Y volvemos al mismo "leseo" de la pasada pandemia por COVID-19 (2020 - 2021)
SEIS AÑOS DESPUÉS. 2026
El resplandor de los incendios forestales en la Región del Biobío no solo ilumina la tragedia de miles de hectáreas consumidas, sino que también deja al descubierto una grieta cultural que parece incurable: la convicción de que la norma es opcional si no hay un uniforme al frente. Desde el pasado 18 de enero, comunas como Penco y Lirquén deberían estar bajo un silencio riguroso desde las 20:00 horas para facilitar el combate del fuego y las evacuaciones. Sin embargo, en la práctica, ese toque de queda es un fantasma que recién se materializa cerca de la medianoche, cuando por fin aparecen los camiones militares.
Resulta sorprendente que, ante una restricción que solo afecta la noche, muchas personas no prioricen sus actividades durante las horas de libertad y arriesguen su propia libertad personal por una salida innecesaria. En Penco, el flujo de autos se mantiene constante hasta cerca de las 23:30 horas. Es la pillería criolla en su máxima expresión: ese cálculo egoísta de quien circula confiado en que la demora logística de las fuerzas de seguridad le garantiza impunidad. No se trata de sapear ni de rendirle reverencias al fascismo; se trata de entender que la medida busca evitar que pirómanos entren a los bosques bajo el amparo de la oscuridad. El caso del sujeto sorprendido en el Fundo Coihueco, quien fue acorralado y ahora enfrenta una justa cadena perpetua, es un recordatorio de que la tragedia es real y aberrante.
Esta conducta de desafiar la ley nos devuelve a los vicios de la pandemia. En 2020, la respuesta policial ante denuncias era que, si no había flagrancia en la vía pública, no podían actuar. En esa letra chica de la ley, la propiedad privada protege a quien violó la norma segundos antes. También habían sospechas de un presunto "dateo" (de un carabinero "comprado" quien a escondidas llamaba o mandaba mensajes a un conductor infractor) o incluso de corrupción (Cuando en una cantidad de 5 cuadras no habían policías controlando, y eso era "chipe libre" para los infractores. "La ocasión hace al ladrón"). Al menos, en los tiempos del COVID-19.
Entonces la historia nos enseña que nos cuesta entender por la buena. En marzo de 2020 se apeló a la voluntad y, ante el fracaso, se llegó al Estado de Excepción. Es el ciclo de aplicar la fuerza porque la razón no basta, lo que explica que, ante la inseguridad acumulada hasta diciembre de 2025, la ciudadanía terminara volcándose hacia la opción de José Antonio Kast en las últimas presidenciales buscando mano dura.
Lo interesante es que actos criminales como los incendios hoy generan una unidad inédita. Tanto el gobierno saliente de Gabriel Boric como el entrante de Kast coinciden en la severidad necesaria, rompiendo finalmente los complejos heredados de la dictadura. Es un giro histórico notable si recordamos que en el terremoto de 2010, el gobierno de Michelle Bachelet tardó en aplicar el Estado de Excepción por el trauma de revivir imágenes militares, siendo esa la primera vez que se usaba el toque de queda desde que Patricio Aylwin asumiera en 1990.
Las personas que tengan pendiente buscar un encargo, visitar a un familiar o simplemente tomar aire, deben entender que hay momentos de libertad de sobra durante el día. ¿Por qué esperar al momento del toque de queda para hacer sus cosas? La invitación es a reprogramarse y hacer todo lo necesario mientras la autoridad lo permite. Esta medida no durará para siempre; en algún momento se levantará. Si la pillería sigue ganándole a la ley por falta de patrullaje temprano, el contrato social se rompe. En tiempos de catástrofe, la responsabilidad es el deber mínimo; de lo contrario, la sociedad seguirá aceptando, por puro cansancio, que el orden se imponga por la razón o la fuerza.

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