En este verano de 2026, la realidad chilena se divide entre quienes ostentan sus viajes en redes sociales y la gran mayoría —estratos D, C3, E y C2— que debe conformarse con pasar las vacaciones en su propio barrio. Con un sueldo promedio que no alcanza los $500 mil (pese a un mínimo de $539 mil), la cesantía crónica, la informalidad y la discriminación laboral, el descanso se ha vuelto un privilegio inalcanzable. Tras alzas de luz escandalosas, el ahorro es una utopía; para muchos, la opción de quedarse en casa es, en realidad, la única salida posible.
El gran ausente en esta crisis de salud mental es la televisión chilena. Mientras programas como La Hora de Jugar de MEGA promocionan viajes al Caribe con la letra chica de pagar $1.000 para concursar, se desvalorizan los parajes nacionales. ¿Por qué premiar con una playa en México cuando la felicidad para una familia de Hualqui podría ser conocer Rapa Nui o las maravillas del sur? Incluso viajar al extranjero es un estrés: para un vecino del Cerro La Pólvora, el premio implica escalas agotadoras y costos de traslado a Santiago que los concursos olvidan cubrir. La televisión, aliada con agencias de viajes como Falabella, crea necesidades de lujo externo mientras ignora el patrimonio local.
En nuestra región, la deuda de los canales locales como Canal 9, TVU o TV8 es igual de profunda. Sus matinales no realizan concursos que permitan a un habitante de Barrio Norte o Palomares escapar del ruido ensordecedor de los autos (o de los vecinos que interrumpen el sueño hasta la madrugada). Falta una iniciativa que lleve a la gente a la Isla Santa María, un paraíso de paz con máximas de 19°C y un silencio reponedor. Un concurso regional serio debería costear el fin de semana completo en la Residencial El Paso y el traslado en avioneta desde Carriel Sur, evitando el complejo acceso marítimo desde Lota.
El Estado, a través de Sernatur y los municipios, también falla. Mientras la Armada mantiene bajo siete llaves el acceso a la Isla Quiriquina, y con el panorama político actual de 2026 los espacios culturales tambalean, la gestión local es desigual. Municipios como Penco no informan sobre beneficios ni conectan zonas rurales como Primer Agua, carente de transporte público. Necesitamos concursos inclusivos que miren al profesional joven, quizás neurodivergente e incomprendido que vive en Candelaria o Cerro David Fuentes, permitiéndole renovar energías en el campo o la costa. La paz mental no debería depender de un sorteo pagado en internet, sino de una política comunicacional y regional que valore el silencio y la dignidad de su propia gente.

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