jueves, 16 de abril de 2026

Columna de opinión social: La nueva vulnerabilidad acecha al sueldo millonario (¿¡ Quiénes son POBRES hoy, realmente en Chile !?)

El dinero no hace la felicidad
(Incluso hay gente que ha tenido el "privilegio" de ganar millones, pero su hambre
o sed de codicia conlleva a que no valoren lo que están recibiendo $. Salarios que no todos
los chilenos gozan). 
 Para entender qué significa realmente ser vulnerable en el Chile de 2026, debemos primero despojarnos de esa caricatura polvorienta que los manuales de sociología arrastran desde el siglo pasado. Históricamente, la vulnerabilidad se asociaba de forma exclusiva a la carencia material extrema: el indigente bajo un puente o el ermitaño sin servicios básicos. Sin embargo, hoy el concepto ha mutado hacia una fragilidad mucho más traicionera que habita en el corazón de la clase media, ese sector que ha sido sistemáticamente ignorado o manoseado como eslogan de campaña, pero que en la práctica es visto como "rico" por un Estado miope. Existe una lógica absurda que persiste en medir la riqueza por la posesión de objetos; si tienes un televisor o un computador, el algoritmo estatal asume que estás a salvo. Pero en la realidad actual, donde la Clave Única y los trámites digitales del Registro Civil son la base de la ciudadanía, tener tecnología y conexión a internet no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia mínima. Es paradójico observar cómo en los campamentos se mantienen suscripciones a televisión satelital que superan los veinte mil pesos mensuales, lo que nos habla de una administración compleja del salario mínimo, pero también de que el consumo de bienes ya no es un termómetro fiable de la solvencia económica.

Un profesional o intelectual pobre puede "pasar piola"
no solo por tener prestancia, presencia o por ser demasiado culto (y educado),
sigue vistiendo la ropa cara que alguna vez compró, cuando tuvo un mejor
pasar económico. Polerones PUMA que los había comprado hace 10 años, por ejemplo.
O hasta por economía arrendarían una casa en alguna comuna dormitorio (Ej: Hualqui).
Esta desconexión se vuelve dramática para la clase media empobrecida, compuesta por profesionales —especialmente del golpeado rubro de los medios de comunicación— que, tras ser despedidos, mantienen la "buena presencia" y el bagaje cultural, pero por dentro cargan con un endeudamiento que los asfixia. Al postular a beneficios como la gratuidad universitaria, descubren que son demasiado pudientes para el sistema, pero demasiado insolventes para la vida real. Algo similar, y quizás más cruel, ocurre con la discapacidad, particularmente en el mundo de la neurodivergencia como el Síndrome de Asperger o el Trastorno del Espectro Autista. Estas personas viven en un limbo perverso: son demasiado "inteligentes" para calificar en los estrechos márgenes de ayuda del Senadis, pero el mercado laboral, guiado por manuales de apresto que aún discriminan, los etiqueta como "no aptos" por no encajar en la norma social. Cuando el empleo se niega por años, la pensión de invalidez en la AFP aparece como el último recurso, pero el "jaleo" burocrático exige casi que la persona demuestre una incapacidad total para ser considerada digna de apoyo, en un proceso que termina siendo humillante y contradictorio.

La vulnerabilidad moderna, por tanto, no se agota en el estrato socioeconómico, sino que incluye la incapacidad de sostenerse ante las crisis, ya sean externas o autoinfligidas. Los manuales laborales actuales han comenzado a notar que incluso en sectores privilegiados existe esta condición.  No es raro encontrar en Vitacura a un "vagabundo del barrio alto": un anciano que habita una casa de herencia magnífica pero que en su interior solo tiene una cama y una taza de té, viviendo en una carencia absoluta de redes y liquidez. Por otro lado, la vulnerabilidad también puede nacer de la irresponsabilidad; un jefe de hogar con un sueldo de un millón de pesos puede ser más vulnerable que alguien que gana el mínimo si despilfarra sus recursos en adicciones o apuestas, viviendo el resto del mes "con mañas" y sin cubrir las necesidades básicas de su familia. En contraste, resulta ilustrativo el caso del profesional recién titulado que, trabajando part-time por menos de doscientos mil pesos, logra administrar su carencia con tal disciplina que, viviendo con sus padres y sin vicios, es capaz de costearse viajes desde Hualqui a Santiago, manejando sus ahorros para no pasar hambre y cumplir sus objetivos personales.

Bajo el actual paradigma de recortes impulsado por el gobierno de José Antonio Kast, se vuelve urgente que programas como el Sence dejen de mirar solo la foto fija del ingreso y comprendan estas historias de fragilidad. No podemos olvidar que, en las últimas décadas, instituciones como la Universidad Católica de la Santísima Concepción han sido el refugio de miles de "mechones" provenientes de liceos municipales o "colegios con número", jóvenes de sectores como el Liceo San Juan Bautista de Hualqui que, lejos de ser residentes de sectores acomodados como Villuco, vieron en el Crédito del Fondo Solidario o la Gratuidad una salvación real. Ser vulnerable en 2026 es, en definitiva, estar a un paso del abismo sin tener de dónde agarrarse, ya sea por falta de apoyo estatal, por barreras cognitivas que la sociedad no quiere entender, o por la simple fragilidad de una clase media que hoy, más que nunca, camina por la cuerda floja entre la apariencia y la quiebra.

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