Para entender qué significa realmente ser vulnerable en el Chile de 2026, debemos primero despojarnos de esa caricatura polvorienta que los manuales de sociología arrastran desde el siglo pasado. Históricamente, la vulnerabilidad se asociaba de forma exclusiva a la carencia material extrema: el indigente bajo un puente o el ermitaño sin servicios básicos. Sin embargo, hoy el concepto ha mutado hacia una fragilidad mucho más traicionera que habita en el corazón de la clase media, ese sector que ha sido sistemáticamente ignorado o manoseado como eslogan de campaña, pero que en la práctica es visto como "rico" por un Estado miope. Existe una lógica absurda que persiste en medir la riqueza por la posesión de objetos; si tienes un televisor o un computador, el algoritmo estatal asume que estás a salvo. Pero en la realidad actual, donde la Clave Única y los trámites digitales del Registro Civil son la base de la ciudadanía, tener tecnología y conexión a internet no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia mínima. Es paradójico observar cómo en los campamentos se mantienen suscripciones a televisión satelital que superan los veinte mil pesos mensuales, lo que nos habla de una administración compleja del salario mínimo, pero también de que el consumo de bienes ya no es un termómetro fiable de la solvencia económica.
La vulnerabilidad moderna, por tanto, no se agota en el estrato socioeconómico, sino que incluye la incapacidad de sostenerse ante las crisis, ya sean externas o autoinfligidas. Los manuales laborales actuales han comenzado a notar que incluso en sectores privilegiados existe esta condición. No es raro encontrar en Vitacura a un "vagabundo del barrio alto": un anciano que habita una casa de herencia magnífica pero que en su interior solo tiene una cama y una taza de té, viviendo en una carencia absoluta de redes y liquidez. Por otro lado, la vulnerabilidad también puede nacer de la irresponsabilidad; un jefe de hogar con un sueldo de un millón de pesos puede ser más vulnerable que alguien que gana el mínimo si despilfarra sus recursos en adicciones o apuestas, viviendo el resto del mes "con mañas" y sin cubrir las necesidades básicas de su familia. En contraste, resulta ilustrativo el caso del profesional recién titulado que, trabajando part-time por menos de doscientos mil pesos, logra administrar su carencia con tal disciplina que, viviendo con sus padres y sin vicios, es capaz de costearse viajes desde Hualqui a Santiago, manejando sus ahorros para no pasar hambre y cumplir sus objetivos personales.
Bajo el actual paradigma de recortes impulsado por el gobierno de José Antonio Kast, se vuelve urgente que programas como el Sence dejen de mirar solo la foto fija del ingreso y comprendan estas historias de fragilidad. No podemos olvidar que, en las últimas décadas, instituciones como la Universidad Católica de la Santísima Concepción han sido el refugio de miles de "mechones" provenientes de liceos municipales o "colegios con número", jóvenes de sectores como el Liceo San Juan Bautista de Hualqui que, lejos de ser residentes de sectores acomodados como Villuco, vieron en el Crédito del Fondo Solidario o la Gratuidad una salvación real. Ser vulnerable en 2026 es, en definitiva, estar a un paso del abismo sin tener de dónde agarrarse, ya sea por falta de apoyo estatal, por barreras cognitivas que la sociedad no quiere entender, o por la simple fragilidad de una clase media que hoy, más que nunca, camina por la cuerda floja entre la apariencia y la quiebra.


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