A veces la rutina se pone cuesta arriba y el único refugio para capear el día consiste en buscar placeres sencillos. Para muchos jóvenes de entre 25 y 40 años que estiran la juventud viviendo con sus papás, la salvación después de una jornada frustrante es caminar al negocio de la esquina por algo helado para tomar y encerrarse en la pieza. Ahí, con un video de YouTube de fondo o un tema pop anglo bien pegajoso, encuentran un momento de relajo barato y accesible. En medio de esa desconexión, lejos de los discursos políticos de siempre, surge una tremenda oportunidad para pensar en algo tan cotidiano como el desodorante masculino. Este mercado, liderado por los clásicos aerosoles de fragancias intensas y tecnología de doble acción contra el mal olor, está cambiando. El viejo cuento machista de usar el producto solo para salir a cazar mujeres está pasando de moda, obligando a las marcas a sintonizar con el amor propio, tal como lo hizo la lencería femenina para que las mujeres se sientan bellas por y para ellas mismas.
Si miramos detrás de esa antigua fantasía de la seducción, aparecen verdades psicológicas bien crudas. El deseo obsesivo de muchos hombres por tener pareja va más allá del instinto. Los que tienen la autoestima baja a veces buscan una novia porque en el fondo persiguen una compañía casi maternal, una mamá que los sobreproteja. Por otro lado, los más presumidos o recios actúan desde un machismo agresivo-pasivo, usando el romance como pantalla para encontrar a alguien a quien dominar. En el día a día de las grandes ciudades la cosa se pone peor, porque el entorno suele triturar el ego. Hay tipos con capacidades de sobra, incluso bien parecidos, que en sus barrios u oficinas no son valorados para nada. Sin un estímulo positivo, y más bien machacados por comentarios de gente mala o periférica, terminan sintiéndose completamente apocados y poca cosa.
Esta presión por ser el conquistador exitoso termina siendo una humillación solapada. Tratar a alguien como el tonto con el que ninguna mujer saldría genera un desprecio que duele en la interna, provocando una especie de asco social. Así, un hombre corriente se va apagando si vive solo, si su familia no lo invita a tomar once un domingo, o si los envidiosos del barrio lo acosan con silbidos burlones. Lo mismo le pasa a quienes tienen condiciones particulares o no calzan con los cánones tradicionales de belleza debido a la pobreza, la rusticidad, o problemas de estética dental. Muchos de ellos compran estos productos con la pura esperanza de cambiar su suerte. Y aunque las mujeres tienen todo el derecho de no querer conocer a nadie, la ideología progre o feminista de la última década ha ignorado este vacío emocional, prefiriendo cancelar o juzgar a estos hombres en vez de otorgarles un mínimo de empatía a sus sueños y sentimientos.
Para romper este círculo, hay que entender que la verdadera fuerza viene de adentro. Esto se parece mucho a la famosa reflexión del predicador Samuel Hernández en su video subtitulado de YouTube. Él cuenta que mucha gente se ha sanado de enfermedades graves escuchando su música, pero aclara de inmediato que no es la canción, ni tampoco el poder divino de forma mágica, sino que es tu fe la que hace la fuerza. Con los desodorantes pasa igual: el aerosol del ropero no hacía milagros, sino que activaba la autoconfianza del sujeto. Esa misma seguridad es la que promueve la plataforma Betano, auspiciador oficial del Mundial 2026, en sus comerciales con el actor Cristian Riquelme. Bajo el lema "Confía y dale", Riquelme pasa de ser director de cobranza a modelo, escritor, rostro de perfumes, fisicoculturista, cantante de ópera o abogado con tremenda prestancia, demostrando que el éxito nace de la convicción personal. Por eso, la publicidad de desodorantes debe usar esa misma mística visual, pero sacando por completo a la mujer del mapa para enfocarse en subirle el ánimo a los hombres valiosos que nadie pesca en la vida cotidiana.
Un buen ejemplo para un comercial sería mostrar a un estudiante que se levanta temprano para ir a clases. Al subirse a la micro, el chofer lo mira con desprecio al ver su pase escolar, un desaire que le amarga la mañana. Agobiado en su pieza, el joven se aplica su desodorante en aerosol y, al día siguiente, vuelve al paradero con otra actitud. Al abrirse las puertas, se encuentra con un chofer de su misma edad, con onda reggaetonera, que a modo de broma le sonríe y lo deja pasar gratis. El desodorante funciona aquí como un cable a tierra para el ánimo, cerrando el spot con una frase clara: "Esta marca de fragancias masculinas no te garantiza conquistar una mujer, pero sí a que des lo mejor de ti ¡y lo pases bien!".
Otra historia podría retratar a un hombre promedio que lleva meses sumergido en la angustia de buscar pega, mandando currículums por LinkedIn y rebotando en empresas u oficinas públicas, sin recibir bonos ni ser recibido por el alcalde. Cansado de las respuestas automáticas de rechazo en su correo, se aplica el aerosol en la ropa y, de repente, le llega una citación a una entrevista. Va, responde con seguridad y queda seleccionado. Aunque algunos critiquen que este mensaje promueve que uno debe salvarse solo, la práctica demuestra que es la propia persona la que se supera, ya que la izquierda y las promesas políticas no solucionan la vida real. El comercial cerraría con un mensaje directo: "Esta marca de fragancias masculinas no te garantiza conquistar una mujer, pero sí a que des lo mejor de ti, ¡y te vaya súper bien en tus metas!".
Una tercera idea nos muestra a un tipo caminando por el centro que se queda mirando un auto de alta gama en una vitrina. Revisa su aplicación del banco y ve que solo le quedan veinte mil pesos en la tarjeta de débito. En vez de bajonearse, se echa desodorante y su chip cambia por completo. Camina con paso firme hacia el terminal de buses rurales, se sube a uno y viaja lejos del ruido urbano hacia un hermoso pueblo precordillerano. Ahí se compra una bebida energética, camina hasta un mirador junto al río y disfruta en paz del paisaje de la cordillera, entendiendo que la verdadera riqueza es la libertad individual. El cierre del spot consolidaría la misma consigna de dar lo mejor de uno y pasarlo bien.
También se puede reflejar la historia de un hombre poco agraciado que mira por la ventana cómo los jóvenes de su edad arman una tremenda fiesta a la que no lo invitaron. Con una evidente tristeza, va al baño, se aplica el spray y se va a la cocina a prepararse un café con total tranquilidad. De pronto, el locutor de la radio anuncia que esa noche juega su equipo de fútbol favorito. Con el ánimo renovado, prende la tele en su pieza, disfruta el partido y celebra con todo el triunfo de su club, olvidándose del desplante social gracias a un momento de felicidad puramente suyo.
Para cerrar la línea de spots, se podría mostrar a un adulto mayor de setenta años que vive solo, sin hijos, mirando sus recuerdos empolvados. Tras echarse el desodorante en spray, siente un golpe en la puerta: son dos primos del campo que llegan cargados con carne para hacerle un asado en su casa. Cocinan, destapan un vino y se ríen de buena gana en la mesa compartiendo historias. Esta misma idea funciona para un hombre en silla de ruedas con poca red de apoyo. Aunque el aerosol no tiene el poder mágico de traer visitas en una sociedad individualista, la fragancia actúa como un tremendo estímulo para recuperar la autoconfianza y sentirse bien con uno mismo.
Toda esta propuesta busca promocionar el producto dejando de lado los clichés machistas, apostando por levantar al sujeto derrotado y hacer florecer esos talentos que tiene guardados por falta de motivación. Es una forma de instalar un ideal de compasión que hoy hace mucha falta en la doctrina inclusiva. Ya aprendimos a respetar a las mujeres, a la diversidad y a las minorías, pero nos olvidamos de apoyar al hombre común al que le cuesta avanzar porque depende de la voluntad del resto. Cuando un varón respeta los límites, merece contención. Detrás de alguien bajoneado hay una historia real; puede ser un tipo que solo quiere tomarse una michelada escuchando en el Wurlitzer una canción de Manuel Turizo, pero sus compañeros de universidad no lo toman en serio y la vecina ni siquiera le acepta el Facebook para conversar. El entorno suele cerrarle las puertas con la excusa de la desconfianza o la falta de recursos para financiar cultura con el logotipo del Estado a nivel regional. Con este giro en el marketing, la marca vende con éxito, pero entregando un mensaje que aporta directamente a la autoestima, al esfuerzo personal y al respeto mutuo en tiempos de profundos cambios de valores.
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