Mientras las llamas empiezan a bajar en la comuna de Penco, dando un respiro después de días de tanto susto, el humo de la tragedia se mueve ahora hacia las comunas de al lado que todavía pelean contra el fuego. Pero en Lirquén, el fin de la emergencia ha dejado paso a una nube distinta y más pesada: la de la rabia de la gente que se levanta sobre las cenizas del Cerro Rahue. El pasado domingo 25 de enero, el periodista Rodrigo Sepúlveda, del canal Mega, hizo un despacho muy largo desde este sector, usando internet de Starlink para que la señal no se cortara en un lugar donde siempre llega mal. Por más de una hora, el "Sepu" caminó entre los escombros de las casas quemadas, hablando con vecinos que pedían ayuda a gritos mientras el canal mostraba lo que de verdad pasa en el Chile real. Fue un momento que conectó con mucha gente que ya está cansada de los informes oficiales que se dan desde las oficinas.
La reacción de la gente fue de apoyo total al periodista, con vecinas que dejaban de hacer sus cosas para decirle "estoy totalmente de acuerdo con usted". Esta sintonía no es por suerte, ya que Lirquén es un lugar donde hay muchos cristianos evangélicos, metodistas y pentecostales, que suelen estar de acuerdo con la forma de pensar de Mega. Este canal siempre destaca que los privados y las empresas ayudan más que el Estado, una idea que le hace sentido a quienes ven hoy sus iglesias y sus casas hechas cenizas. Para ellos, la red de apoyo de su propia iglesia y lo que ven en la televisión son cosas mucho más confiables que un ministerio de Santiago que habla con palabras difíciles que nadie entiende.
Mientras Sepúlveda decía que el pueblo ya estaba en Lirquén y que solo faltaban las autoridades, en la Radio Bío Bío se escuchaban los anuncios del Gobierno. El Contraalmirante Edgardo Acevedo avisaba que desde el lunes 26 de enero se iba a controlar el paso de vehículos en sectores como la Población Gabriela Mistral y el Cerro Rahue. Con la frase "ayúdenos a ayudar", el marino Acevedo decía que el Estado tenía que ser el primero en entregar las cosas, un discurso que, aunque suena ordenado, le dio mala espina a la población. El tono de los militares y la idea de que ellos tienen que manejar toda la ayuda fue recibido con desconfianza por quienes ya se estaban moviendo solos desde el primer minuto del incendio.
La desconfianza no es porque sí, porque los damnificados se acuerdan muy bien de lo que pasó en los incendios de Viña del Mar en el verano de 2024. A dos años de esa tragedia, todavía hay familias que no tienen su casa definitiva, lo que hace que la gente le tenga miedo a la lentitud de los papeles del gobierno. Para un vecino de Lirquén, los trámites de la municipalidad o el gobierno son entes algo ineficientes, mientras que la ayuda que llega directo de gente como la "influencer" Naya Fácil se ve como algo real y rápido. Existe la idea de que el Estado es como un elefante muy pesado que llega cuando la emergencia ya pasó y cuando la gente ya se arregló como pudo con su propio esfuerzo.
La situación de salud en las calles es muy mala, con personas que perdieron todo y ahora no tienen ni lo más básico para vivir. En los callejones quemados no hay baños públicos limpios, lo que obliga a los vecinos a tener que hacer sus necesidades donde puedan, poniendo en riesgo la salud de todos. Aunque han llegado algunas casetas de baños, no alcanzan para tanta gente, lo que confirma la sensación de que el Estado llega tarde a los problemas más urgentes de la dignidad humana. Es una humillación para cualquier persona tener que andar pidiendo un baño mientras las autoridades hablan de planes y de reglas de seguridad en oficinas que tienen aire acondicionado.
Hay que recordar que el miércoles 21 de enero el Presidente Gabriel Boric fue a Punta de Parra, una zona que también se quemó, y ahí un grupo de personas lo recibió con gritos y pifias. A diferencia de lo que mostró Mega, el mandatario llegó con muchos guardias y se juntó a puertas cerradas con gente que lo apoya, sin dar soluciones rápidas ni llegar con camiones con comida. Esta forma de hacer política, de juntarse escondido y solo para la foto, choca con lo que necesitan los vecinos ahora ya. Los guardias del presidente se vieron como un muro entre el dolor de la gente y un gobierno que parece tenerle miedo a hablar cara a cara con la gente que está sufriendo de verdad.
Aunque Rodrigo Sepúlveda dijo que no había políticos, en las redes sociales se ha visto a algunos líderes locales tratando de mostrar que están presentes. Javier Sandoval, que fue Consejero Regional, subió un video a Facebook contando que estaba juntando agua para llevar a Lirquén este lunes. Sandoval trata de mostrar otra cara, más de la zona, aunque lo que él hace se ve menos que lo que muestra un canal de Santiago que todo el mundo está mirando. Su esfuerzo es bueno, pero se pierde en medio de una tragedia tan grande que necesita soluciones mucho más rápidas y mucha más plata de la que puede juntar una sola persona o un grupo chico.
Otro caso es el de Álvaro Ortiz, que fue alcalde de Concepción y ahora es diputado, a quien se le vio en centros de acopio en Penco con cámaras de su partido. Pero algunos vecinos de sectores rurales como Chaimávida se han quejado de que él no ha ido para allá, que son los lugares donde nadie llega. Estas visitas de los políticos se ven con mucha duda por parte de la gente, que ya no cree en los que solo vienen a sacarse la foto entregando una caja para ganar votos. La sensación que queda es que todo ese movimiento es para que se vea bien en el Facebook o en el Instagram, más que para ayudar de verdad al vecino que está en el barro.
En el internet, el grupo "Amigos Penquistas", que piensa parecido a José Antonio Kast, armó polémica al decir que no había que donar plata a fundaciones como "Desafío Levantemos Chile". Su razón es que tienen miedo de que pase lo mismo que en Viña del Mar y que no confían en las fundaciones que se manejan desde Santiago. Pero a este grupo se le olvida que los privados han entregado casas mucho mejores que las del Gobierno, como se ha visto en el trabajo que hacen en la tele. Esta pelea por internet confunde a la gente en un momento en que lo único importante debería ser ayudar a los que quedaron sin nada de forma rápida y sin tantas vueltas.
Parece que hay una unión entre la gente que votó por Kast en 2025 y la idea de que la ayuda tiene que ser entregada de mano en mano, sin que pase por el gobierno. Este grupo prefiere que un empresario o un vecino llegue y ayude al tiro, en vez de esperar a que una fundación o el Estado haga un papel. Lo malo es que Lirquén se llenó de gente que quería ayudar y eso armó un taco gigante, algo que nunca se había visto ni siquiera en el verano cuando llegaban turistas. El deseo de ayudar de todo el mundo terminó por tapar las calles de Penco porque no había nadie que ordenara el tráfico de manera inteligente.
La influencer Naya Fácil se transformó en alguien muy querida por los damnificados porque ella se movió rápido y puso mucha plata de su propio bolsillo. A pesar de todo su esfuerzo, tuvo problemas con las autoridades que le pedían permisos y papeles para poder entrar con las cosas que traía para regalar. Esto hizo que la gente se enojara mucho en las redes sociales, reclamando que el Estado pone trabas a los particulares que quieren ayudar de buena voluntad. La imagen de un carabinero o un funcionario parando un camión que trae casas es el ejemplo perfecto de lo que la gente siente: que el gobierno no ayuda pero tampoco deja ayudar.
Lo que piensa el canal Mega es importante, porque ellos siempre dicen que los privados y las empresas lo hacen mejor que el Estado. Esta forma de ver las cosas la comparte mucha gente en Lirquén, que siempre vota por candidatos de derecha como la UDI, que son muy fuertes en ese sector. El concejal Héctor Peñailillo, que es de Lirquén, es un ejemplo del líder que la gente de ahí respeta y con el que se sienten identificados cuando hay problemas. Para ese votante, que una empresa llegue con máquinas es mucho mejor que esperar a que el Estado haga una ley, porque sienten que el privado es más eficiente y se preocupa más.
Es curioso ver que en Lirquén nadie trató mal al equipo de Rodrigo Sepúlveda, a diferencia de lo que pasó en el Festival de Viña en 2025. En esa ocasión, la gente pifió al periodista porque un grupo pensaba que él hablaba mal de Boric y tiraba mala onda. Pero en el Cerro Rahue, ese mismo periodista es visto como un amigo o alguien que ayuda a que los escuchen. Esto demuestra que la gente trata bien o mal a la prensa dependiendo de si son de derecha o de izquierda en el lugar donde están. En Lirquén, el "Sepu" no es un enemigo, sino alguien que cuenta la verdad de lo abandonados que se sienten por el gobierno.
Si esta tragedia hubiera pasado en los cerros de Valparaíso, lo más probable es que a Mega le hubiera ido mucho peor y la gente les habría gritado cosas. Como Valparaíso es un lugar donde gana la izquierda, la gente de allá se enoja más con ese canal por lo que dicen en las noticias. En Lirquén, en cambio, la rabia es contra el Gobierno y los funcionarios, mientras que la cámara de la tele se ve como la única forma de que los ayuden. El mapa político de Chile decide quién puede caminar tranquilo por una calle quemada y quién puede terminar pasando un mal rato con los vecinos enojados.
Que la gente quiera tanto que los graben demuestra que están agradecidos de que un canal de Santiago muestre lo que está pasando en su barrio. Los canales de Concepción a veces solo muestran lo que dicen las autoridades porque no tienen plata para estar todo el día en el cerro. En cambio, los que ven siempre al "Sepu" sienten que él es como alguien de la familia que entiende por qué no confían en el gobierno y por qué creen más en los privados. La televisión nacional se termina convirtiendo en el lugar donde se castiga a los jefes de la región que no se ensucian los zapatos con los vecinos.
Lo raro de Lirquén es que, mientras más ayuda llega de la gente, más trata el Estado de poner reglas que antes no puso cuando el fuego estaba quemando todo. El aviso de la Armada de que van a cerrar el paso este lunes se ve como un intento de última hora para ordenar algo que ya se movía solo. La gente tiene miedo de que este "orden" militar sea solo para que las cámaras no muestren lo mal que están los callejones y que todavía no hay baños. Es una pelea por ver quién queda mejor en la tele: si los que ayudan rápido o los que quieren poner reglas cuando ya todo el mundo se ayudó.
La fe evangélica de la zona también es algo muy importante en la forma en que se recibe la ayuda y se vive la tragedia. Para muchos, que los vecinos se ayuden entre ellos es lo que corresponde y no necesitan que un ministro les dé permiso para trabajar. Esta forma de pensar hace que critiquen más al Gobierno, que se ve lento y más preocupado de los papeles que de parar las casas de nuevo. La cultura de esforzarse uno mismo y ayudarse con los hermanos de la iglesia reemplaza a la ayuda que el Estado promete en los discursos pero que casi nunca llega a tiempo a las casas.
Se nota mucho cómo el periodista se vuelve uno más de los vecinos, haciendo que lo que él dice sea lo mismo que pide la gente en la calle. Sepúlveda no solo cuenta lo que pasa, sino que se enoja y da su opinión en pantalla, y eso a la gente de Lirquén le encanta porque sienten que alguien les hace justicia. Mientras tanto, el Gobierno trata de explicar un plan que, para los que están entre las cenizas, no sirve de nada si no llega con una casa lista. La tele de Mega se siente mucho más real que los avisos del Diario Oficial para miles de chilenos que hoy solo tienen recuerdos bajo sus pies.
Toda la gente que llegó a ayudar a Lirquén es la prueba de que Chile se mueve por el corazón de las personas y no por lo que diga una oficina. Es una marea de gente que no espera a que el Ministerio de Desarrollo Social les diga qué hacer, sino que suben el cerro con palas y comida. Esto es muy bueno, pero también muestra que el Estado no es capaz de organizar la ayuda sin tener que prohibir que la gente pase. El desorden que se armó es la señal de que la gente ya no cree en los caminos oficiales para solucionar los problemas cuando hay una emergencia de este tamaño.
Habría que preguntarse si esto de que cada uno ayude por su cuenta puede durar mucho tiempo o si es solo porque el sistema actual no funciona. Lo que es claro es que en Lirquén hay una pelea sobre cómo hay que reaccionar cuando pasan estas cosas en el futuro. Por un lado, un Estado que quiere mandar y controlar todo; por el otro, la gente que prefiere arreglarse con los privados y con los famosos de la tele. Esta pelea va a marcar mucho cómo se va a reconstruir todo y por quién va a votar la gente de la Región del Biobío en las próximas elecciones.
Al final, a Mega le fue bien porque ellos entendieron lo que la gente sentía mucho antes que los asesores del Presidente Boric. Mientras los políticos se juntan escondidos en Punta de Parra, la tele muestra la realidad y junta a todo el país para ayudar. Lo que le queda a la gente no es el plan de los marinos, sino el abrazo de un vecino a un periodista que se atrevió a decir que estaban solos. El poder de la televisión le ganó, al menos por ahora, al poder de los papeles de una burocracia que parece que viviera en un país muy distinto al de nosotros.
La historia de Lirquén en este enero de 2026 se va a recordar como el momento en que la gente dejó de creer definitivamente en los trámites del gobierno. No importa cuántas cosas digan por la radio, la gente va a seguir confiando en el camión de Naya Fácil y en lo que dice el "Sepu" mientras no tengan su casa. El riesgo de enfermarse y la falta de un techo son cosas reales que no se arreglan con un permiso de paso, sino con las ganas de un país que ya aprendió a caminar solo. Arreglar las casas va a ser lento, pero volver a confiar en el Estado va a ser mucho más difícil para todos.
La distancia entre el Chile de verdad y el de las autoridades se nota más que nunca hoy en los rincones de nuestra región. Los políticos tienen que aprender de lo que pasó en Lirquén, porque ese sentimiento de estar botados es lo que hace que la gente cambie su voto. Si el lunes el plan de los militares no trae soluciones de verdad, la rabia va a ser todavía más grande, alimentada por cada minuto de tele que muestre a un pueblo que se salva solo. No se puede mandar a un grupo de gente que ya no cree que su gobierno sea capaz de ponerse en sus zapatos.
Lirquén nos enseña que las tragedias no solo queman maderas, sino que también se terminan de comer la paciencia de la gente con los que hacen mal la pega. Rodrigo Sepúlveda y el canal Mega solo mostraron una rabia que ya estaba ahí, esperando que alguien la escuchara desde lo más alto del cerro. El desafío ahora es para el Gobierno, que tiene que demostrar que su frase de "ayúdenos a ayudar" no es una excusa para ser lentos. El tiempo vuela y el pueblo de Chile, como bien dijeron en la tele, ya está metido en el barro trabajando por los suyos sin esperar a nadie.



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