Antonio Kast, se levantó en el pasado 2025 un proyecto de posibles estaciones del Biotrén para conectar Concepción con Penco y Lirquén. Cerca de este cruce funcionaría la estación Tucapel-Paicaví, ubicada en calle Dos entre Ongolmo y el paso nivel sobre la Avenida Paicaví. Esto podría traer algo de progreso, considerando que muchos pasajeros serían estudiantes de la Universidad San Sebastián, aunque la casa de estudios no esté tan al lado, abriendo una oportunidad para emprendedores que se instalen con carritos a vender palomitas de maíz, siempre y cuando la demanda responda, ya que en las periferias de comunas como Chiguayante las estaciones del Biotrén no se destacan precisamente por convocar a una gran cantidad de público.

Este tipo de paisaje que parece completamente atrapado en el tiempo también se repite si nos movemos hacia el histórico Barrio Brasil, específicamente en la esquina donde se cruzan las calles Bandera con Castellón. En ese punto exacto se genera un contraste bien particular según la hora del día. Durante la jornada de trabajo opera con fuerza un rubro empresarial enfocado al bodegaje y a la actividad industrial, pero basta que llegue el denominado horario de siesta para que el sector se transforme por completo, quedando envuelto en una tranquilidad tan apacible y silenciosa que se siente más propia de un pueblo rural chico que de una capital regional. Toda esta escena se desarrolla rodeada por dos calles de adoquines viejos que se cruzan en forma de cruz, reforzando esa vibra antigua. Sin embargo, al caer la noche, el ambiente cambia drásticamente y aparece una bohemia bien específica en ciertos locales del sector. En esas horas casi nadie se atreve a caminar a pie bajo un alumbrado público deficiente y con poca identidad, sobre todo por el comprensible temor de los vecinos a sufrir un asalto. Debido a esto, la dinámica de diversión se vuelve cerrada: casi todos los clientes se organizan en grupos de amigos y llegan directo al boliche en sus propios vehículos particulares, estacionándose afuera para evitar riesgos. Es otra muestra de cómo conviven el abandono vial y la inseguridad en esos sectores que la modernidad de los discursos oficiales parece haber olvidado. 

lunes, 4 de mayo de 2026

INJUV: ¿Adiós a la Institucionalidad Juvenil?

La firme es que hoy, lunes 4 de mayo de 2026, la cosa en el INJUV está que arde y no es para menos con la pauta de recortes fiscales que ha marcado el gobierno de José Antonio Kast. 

La noticia que soltó la Ministra de Desarrollo Social, María Jesús Wulf, confirmando que se vienen despidos porque el 90% del presupuesto se nos va en puros sueldos, dejó a varios tiritando, aunque para ser honestos, a pocos les sorprende realmente. Por un lado tenemos a la exministra Javiera Toro diciendo que hay que reformar pero no borrar la institucionalidad, y por otro, la clásica respuesta de la derecha que asegura que estos organismos nunca han representado a nadie y son puros nidos de militantes. Al final uno hace como que se sorprende, pero todos sabemos que el voluntariado y los cargos ahí siempre han tenido un color político bien marcado hacia la izquierda, como si fuera un requisito no escrito para entrar a trabajar a esas oficinas regionales que, en el fondo, son sucursales de lo que se manda desde Santiago. Acá en Concepción, la famosa esquina de Colo Colo con Cochrane es un hito para los que ya peinan canas o están en camino a eso, porque aunque el INJUV es el sucesor de la antigua Secretaría Nacional de la Juventud de la dictadura, lo refundaron en el 91 con Aylwin cuando volvió la democracia. El discurso siempre fue súper bonito, eso de abrir espacios y la participación, pero en el papel la cosa no prendía mucho a menos que estuvieras metido en un partido político, salvo por esa época de vacas gordas que muchos recordamos con cariño: el tiempo de los famosos Infocentros. 



Foto del año 2009
Entre el 2002 y el 2015, esa esquina penquista tuvo su época de oro y le traerá recuerdos a más de algún joven del ayer de nuestros barrios. Cómo olvidar esos días del 2003, cuando afuera del INJUV había una fila eterna de cabros, muchos de ellos con la moda emo que pegaba fuerte, esperando como media hora para que les dieran apenas 45 minutos de internet. Eran tiempos donde los celulares servían para puro llamar o mandar mensajes de texto, así que tener una pantalla al frente era un lujo total para la gente de esfuerzo. Al cateo uno podía contar fácil a 50 jóvenes esperando desde el semáforo hasta el mesón atendido por el encargado. La mentalidad de la institución en ese entonces era bien lúdica, te ofrecían hasta mesa de ping-pong y podías leer el diario mientras esperabas el turno. 

Lo mejor era el ambiente, porque el encargado ponía por los parlantes el programa radial "El Portal del Web" en la Radio Rock & Pop a todo chancho y el lugar parecía más un pub que una oficina pública, pero era entretenido y nos sacaba de la rutina de forma sana.  

Ese diario mural de la entrada era como el TikTok o el Facebook de la época pero en papel; ahí encontrabas de todo, desde afiches de tocatas hasta avisos de piezas en arriendo o alguien que ofreciera clases de matemáticas. 

Incluso el baño del Infocentro salvó a más de un peatón apurado por ser gratis, aunque por ahí por el 2005 ya las paredes estaban todas rayadas. Si necesitabas imprimir un certificado para buscar pega (o para postular a una beca de rendición para la PSU como pasó en algún momento), llevabas el disquete o el pendrive y el encargado te hacía la movida sin cobrarte ni un peso.                                                                     



 Pero la tecnología no perdona y cuando el Wi-Fi empezó a masificarse por el 2009, el flujo de gente bajó y los usuarios empezaron a envejecer, convirtiéndose casi en un centro comunitario sin límite de edad. Muchos dicen que el sistema Linux que tenían los computadores no enganchaba tanto como el Windows que todos conocíamos, pero igual se usaba por necesidad. Ya por el 2012, de los 15 equipos que había, con suerte veías a cinco personas ocupándolos. Las reglas cambiaron y podías estar horas navegando porque ya nadie hacía fila, pero la velocidad era tan lenta que te terminabas aburriendo de puro esperar que cargara una página. Para el 2015, con los Android y los iPhone en el bolsillo, el computador pasó a ser el celular y los laboratorios del INJUV quedaron como un recuerdo nostálgico. 

Al final, por el 2016 el INJUV trató de cambiar el foco y empezó a llevar a niños del Sename para que se conectaran, tratando de cumplir un rol más social, pero la infraestructura ya no daba para más. Hubo un momento en que el INJUV tenía infocentros en muchas comunas, pero luego del 2010 quedó uno solo en todo el Gran Concepción, perdiendo ese rastro que tenía en las poblaciones más alejadas.                                                                                         



La verdad es que, aunque se intentó hacer congresos de líderes y ferias musicales como esos eventos masivos en la Laguna Grande de San Pedro en 2016, la mayoría de los jóvenes iba solo por la internet. Nunca se valoró pedir asesorías para proyectos porque esas capacitaciones nunca fueron muy inclusivas ni se difundieron tanto en las comunas dormitorio; siempre llegaban los mismos de  (que eran invitados por los burócratas de turno). 

Lo que sí funcionó de maravilla fue como trampolín político. Acá en la zona tenemos ejemplos claritos como Alejandro Navarro, Víctor Hugo Figueroa o Álvaro Ortiz, que usaron la vitrina del INJUV para saltar a otros cargos. 

 También recordamos esas funciones de cine chileno en las plazas, como cuando daban Sexo con Amor en el verano con el logo del Banco Estado gigante, bien de la mano con la burocracia de esos años. Y qué decir de la Tarjeta Joven que regalaban en la Plaza Independencia; tenía una intención linda pero en la práctica no servía para nada. Te daban un 10% en una peluquería de galería o un descuento en instrumentos musicales que casi nadie de la pobla aprovechaba, así que la tarjeta terminaba de adorno en la billetera. Al final, no fue un espacio donde se orientara al talento anónimo, a esos diamantes en bruto que andan deambulando por nuestros barrios. Nunca se les dio el dato de una tutoría o una capacitación gratis un sábado por la tarde para demostrar su talento y pelear un espacio sin tener que deberle favores a un partido. Por eso, hoy que se habla de cierres en este 2026, uno piensa en toda esa gente que se limitó a leer el diario frente al mesón, esperando su turno para el chat, porque nadie les abrió la puerta de verdad.                                                                                                     



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Perfiles (Radios juveniles + política + ultraderecha + pinochetismo)   



El origen del conflicto 



Ruidos molestos 

viernes, 1 de mayo de 2026

Fruto de un REEL de Radio Bio Bío en Facebook: Los penquistas exigen silencio frente "al ruido de los autos" (y/o de las micros).

SI EL RIO SUENA, PIEDRAS TRAE

Muchos de estos entrevistados NI SE CONOCEN
Pero las opiniones coinciden ¿¡ Qué le parece !? 
La conversación se dio en dos lugares: Parque Ecuador, y Plaza Independencia
Al final del túnel siempre termina apareciendo la luz, y aunque el camino fue largo y nos tocó predicar en el desierto por mucho tiempo, hoy por fin sentimos que no estábamos tan equivocados. 

Después de años insistiendo en que el ruido nos estaba quitando la calidad de vida, ese sentimiento de haber sido ignorados o tratados como exagerados se empieza a disipar para dar paso a una verdad compartida. El pasado miércoles 29 de abril, las plataformas digitales de Radio Bío Bío en Concepción subieron un registro súper interesante, de esos que uno ve rápido en el celular, donde le preguntaron a la gente en pleno centro qué ruido les molestaba más. 

El resultado fue clarito y nos dejó con una sensación de victoria: la gran mayoría de los penquistas ya no soporta el ruido de los vehículos y, con especial mención, el de las micros. Para nosotros, que desde el blog PASAN COSAS hemos insistido tanto con este tema, fue como una validación pública, porque ver que las personas en el Paseo Barros Arana, la Plaza Independencia y el Parque Ecuador piensan igual que uno, nos confirma que nuestra postura no es una maña sin sentido. 

Todo esto se dio por el Día de la Concientización sobre el Ruido, que digámoslo de una, en Chile suele ser un puro saludo a la bandera, igual que el Día Sin Automóvil o la Hora del Planeta; gestos voluntarios que son pura buena onda pero que quedan en nada porque nadie pone una regla de verdad estricta que obligue a respetar el silencio. 

Lo que sí es rescatable es que un medio con tanta llegada y sintonía en la zona se dé el tiempo de pescar estos cansancios psicológicos, porque hace décadas, si alguien llamaba a la radio para reclamar por un bocinazo o porque una micro frenó fuerte frente a su ventana, lo más probable es que el telefonista de turno se riera de uno por debajo, pensando que era un reclamo poco relevante o una pérdida de tiempo. 

En pandemia 2020-2021, habían dos posturas respecto a las restricciones sanitarias
(Cuarentenas, Toques de Queda, Cordones Sanitarios, etc.). Por un lado estaban
los antivacunas (o gente incómoda con dichas medidas: comerciantes, gente 
dedicada a la bohemia, deportistas aficionados, y una parte importante de la
derecha). En frente, había otro grupo de personas que apoyaban las restricciones
(gente de izquierda, algunos globalistas, gente involucrada en la salud, incluso
personas que vieron la pandemia como una oportunidad para disfrutar del
silencio
aunque en ese momento su postura era algo impopular. Intención camuflada)
Pero el mundo aterrizó esas mentalidades antiguas gracias a cosas que nos pasaron a todos, como el silencio que disfrutamos en los toques de queda de la pandemia, la pelea contra los autos tunning enchulados, el estrés acumulado y la necesaria visibilidad de las personas con autismo y su sensibilidad extrema a los sonidos fuertes.                                                                                                       


INCLUSO, OTROS ENTREVISTADOS DIJIERON QUE ADEMÁS SE SENTÍAN MUY INCÓMODOS CON EL RUIDO DE LAS CONSTRUCCIONES, Y TAMBIÉN CON PREDICAS CRISTIANAS EN LA PLAZA (Evangélicos). 

Aún así, los vehículos (incluyendo camiones y taxibuses) fueron LAS FUENTES DE RUIDO más mencionadas en este video subido a Facebook.  


En el video de la radio se nota clarito desde el segundo diez, cuando un joven de contextura delgada en el Parque Ecuador reconoce que las micros son lo peor, y su amiga reclama por ese ruido constante del transporte que no te deja tranquilo ni el fin de semana puertas adentro. 

Es muy llamativo que en la Plaza Independencia sean puras personas jóvenes las que alzan la voz contra los taxibuses y los ruidos de la noche; quizás es que las nuevas generaciones ya no aguantan lo que aguantaban los mayores y nos están avisando que hay que cambiar la forma en que funciona la ciudad. 

En el video se ve que hasta el segundo 48 todos coinciden: desde mujeres de la generación millennial que odian los camiones hasta jóvenes que no pasan a los que tocan la bocina fuerte por cualquier cosa. 

Que la radio más escuchada publique esto es un hito de inclusión, porque aunque los dueños de las micros vean los virales desde sus teléfonos y les dé lo mismo, o que los choferes sigan siendo reacios a cambiar y sigan tratando mal a los estudiantes, al menos ahora el problema se democratizó. 

Ya no es el reclamo de un solo vecino amargado, es el cansancio de todo un Concepción que se desahoga en redes sociales esperando que, aunque pasen muchos años, alguien proponga soluciones reales para dejar de odiar el estruendo de nuestra propia ciudad.