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| No quieren dar espacio a la duda. QUIEREN INTIMIDAR A QUIENES HACEN UN RECLAMO (Y que no haya registro del hecho aludido). |
La historia comienza como tantas otras en nuestros barrios.
Un vecino, en un acto de empatía y cuidado colectivo, decidió alzar la voz por aquellos que no pueden hacerlo: las mascotas y las personas con trastorno del espectro autista (TEA), vulnerables a los estruendos de los petardos. Utilizó un canal diseñado para la comunidad, un grupo de WhatsApp, con la esperanza de que un simple aviso detuviera una molestia que afectaba a los más indefensos.
Lo que siguió fue un acto de censura. El administrador del grupo, en lugar de actuar con comprensión, borró el mensaje. Desconcertado y sintiendo que su preocupación no fue escuchada, el vecino volvió a escribir, esta vez impulsado por la rabia y la impotencia ante la falta de explicación. Su comentario, de forma imprudente y desde la frustración, insinuó vínculos con el narcotráfico. Pero en lugar de recibir una respuesta o una orientación, fue silenciado y bloqueado, una acción que corta de raíz la posibilidad de diálogo.
Lejos de terminar ahí, la situación escaló. El vecino llevó su denuncia a otra plataforma, buscando apoyo y transparencia. La reacción del administrador fue una flagrante muestra de autoritarismo: reveló públicamente el número de teléfono del denunciante y lo amenazó con acciones legales. La respuesta no fue para aclarar el malentendido, sino para reprimir con intimidación y silenciar cualquier atisbo de crítica.
Transformó un simple desahogo impulsivo en una amenaza de acción legal, intentando coartar el derecho a la libre expresión y el derecho a dudar. Su respuesta fue más violenta que la ofensa que intentaba "castigar"
La falta de voluntad para acoger la denuncia inicial fue evidente. Aunque las reglas del grupo no permitieran el reporte, la nula explicación y el bloqueo inmediato demostraron un desprecio por la preocupación de la comunidad. El administrador castigó la simple acción de dudar, convirtiendo una norma en una censura sin apelación. La democracia no se basa en el silencio, sino en la capacidad de debatir y dialogar, incluso en los espacios digitales.
La frase impulsiva del vecino no era una acusación formal, sino el desahogo de quien se siente acorralado por la falta de empatía y la censura. Al amenazar con acciones legales por una simple expresión de descontento, el administrador no solo ignoró la preocupación inicial por los petardos, sino que intentó criminalizar la libertad de expresión. Esta respuesta desproporcionada muestra cómo un simple desacuerdo puede transformarse en un intento de reprimir las voces de la comunidad, convirtiendo un acto de cuidado vecinal en un conflicto personal y violento.
Análisis de los errores del administrador
Los errores del administrador del grupo se pueden esquematizar en una serie de acciones desproporcionadas y poco democráticas:
Falta de empatía y comunicación: En lugar de acoger la preocupación del vecino y explicar la norma del grupo con respeto, optó por la censura y el silencio, lo que provocó una escalada innecesaria.
Abuso de autoridad: Utilizó su poder de administrador para bloquear al usuario de forma inmediata y sin previo aviso, castigando la crítica en lugar de gestionarla.
Violación de la privacidad: Divulgó información personal del denunciante (el número de teléfono), un acto de agresión virtual que pone en riesgo la seguridad y el anonimato de la persona.
Criminalización del descontento: Transformó un simple desahogo impulsivo en una amenaza de acción legal, intentando coartar el derecho a la libre expresión y el derecho a dudar. Su respuesta fue más violenta que la ofensa que intentaba "castigar".
Reacción desmedida: En lugar de ignorar la situación o responder de manera madura, avivó el fuego al reaccionar de forma pública y agresiva en otra plataforma, dando credibilidad a las sospechas que él mismo quería acallar.


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