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jueves, 15 de enero de 2026

El vecino al centro de la cancha: ¿Espectadores o protagonistas del verano?

¿Porqué tu, y tus amigos, NO PODRÍAN TAMBIÉN PARTICIPAR
DE UN TORNEO DE FÚTBOL EN TU COMUNA?
Si no ganas la copa, al menos vas a puro pasarlo bien no más. ¿¡ Si o no !?
El verano en la Región del Biobío es un despliegue de identidad que no da tregua. Desde enero hasta marzo, la geografía se llena de vida con shows como la Semana Tomecina, la Feria FAGAF en Cañete, el Vive Laja, el Carnaval de San Rosendo o la Fiesta del Kuchen en Contulmo. Hemos visto pasar la potencia ranchera de Zúmbale Primo, Alanys Lagos y los Pincheira del Sur; el ritmo urbano de Pailita; la cumbia de Amar Azul y la mística de Los Jaivas. La oferta es vasta: desde el ajedrez en Trupán y el senderismo en el Humedal Rocuant, hasta charlas científicas masivas en Tomé, la Fiesta de la Humita en Talcamávida o tocatas en barrios del Gran Concepción. Es un mapa festivo que abraza desde las caletas Lenga y Chome hasta comunas como Santa Juana, Hualqui, Nacimiento y Curanilahue, configurando una vitrina envidiable de música romántica con Andrés de León y folclore con A los cuatro vientos.

Sin embargo, tras las luces, asoma una realidad presupuestaria que merece análisis. La mayoría de estos eventos se centran en presentaciones musicales donde los municipios gastan recursos económicos considerables. Es aquí donde surge la tensión: mientras los concejales intentan fiscalizar estos gastos, sus críticas suelen tener "mala fama". El vecino solo busca distracción, lo que permite a las autoridades aplicar la cómoda lógica del "Pan y circo": comprar un aplauso momentáneo con el brillo de una estrella foránea, pero con un impacto social que se apaga junto con el escenario. Esta desconexión no es nueva; en el ámbito de las gestiones culturales, una de las críticas que se le hizo a la anterior administración de Víctor Hugo Figueroa en Penco (2012-2024) fue que su política se volcó a traer artistas consagrados de fuera, sin impulsar realmente una vitrina para el perfeccionamiento de los talentos anónimos de la comuna. El fracaso de iniciativas como aquel concurso de cuentos de 2015 —suspendido porque participó una sola persona— o las lecturas poéticas vacías porque los gestores "traen a su propia gente", nos obliga a preguntarnos: ¿Qué espacios reales de participación le estamos dando a la gente?

Es en este contexto estival, donde el disfrute es el panorama central, que surge una pregunta clave: ¿Cómo hacer eventos masivos sin recurrir a altos gastos y lograr que el vecino sea partícipe, no un mero espectador? Todos merecen capear el calor con un chapuzón o salir a bailar, pero ese mismo ímpetu por quemar calorías y eliminar tensiones también se encuentra en quienes aman el deporte. Es cierto que existen esfuerzos por convocar a la comunidad en torno al balón, como ocurrió en el verano de 2025 con el vibrante clásico de Talcahuano entre Huachipato y Naval, un duelo de ida y vuelta que encendió la zona, o el tradicional Octogonal del Biobío que convoca a equipos de Tercera División. Sin embargo, en estas instancias el habitante común sigue siendo un espectador de figuras consagradas o profesionales en formación. Incluso en la tranquilidad de Trupán, el torneo de ajedrez destaca como un oasis de participación abierta, pero el fútbol —el lenguaje universal del chileno— sigue cerrado bajo llave para el ciudadano de a pie.  

La propuesta es innovadora y simple: convocar a un campeonato comunal de fútbol para principiantes, con fines estrictamente recreativos. La idea es que la municipalidad abra la convocatoria para que grupos de amigos y parientes se inscriban en un torneo piloto. No necesitan ser profesionales ni pertenecer a una liga federada; solo necesitan las ganas de salir a una cancha de tierra o pasto sintético con un plantel de amigos que compartan un vínculo cotidiano. El objetivo es que el vecino común se sienta, aunque sea una vez en su vida, protagonista de un partido de fútbol real dentro del marco de su fiesta comunal. La adrenalina de entrar a la cancha y la pasión de defender los colores del barrio ofrece una experiencia de pertenencia que no se compara con escuchar una cumbia a la distancia desde enormes parlantes. Es hora de que el verano deje de ser algo que se mira y pase a ser algo que se juega.

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