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Hoy, la brecha sigue intacta: los estudiantes del sector rural dependen de la voluntad de los buses interprovinciales para asistir a clases, y las familias deben viajar forzosamente hasta el supermercado Santa Isabel de General Novoa, en el radio urbano de Collao, para abastecerse. La zona de Puchacay o Collao funciona como el puente hacia este mundo; es un sector con identidad propia que nace en el Regimiento Chacabuco y se expande hacia Nonguén y Palomares, albergando hitos como la Universidad del Bío-Bío, el Terminal de Buses, el estadio de Fútbol Ester Roa Rebolledo, el Gimnasio Municipal y la histórica Plaza Acevedo.
Este macrosector posee un microclima único y rincones con historias profundas, como el callejón del Estero Nonguén o el Puente Lautaro. Sin embargo, al cruzar Palomares hacia la Ruta 146, el paisaje cambia radicalmente hacia lo desconocido para el penquista promedio. Allí emergen el "Valle Perdido" del Andalién, la Laguna Pineda y los balnearios de río en Juan Riquelme que marcaron los veranos de los noventa, hoy casi borrados de la memoria colectiva urbana.
A finales de 2025, la llegada del transporte licitado a San Jorge fue un hito de esperanza, pero este avance convive hoy, a mediados de enero de 2026, con una realidad devastadora. Las mismas rutas que pedíamos fortalecer se han transformado en zonas de catástrofe por incendios forestales. Sectores como Puente 1, Chaimávida y El Pino enfrentan hoy alertas SAE y evacuaciones críticas ante focos que amenazan incluso el pulmón verde de la Reserva Nonguén.
En este contexto de tragedia, ocurrió algo inédito el domingo 18 de enero. Un periodista corresponsal de Concepción, informando en vivo para TVN hacia los estudios centrales en Santiago desde Palomares, reconoció públicamente que no conocía la zona ni sus alrededores. Si bien el centralismo santiaguino es una constante predecible, que un profesional local ignore su propia periferia resulta grotesco y evidencia una brecha cultural profunda entre coterráneos que comparten una misma comuna.
Las razones de tal desconocimiento radican en una premisa dura: para muchos, "no habría motivos" para viajar a Chaimávida. Se ignora la existencia de su cascada y de paisajes que creadores de contenido digital han intentado visibilizar para romper el cerco del olvido. Esta ceguera territorial es el reflejo de un clasismo latente en el Gran Concepción, donde las fronteras entre el campo y la ciudad parecen trazadas por el prejuicio y reafirmadas por el fuego.
La nueva administración del alcalde Héctor Muñoz ha intentado mitigar esta distancia creando una Delegación Municipal en Collao. Sin embargo, este esfuerzo sigue anclado al radio urbano consolidado. Para el habitante del secano, la mano del municipio continúa sintiéndose lejana, mientras el centralismo local apenas logra asomarse a la periferia, dejando a las zonas forestales en una vulnerabilidad estructural que se repite año tras año.
El abandono no es un fenómeno estacional. En julio de 2023, TVU Noticias exponía el deplorable estado de las calles en el Caserío Chaimávida tras las lluvias intensas. Lo que en verano se manifiesta como incendios voraces, en invierno se traduce en inundaciones por la crecida del río Andalién. En 2024, el medio Koncevisión reveló el sufrimiento de estas familias bajo el agua, denunciando un abandono sistemático heredado de la gestión de Álvaro Ortiz.
Esta alternancia entre el fuego y el lodo demuestra que el sector rural solo cobra relevancia para la opinión pública durante los desastres. La carencia de infraestructura básica y la falta de una conectividad real han convertido a estas localidades en "zonas de sacrificio" social, donde el ciudadano debe actuar como su propio rescatista ante la desidia de autoridades que suelen ver el campo solo como un recurso productivo y no como un barrio de personas.
La integración del Concepción rural no puede limitarse a una anécdota de fin de semana para ciclistas que visitan el Puente 6. Lo ocurrido este verano prueba que el aislamiento tiene un precio altísimo en vidas y seguridad. No basta con soluciones temporales de emergencia; se requiere una planificación que entienda que Palomares y Chaimávida son tan esenciales para la identidad penquista como la propia Plaza Independencia.
El clasismo que segrega al centro de sus periferias se combate conociendo el territorio. Si los comunicadores locales desconocen su propia tierra, la posibilidad de diseñar planes de prevención efectivos se desvanece. El lapsus del periodista en TVN no es un error aislado, es el síntoma de una sociedad que elige dar la espalda a su geografía humana por una mezcla de desinterés y soberbia urbana.
Debemos recordar que localidades como Lirquén o los puentes del Andalién eran destinos predilectos de esparcimiento popular antes de verse asediados por las cenizas. Esos espacios de encuentro social son los que hoy están en riesgo. La "cara bonita" del río en Juan Riquelme debe dejar de ser un secreto de los vecinos para ser protegida como un patrimonio de toda la comunidad penquista.
La verdadera descentralización llegará cuando vivir en el sector rural no signifique estar a la deriva. La delegación en Collao no puede ser el límite final de la gestión municipal, sino el punto de partida hacia la Ruta 146. Concepción es una sola entidad geográfica y humana, y su zona rural es el pulmón que la sostiene, aunque la urbe se empeñe en negarle el oxígeno de la inversión y la visibilidad.
Finalmente, el desafío para este 2026 es transformar la emergencia del presente en una hoja de ruta para el futuro. Es imperativo exigir que la conectividad y los servicios básicos crucen definitivamente la frontera de Palomares. Solo cuando un periodista informe desde estos valles y pueda decir con propiedad que conoce su tierra, habremos comenzado a sanar la herida del abandono que hoy, trágicamente, vuelve a arder.


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