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jueves, 22 de enero de 2026

CUENTO. La trampa del silencio. El peligro de perder la calma bajo el Toque de Queda

ESTA ES UNA HISTORIA DE FICCIÓN PORCIACASO !

No salgas de tu pieza ¡ AFUERA HAY UNA TRAMPA !
La trampa consiste en una provocación diseñada para que la persona honesta reaccione de forma desesperada ante una molestia constante o infrinja una norma menor. 

Mientras el provocador actúa con impunidad, un tercero acecha en las sombras para denunciar únicamente la respuesta del afectado ante la autoridad. 

Así, el sistema termina castigando al ciudadano que buscaba paz, convirtiéndolo en el culpable de una encerrona planificada por la malicia ajena.


El anuncio oficial tras la reunión del Cogrid cayó como un hacha sobre la ciudad al decretar el Toque de Queda a partir de las diez de la noche. Para muchos vecinos, la medida era un amargo retorno a los fantasmas del pasado, pero para Rubén el decreto era una bendición inesperada. Cansado de lidiar con la contaminación acústica de su barrio, vio en la restricción la oportunidad de recuperar su hogar como un santuario, un refugio que su presupuesto no le permitía comprar en una lejana parcela de campo donde los incendios forestales son un riesgo constante.

Rubén padece de hipersensibilidad auditiva, lo que convierte su vida diaria en una tortura de sonidos amplificados. En una noche normal, debe soportar los frenos de aire de los camiones que manejan tipos como Gustavo o Andrés, quienes pasan a toda velocidad frente a su ventana. Lo que más le hiere los oídos es el chillido de las correas internas de los autos y el golpe seco de los neumáticos cuando conductores como Juan arrancan picando la calle, rompiendo cualquier posibilidad de descanso.

Por eso, cuando supo que los militares controlarían la calle, sintió un alivio inmenso. Al fin se detendría ese desfile de escapes libres que no lo dejan pensar, como el de la moto de Edgard, que siempre pasa acelerando a fondo. Rubén valoraba la bota militar porque, paradójicamente, le devolvía el silencio que la sociedad le negaba. Aunque recordaba la histórica quema de libros en San Borja allá por el 73, hoy el uniforme no venía por su libro, sino que le regalaba la paz necesaria para ser el dueño de su noche.

A las diez de la noche, el silencio se instaló en la cuadra como una sábana pesada. Rubén se refugió en su dormitorio, tres pasillos adentro de su construcción, y abrió las páginas de El Conde de Montecristo. Sentía que el silencio era tan denso que podía escuchar el roce del papel al dar vuelta cada hoja. Por un momento, se sintió protegido, lejos de los bocinazos constantes de gente como Cristóbal, disfrutando de una tregua que solo un Estado de Excepción podía imponer en ese barrio.

Sin embargo, el silencio del Toque de Queda es una superficie de cristal que amplifica cualquier fisura. De pronto, un grito prepotente rompió el encanto con la voz de Cristóbal, un joven choro de unos veinte años cargado de furia. El estruendo de vidrios rotos llegó nítido al dormitorio y Rubén pensó que el origen era el desorden de siempre. Los gritos de Cristóbal venían de más lejos, pero se sentían como si estuvieran en su propio antejardín debido a su extrema sensibilidad. 

Aquí es donde Rubén estuvo a punto de pisar el palito. En una noche habitual, su agotamiento sensorial lo habría llevado a salir furioso para enfrentar a los provocadores, quizás lanzando un piedrazo a un parabrisas. Si hubiera hecho eso, la policía lo habría detenido a él por los daños, mientras los verdaderos provocadores se habrían hecho las víctimas. 

Esa es la gran trampa del sistema: ignorar la provocación constante del ruido y castigar con todo el peso de la ley la reacción del ciudadano desesperado.

Movido por una curiosidad de detective, Rubén pescó sus llaves y salió a la vereda, confiando en que el patrullaje aún no llegaba. Afuera se encontró con su vecina Hilda, que observaba nerviosa desde su reja. Hilda le aclaró que la pelea no era entre gente decente, sino en la casa de un tal Robert, donde siempre circulaban extraños. Rubén, fingiendo tranquilidad, caminó por la vereda hasta quedar frente al escenario del escándalo, viendo un ventanal trizado y una tensión eléctrica en el aire.

En el antejardín de esa casa vio a cuatro jóvenes, entre ellos Elizabeth y Claudia, quienes lo miraban con una calma que no cuadraba con el estrépito anterior. Cuando Rubén les preguntó la hora para disimular, el mismo Cristóbal, que antes rugía con violencia, le respondió con una educación gélida: Son las doce y cuarto, jefe. Rubén comprendió que esa agresividad era un interruptor ensayado para tentar a los demás a entrar en el conflicto, una trampa lista para cerrarse sobre cualquier curioso.

Rubén inició el regreso a su casa, pero no sabía que el peligro real estaba en el teléfono de su vecino Pedro. Oculto tras la cortina de su casa de murallas amarillas, Pedro lo estaba grabando meticulosamente por pura envidia y resentimiento. Pedro, que solía ser denunciado por sus propias tomateras ruidosas, quería vengarse delatando a Rubén al WhatsApp del Plan Cuadrante por el solo hecho de caminar fuera de su casa. Era una encerrona nacida de la mala leche. 


Esta calumnia es similar al infierno que vivió Santiago López en la serie Mujer, casos de la vida real. La historia de Santiago (un hombre de México) fue una de las más crudas de la televisión. Él emigró a Estados Unidos para ayudar a su madre, Eva, pero fue atrapado por la migra en Houston. Por no tener documentos, lo trataron como escoria y lo confundieron con un violador de Chiapas. Aunque Santiago era un hombre honrado de Chalco, la policía y los agentes ignoraron las pruebas de su inocencia.

El calvario de Santiago terminó en tragedia: debido a los abusos en prisión, fue contagiado de VIH. El sistema, sordo a sus súplicas y a las de su madre, lo dejó morir en la miseria física y moral por una simple confusión de identidad. Al igual que Rubén en la vereda bajo el acecho de Pedro, Santiago estaba expuesto a una justicia que prefiere condenar rápido antes que investigar la verdad, permitiendo que los delatores y los perversos ganen la partida mientras el inocente se deteriora.                                                                                        


De vuelta en el barrio, justo cuando Rubén entraba a su casa, apareció un vehículo blanco con baliza roja. Pedro esperaba ver desde su ventana cómo detenían al lector, pero los policías encubiertos clavaron su atención en los vidrios rotos de la casa de Robert. Los agentes irrumpieron en la vivienda donde Elizabeth y Claudia lloraban, deteniendo a Cristóbal por su conducta violenta. El plan de Pedro falló porque la policía priorizó el delito real sobre su denuncia malintencionada.

Rubén volvió a su dormitorio y se sentó de nuevo con su libro. Estaba a salvo de la trampa. Sabía que afuera la calle estaba vigilada y que ya no tendría que lidiar con los frenos bruscos de Andrés o Gustavo que tanto daño le hacían. Entendió que pisar el palito es el riesgo constante de vivir en una sociedad donde el provocador es protegido y el provocado es criminalizado. Por esa noche, el bando militar había hecho lo que el diálogo vecinal nunca pudo.

La moraleja para Rubén fue clara: en un mundo lleno de envidias y ruidos, la mejor defensa es la prudencia. Mientras Pedro apagaba su celular con rabia al ver que su venganza no funcionó, Rubén se sumergía en la redención de Edmond Dantès. Había sobrevivido a la trampa del ruido y a la encerrona de la calumnia de su vecino, disfrutando del último rastro de silencio antes de que el sol saliera y el mundo volviera a ser ese lugar ruidoso.

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