viernes, 6 de febrero de 2026

COLUMNA DE OPINIÓN - El silencio de la 92.5, ¿Pluralismo o la avanzada de una nueva hegemonía?

 No es lo mismo que la sociedad ofrezca credos para que cada persona decida, de forma voluntaria, si quiere participar, a que una religión se apodere de los espacios públicos quitando opciones a los demás. La fe, en su esencia democrática, debe ser una elección libre, no una imposición por falta de alternativas.  

En una sociedad democrática y pluralista, es fundamental que todos los sectores encuentren su refugio. Sea usted católico, evangélico, agnóstico o musulmán; provenga del mundo urbano o del creativo, los medios deben ofrecer un espejo donde reconocerse. Es legítimo que existan espacios para la fe en la calle, la televisión o el dial; de hecho, una o dos señales cristianas satisfacen a un sector que desde hace muchas décadas ya se instaló en nuestra sociedad. El conflicto no radica en la existencia de estos credos, sino en su expansión estratégica hasta el punto de transgredir y suplantar las identidades civiles y la libertad de elección de la ciudadanía de forma paulatina.                                                                    



El inicio de este 2026 trae un aire de nostalgia amarga al dial del Gran Concepción. El apagado de la señal de Radio Los 40 en la 92.5 FM se siente como el fin de una era para miles de auditores de Talcahuano, Chiguayante y San Pedro, quienes pierden a su compañero musical de cada mañana. Esta mutación sonora, que entrega el espacio a Radio Corporación, revela una estrategia que pasó de la informalidad de las denominadas "radios piratas" del año 2000 —aquellas que interferían señales legales desde antenas caseras— al desembarco de corporaciones con un poder económico y de posicionamiento que hoy devoran el FM, tal como ya hicieron con los diales AM, donde señales como Caracol o la histórica Inés de Suárez fueron adquiridas por grupos religiosos.

Esta situación es especialmente molesta en una zona tildada históricamente como "Ciudad Universitaria" y "Cuna del Rock". Resulta irónico que, mientras en 2025 Los 40 fue la única emisora que transmitió para todo el país los recitales del festival REC, labor que ninguna otra radio penquista asumió, hoy ese espacio se cierre. Siendo la tercera radio más sintonizada por la juventud local, su salida deja un vacío que ninguna prédica puede llenar, incluso en comunas como Yumbel, donde la centenaria tradición católica de San Sebastián hoy se ve rodeada por una proliferación de señales evangélicas que parecen ignorar la identidad cultural del lugar. Este fenómeno de suplantación suena a un síntoma de "imposición" que transgrede la lógica de una nación democrática, donde el feligrés debe nacer de la voluntad libre y no de la falta de alternativas. Se olvida que en el siglo XVI, Martín Lutero se rebeló contra los abusos de la Iglesia precisamente para defender la libertad de conciencia; de esa rebelión nació el mundo evangélico que hoy, paradójicamente, parece transitar hacia una hegemonía que utiliza el ideal del "sacrificio" para postergar la voluntad individual y fomentar una sumisión que tiene límites difusos.     



 Esta "toma de terreno" radial guarda una semejanza inquietante con el escenario político tras las presidenciales de 2025. El apoyo del Partido Social Cristiano a candidaturas como la de José Antonio Kast y los discursos de figuras como Johannes Kaiser sobre reducir ministerios o despedir "apitutados" bajo el argumento del ahorro público, encienden alarmas sobre una eventual autocracia. Bajo la premisa de la "libertad económica" —que suele ser la libertad de los patrones para evitar leyes laborales—, se pavimentan cimientos donde el Ejecutivo busca gobernar por decreto. Cuando líderes como Javier Milei hablaban de "despertar leones", cabía preguntarse si esos leones eran el pueblo o el brazo armado preparado para imponer el silencio. Este auge de populismos de ultraderecha, sumado al arraigo del evangelismo en sectores populares y al estigma social que vincula al género urbano con el crimen organizado, fortalece una narrativa donde la fe se impone indirectamente por la fuerza.                                                                                                     



Para conservar cierto equilibrio, reconozcamos que el Grupo Prisa actúa bajo la fría lógica del mercado. Entre 2003 y 2025, la tecnología cambió radicalmente: internet facilitó la música por plataformas como Spotify o YouTube, restando interés a la interacción radial tradicional. Además, el target de estas emisoras se alargó; si en los 90 era impensado ver a un adulto joven con intereses "juveniles", hoy los Millenials de hasta 40 años siguen sintonizando estas señales al no encontrar oferta para su generación. Mientras tanto, la Generación Z queda huérfana en el dial, dependiendo de un internet que es de pago y vulnerable a apagones. Al silenciar la 92.5 FM, se le quita la música a una provincia orgullosa de su diversidad. La fe debería ser un camino de mejora personal y libertad, no una herramienta para apoderarse de los espacios sociales eliminando las opciones de los demás. Concepción pierde una voz y el dial pierde su pluralismo, recordándonos que cuando la religión se convierte en imposición, todos perdemos un poco de nuestra identidad.                                                                  

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