Distinguiendo dos conceptos: "Hedonismo" y "Epicureísmo"
A menudo tendemos a meter en el mismo saco cualquier búsqueda del disfrute, asumiendo de manera un tanto simplista que pasarla bien siempre se traduce en exceso y desenfreno. Sin embargo, la historia del pensamiento nos demuestra que el placer tiene caminos muy distintos y, en no pocas ocasiones, completamente enfrentados. Para entender las tensiones que se respiran a diario en nuestras calles y barrios, vale la pena mirar atrás y desenterrar a dos personajes de la antigua Grecia que veían la felicidad con ojos opuestos: Aristipo de Cirene y Epicuro. El primero fue el abanderado de un hedonismo radical, ese que propone que el sentido de la vida está en capturar el placer sensible e inmediato, con la mayor intensidad posible y sin ponerse demasiados frenos morales o sociales. En la vereda de enfrente nos encontramos con Epicuro, el padre del epicureísmo o hedonismo moderado, para quien el verdadero goce no nace del ruido ni de la acumulación, sino de una existencia tranquila, pausada y más bien austera, donde la felicidad se mide por la paz mental y la ausencia de perturbaciones.
Esta profunda diferencia teórica cobra una vigencia brutal en la convivencia urbana moderna, especialmente cuando se apagan las luces de la ciudad. Por un lado, tenemos la encarnación contemporánea del espíritu de Aristipo en ese automóvil con el escape libre que merodea a altas horas de la madrugada, haciendo vibrar los vidrios con el retumbar del reggaetón. Es la búsqueda del éxtasis instantáneo a través del estímulo fuerte, una manifestación que con frecuencia traspasa los límites del respeto ajeno, sobre todo cuando se potencia con el consumo excesivo de alcohol u otras sustancias que anulan por completo la noción del entorno. Por el otro lado, metido en su casa y desvelado por el estruendo, se encuentra el reflejo del epicúreo actual. Esta persona, despierta a la misma hora por culpa del ruido, no está buscando la fiesta eterna, sino el placer de la pausa o simplemente contemplar la noche en calma, sabiendo perfectamente que el bienestar más profundo se cultiva en la tranquilidad y no en el desborde.
Además, la sensatez del epicureísmo moderado opera como un freno civilizatorio ante dos situaciones que la mente radical suele obviar. En primer lugar, establece una frontera infranqueable entre el goce propio y el daño a terceros, recordándonos por qué la delincuencia destruye cualquier noción de felicidad real. Buscar el placer en el acto de robar o en crímenes más grotescos es una contradicción absurda para Epicuro, ya que la perturbación social, la culpa y la inevitable paranoia de ser atrapado arruinan la paz del alma, que es el fin último de la vida. En segundo lugar, esta filosofía nos enseña la sabiduría de saber disfrutar según nuestras propias limitantes, ya sean físicas o económicas, invitándonos a bajarnos de la ansiedad del consumo y del estatus para entender que no se necesita forzar la billetera ni el cuerpo para alcanzar la plenitud.
El ejemplo de la noche se vuelve un verdadero laboratorio social si recordamos cómo se enfrenta, por ejemplo, la excepcionalidad de un toque de queda en la madrugada. Mientras la gran mayoría de la población duerme plácidamente por salud, por pura necesidad biológica o porque al día siguiente hay que cumplir con las obligaciones laborales, la vigilia de quienes se quedan despiertos revela perfectamente estas trincheras filosóficas. En ese escenario de restricción, conviven tres grupos muy claros. Primero están aquellos que aprovechan el silencio forzado para refugiarse en la lectura de un libro a la luz de la lámpara, encontrando un placer genuino en el intelecto y la intimidad, calzando perfecto en el molde del epicureísmo. Luego aparecen los que deciden meter ruido entre cuatro paredes ignorando el descanso del vecino, cayendo en el hedonismo ciego. Y finalmente, en el extremo del desborde, surgen quienes directamente desafiaban la norma manejando sus autos a las cuatro o cinco de la mañana, tal como vimos tantas veces en los tiempos de la pandemia, rompiendo el toque de queda por el puro impulso de transgredir o por un egocentrismo incapaz de someterse a una regla colectiva. Al final, el evidente cansancio actual frente a los ruidos molestos y el desborde no es solo un problema de orden público, sino el choque entre un hedonismo desbocado que necesita pasar por encima de los demás para sentirse vivo, y el legítimo anhelo de una ciudadanía que busca recuperar el respeto mutuo, la mesura y la tranquilidad.
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