La noticia cayó como un balde de agua fría este jueves 16 de abril, casi como esos videos de TikTok que se vuelven virales porque te dejan con el corazón apretado: el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, anunció que la famosa franquicia Sence llega a su fin. Para muchos que ven la tele o pasan el dedo por el celular después de una jornada agotadora, el Sence era esa "ventanita" abierta; el curso de peluquería, el de computación o el de guardia que permitía soñar con una pega mejor. No era perfecto, pero era gratis y, para los más antiguos, todavía queda el recuerdo de cuando allá por el 2015 hasta te pagaban las micros con esas ocho luquitas semanales solo por ir. Hoy, con el plan de reactivación del presidente José Antonio Kast, esa puerta parece cerrarse con llave bajo la idea de que hay que recortar gastos, dejando a muchos preguntándose si la solución para arreglar el país es realmente quitarle la escalera al que está tratando de subir.
Lo que más duele de este recorte es que ignora una realidad que ya venía mal desde el gobierno de Boric. En ese tiempo se criticó mucho que el Sence no pescaba a la clase media, a esos profesionales que tienen el cartón colgado en la pared pero que están cesantes porque no tienen "pitutos" o porque lo que estudiaron ya quedó viejo. Es como el periodista que sabe escribir muy bien, pero que hoy necesita manejar cámaras modernas o entender la Inteligencia Artificial para que lo contraten en un canal regional. Se pidió a gritos que el Sence se modernizara, que fuera como una radio comunitaria que cambia a los locutores para sonar mejor, pero nunca se pidió que apagaran la radio. Ahora, con la lógica de Kast y Kaiser de que el Estado es un estorbo, parece que esa oportunidad de especializarse se vuelve un sueño imposible, casi de ciencia ficción, mientras se nos vende la idea de que "no hay plata".
Seamos claros: hoy ser vulnerable no es solo vivir en una toma. Hay una pobreza "de cuello y corbata" que no sale en los matinales. Existe gente en el sector oriente que vive en mansiones heredadas de sus padres, pero que adentro están vacías, con un par de muebles y el refrigerador pelado porque perdieron todo en una mala apuesta o simplemente porque el mundo cambió y ellos no supieron cómo engancharse de nuevo. Son "vagabundos con apellido" que también necesitan una mano para volver a trabajar. Al final, castigar la capacitación es castigar las ganas de progresar de esa clase media que se saca la mugre estudiando de noche y que ahora, por tener un título, el Estado la trata como si fuera rica, cuando la verdad es que llegan a fin de mes pidiendo préstamos.
La gran ironía es que muchos de los que hoy sufren con estos recortes fueron los mismos que le dieron el voto a Kast, esos siete millones de chilenos que buscaban orden y pega. Pero entre tanto video de campaña y tanta pelea en redes sociales, muchos no leyeron la "letra chica" del contrato. A veces el cansancio después de la pega es tanto que uno solo quiere ver un reality y dormir, sin tiempo para chequear si lo que prometen en el celular es verdad o pura ilusión. Votar por alguien que promete barrer con el Estado suena bien cuando uno está enojado, pero cuando la escoba empieza a barrer los beneficios que tú mismo usas, la cosa cambia. Si este gobierno sigue quitando esas "medias oportunidades" para surgir, lo más probable es que ese descontento que hoy se comenta en las ferias y en los paraderos termine despertando a la gente, y el 2026 se convierta en un año de marchas y ruidos molestos para quienes hoy celebran los recortes desde sus oficinas.

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