La presentación de Alanys Lagos en el Festival del Huaso de Olmué 2026 es mucho más que un éxito de sintonía en el trasnoche de TVN. Es la representación clara de cómo una parte de la calle y del barrio, con su música espontánea y de moda, finalmente se ganó un espacio con derecho propio en la televisión abierta. Aunque los organizadores cedieron en parte a las críticas al incluir también a Toly Fu y Entremares, la llegada de esta joven cantante al Patagual rompe con años de una programación que privilegiaba géneros urbanos o propuestas con tintes políticos que poco tienen que ver con la identidad del certamen.
Lo ocurrido durante su show el pasado sábado 17 de enero desnudó las profundas brechas culturales de nuestro país. Mientras sus seguidores celebraban con asombro la interpretación del tema "Mora en mi vida", una canción de letra netamente cristiana, en las redes sociales surgía una crítica ociosa basada en la ignorancia. Muchos se atrevieron a tildar a Alanys de cuica, demostrando que desconocen su origen de esfuerzo y su trayectoria recorriendo festivales y fiestas típicas de punta a punta. Este clasismo, que recuerda la soberbia de cierta intelectualidad marxista que mira con desdén lo que el pueblo realmente consume, es el resultado de la escasa presencia de la música ranchera en las grandes vitrinas nacionales.
Desde la sociología se advierte que la televisión no suele mostrar la realidad pura, sino una imagen segunda, envasada y mediatizada por quien comunica. La calle, que es la imagen primera, contiene elementos que la élite decide filtrar según sus pautas. Por eso, directores de contenido prefieren dar cabida a artistas como Nicole, Saiko o Makiza antes que a la Banda Tropikal de Vallenar. Seleccionan lo que les interesa mostrar, ignorando los sueños silenciosos del transeúnte común. Esta desconexión es evidente: mientras en el Concepción urbano predomina la cumbia Sound y artistas ligados a la izquierda, en el mundo rural la ranchera manda. Ejemplo de ello es la FAGAF de Cañete 2026, que este año apostó por una parrilla ranchera para representar fielmente a su zona, rectificando el error de 2025 cuando llevaron reggaetón con Franco el Gorila.
El fenómeno de Alanys Lagos ya se sentía en la imagen primera mucho antes de Olmué. Sus presentaciones en la Semana Curanilahuina de 2025, o en eventos de Marchigüe y Los Muermos transmitidos por Facebook Live, demostraban un arrastre masivo que la televisión solo mostraba en el bloque cultural de programas como Nuestras Fiestas en Mega, un horario de nicho que no genera gran rating. Incluso en lo gastronómico vemos este filtro: se le da más cabida a documentales sobre el rock penquista que a la humita, un producto típico del verano que apenas recibe atención en la pantalla abierta.
Hoy, la cumbia ranchera y la música cristiana no tienen la misma cabida que el género urbano, a pesar de que la crisis de inseguridad actual sugiere que la televisión debería cambiar de rumbo. La ranchera, con su mensaje de esfuerzo y tradición, podría marcar ese antes y después. Basta mirar TikTok para ver cómo personas de todas las edades suben videos con éxitos de Zúmbale Primo como "Tattoo" o "Hablando con la luna". Este arraigo en los sectores populares explica también cambios políticos recientes; ese estrato, antes referente de la izquierda, fue convencido por la ultraderecha tras el triunfo de José Antonio Kast en 2025.
La llegada de Alanys a la televisión masiva es, en definitiva, la filtración del mundo real en un sistema diseñado para seleccionarla. El público ha hablado: le gusta la cumbia ranchera porque se identifica con sus raíces. El éxito de esta joven artista en Olmué deja una tarea pendiente y una deuda que solo se pagará cuando grupos como Zúmbale Primo pisen, finalmente, el escenario de la Quinta Vergara en el Festival de Viña del Mar.





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