viernes, 20 de marzo de 2026

¿¡ Fin a los feriados irrenunciables !? La codicia empresarial desprecia el descanso humano

En los últimos años, Chile ha logrado consolidar un pacto social fundamental que va mucho más allá de una simple pausa en el calendario: el respeto irrestricto al concepto de Feriado Irrenunciable. Lejos de ser un capricho, estas fechas representan los únicos momentos en que la gran mayoría de los trabajadores puede, por fin, habitar su propio tiempo y compartirlo con su familia sin la presión de una jefatura. Hablamos de hitos clave como el Año Nuevo (1 de enero), el Día del Trabajador (1 de mayo), Fiestas Patrias (18 de septiembre), el Día de las Glorias del Ejército (19 de septiembre) y Navidad (25 de diciembre). 

Todo este andamiaje de descanso está blindado por el Artículo 2 de la Ley 19.973, una normativa que libera de funciones a los dependientes de supermercados y centros comerciales, permitiendo que solo los almacenes de barrio abran sus puertas siempre que sean atendidos exclusivamente por sus propios dueños. Para asegurar que este derecho no sea pasado por alto, la ley establece sanciones punitivas que escalan según el tamaño de la empresa: multas de 5 UTM por trabajador afectado, que suben a 10 UTM en firmas de 50 o más empleados, y alcanzan las 20 UTM en aquellas con 200 o más trabajadores. Es, en esencia, un muro legal contra la voracidad del mercado. 

Sin embargo, el pasado martes 17 de marzo de 2026, la tranquilidad de este consenso se vio sacudida por una propuesta que roza lo absurdo: la presidenta de la CPC, Susana Jiménez, sugirió eliminar estos feriados en nombre de la economía. Como era de esperar, la medida fue repudiada de forma masiva y transversal; incluso sectores de derecha y votantes de Kast sintieron que se les arrebataba algo esencial, forzando al ministro de la Segpres, José García Ruminot, a desmentir tajantemente cualquier intención de reforma al día siguiente. 

Ante tal escenario, la pregunta que surge es inevitable: si tantos empresarios conservadores se jactan de su religiosidad, ¿Quién es su verdadero Dios?, ¿Jesús o el dinero? Esta pulsión por priorizar el flujo de caja sobre la humanidad no es nueva; ya en 2020, en plena crisis sanitaria, vimos cómo ciertos gremios comerciales —junto a sectores antivacunas— entorpecieron las medidas del gobierno de Piñera por puro afán de lucro. Hoy, mientras algunos pretenden abrir todo, surge con más fuerza la idea de declarar el Viernes Santo como irrenunciable, no solo por fe, sino como un derecho al reposo espiritual y familiar frente a la toxicidad del consumo. 

Defender estos cinco días es, por lo tanto, una medida urgente de salud mental. Vivimos en una sociedad turbulenta y agotada, donde la calle se ha vuelto un lugar complejo plagado de ataques agresivos gratuitos (como los que causan constantemente ciertos choferes de micro, quienes descargan su estrés humillando a pasajeros y estudiantes universitarios sin motivo aparente). O en los horarios "picks" tenemos la congestión vehicular (los "tacos" en la calle). Estos feriados permiten mañanas de relajo absoluto, con un flujo de transporte mínimo y calles silenciosas porque el comercio está cerrado. 

La productividad, ese fetiche empresarial, depende directamente del derecho al descanso, y es aquí donde la hipocresía alcanza su peak: mientras los trabajadores son presionados con "pillerías" o con el chantaje del "con la plata baila el monito" para trabajar en días libres, los mismos defensores de la apertura se escapan a sus segundas viviendas a respirar aire puro.

Pregunta para el empresariado, ¿hay productividad en su empresa si sus trabajadores cumplen eventuales jornadas al eliminar los Feriados Irrenunciables? Piense un poquito. 

 Resulta patético que los mismos que se dicen católicos ignoren el respeto al Vía Crucis por una venta más en un Mall que huele a fritura. Ni la tradición del pescado frito ni el cine cristiano de TVN —que sigue marcando sintonía histórica— parecen conmover a quienes prefieren sacrificar el bienestar ajeno. Es como si San Pedro tuviera que convencer a un Jesús incrédulo de no mandar el Apocalipsis todavía, solo porque unos "pajarones" creen que el mundo gira mejor si obligamos a alguien a trabajar el 19 de septiembre con la resaca de las fondas o el 1 de enero tras los fuegos artificiales. 

Finalmente, para quienes solo comprenden el lenguaje de la eficiencia, utilicemos una analogía simple: piense en su empresa como un auto y en usted como el conductor que necesita llegar a su destino. Si nota que se le acaba la bencina, usted va a un servicentro y paga por 97 octanos para que el motor no se funda; en este esquema, el auto es su empleado y el Feriado Irrenunciable es esa "bencina dulce" que le permite seguir andando. 

Cuando su trabajador disfruta de un asado, baila una cumbia o comparte tiempo íntimo con su pareja, está cargando la energía necesaria para que, al retomar el turno, pueda llevarlo a usted a donde quiera con renovada fuerza. Sin descanso, el motor se rompe y la productividad desaparece por completo. 

El éxito de cualquier negocio no nace de la explotación en días sagrados, sino de la satisfacción y el derecho al placer de quienes hacen el trabajo duro día tras día.

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