Fanatismo por la Selección Chilena (La Roja), incluso en la peor eliminatoria de su historia
Las calles del barrio, un hervidero de autos y peatones durante el día, comenzaban a respirar una calma inusual. El sol se despedía con un resplandor anaranjado, pero no era una tarde cualquiera. Faltaban minutos para que La Roja saltara a la cancha, y con el pitazo inicial, el ritmo de vida cambiaría radicalmente.
Jornadas laborales y rutinarias que son hostiles para una gran mayoría de personas, razón para justificar un partido de clasificatorias como excusa....para romper la monotonía. Si no son los goles, viene la copa de cerveza en la garganta.
Era un espectáculo de contrastes. Los bocinazos impacientes de la hora pico se desvanecían en un silencio profundo, como si los conductores se evaporaran en el aire para ir directo a la comodidad de sus sillones. Eran fantasmas ansiosos de paz, que se materializaban frente a un televisor que los conectaba con millones de compatriotas. En ese lapso, la ansiedad por llegar a casa se mezclaba con la urgencia de no perderse ni un segundo del encuentro.
Pero la calma era solo superficial. El silencio de las calles no era más que el preludio de un rito masivo. El grito del relator Claudio Palma se colaba por las ventanas abiertas de las casas, un eco lejano que rompía el mutismo y anunciaba que la vida se había detenido para darle paso al partido. Era un espectáculo de autoflagelación, una porfía colectiva que se negaba a aceptar la realidad.
De hecho, en Junio del 2025 apenas se disputaba la antepenúltima fecha donde la selección perdió en El Alto, La Paz frente a Bolivia 2-0. Era el castigo más duro del campeonato, quedar sin opciones siquiera de repechaje. Un fracaso con todas sus letras.
La derrota de Chile en las clasificatorias para el Mundial 2026 fue un golpe de realidad. Pero lo más sorprendente no fue la caída, sino lo que vino después. La selección no tenía opciones, llevaba meses sin ganar, pero en cada hogar, la gente seguía viendo los partidos, alimentando una ilusión que ya estaba desechada. En septiembre de 2025, un Chile ya eliminado disputó su último encuentro contra Uruguay en el Estadio Nacional, un insípido 0-0 que selló el fracaso. Y aun así, las familias se sentaron frente al televisor, como si el simple hecho de ver el partido fuera una victoria en sí misma.
El fútbol, para el chileno, no era solo un juego; era una forma de matar el aburrimiento, de alimentar un anhelo que ya no existía. Era una ilusión que se construía sobre la porfía, una manera de aferrarse a algo que se negaban a soltar, incluso cuando la derrota era inevitable.
Un fenómeno que ni siquiera pasa cuando juega algún equipo local de la Región del Bio Bío (Como por ejemplo, un partido de Deportes Concepción).

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