lunes, 4 de mayo de 2026

Dos maneras de enfrentar un problema: La causa externa exige justicia, mientras la causa interna inventa la locura

CAUSA EXTERNA vs. CAUSA INTERNA 

¿Dónde está el origen del problema? ¿El entorno? ¿O tu tienes el problema? 

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Son las seis y media de la tarde en cualquier barrio donde la gente llega a descansar después de la pega. Entre esa hora y la medianoche, de lunes a viernes, la rutina se siente en los oídos antes que en cualquier otra parte: una fila eterna de autos, motores rugiendo y el "disparo" del freno de aire de las micros que suena como un latigazo metálico. Para comprender por qué este entorno urbano genera un malestar psicológico tan profundo, es necesario realizar una explicación neurológica que revele cómo el cuerpo procesa esta agresión constante. Todo comienza con el nervio trigémino (el cableado principal que nos da la sensibilidad en la cara), el cual reacciona de golpe ante esa vibración, convirtiéndola en un pinchazo real en la sien o cerca del ojo. Para el cerebro, esto no es un simple ruido; es una invasión a la propiedad privada de nuestro propio cuerpo. Aquí aparece la causa externa (el caos vial y el desorden), frente a la causa interna, esa mirada que prefiere decir que el ruido te molesta solo porque "andas sensible", intentando convencerte de que el problema eres tú para no tener que poner orden afuera.

Para profundizar en este punto, hay que explicar lo que pasa en nuestros nervios. Nuestro cuerpo tiene una alarma natural frente al peligro: para una persona con hipersensibilidad auditiva, el sistema nervioso no tiene un "filtro" que suavice los ruidos fuertes, por lo que el estruendo se siente como una descarga eléctrica violenta. El cuerpo reacciona con un shock adrenérgico (descarga de adrenalina), provocando taquicardia e irritabilidad inmediata. Los médicos llaman a esto algiacusia: sentir dolor físico real provocado por un sonido. No es falta de carácter; es tu biología reaccionando a una agresión justo cuando necesitas recuperar energías. Sin embargo, cuando el afectado reclama, su entorno suele aplicar la causa interna y tratarlo como a una "persona difícil" o con una "condición psicológica". Es más fácil etiquetar al que sufre adentro que encarar el caos que reina afuera.

Un ejemplo de este "ojo por ojo" es el relato de Rubén, un joven de 35 años de bajo perfil que va a comprar pan. El almacenero, ninguneando su edad y su autosuficiencia como persona, lo trata de "Rubencito". Rubén, cansado de que no respeten su dignidad ni su autonomía como adulto funcional, le pregunta al dueño: "¿Usted es gay?". El almacenero, criado en ese Chile profundo, machista y heteronormal, siente que la pregunta es un insulto supremo a su hombría y lo expulsa del negocio con una indignación altanera. Con esta reacción, el almacenero busca fabricar una causa interna: quiere que todos piensen que Rubén es el "loco", ocultando que su propia violencia es una máscara para no admitir que él fue quien inició la falta de respeto al intentar anular la adultez de su cliente.

Esta táctica de deshumanización es milenaria. En la Edad Media y el Renacimiento, la Santa Inquisición de la Iglesia Católica mandaba a quemar a la hoguera a cualquiera que osara cuestionar la existencia de Dios o los dogmas establecidos. Lo que hoy es un derecho fundamental (la libertad de conciencia), antes era visto como una perversión mental o espiritual. Hoy, quien matara a alguien por ser ateo sería considerado derechamente un criminal o un psicópata, pero en aquel entonces, la institución usaba la causa interna de la "herejía" para aniquilar la razón. Lo mismo hicieron los conquistadores españoles: para justificar abusos contra los Mapuches, los trataban como seres sin alma —casi como animales—, evitando reconocer que ellos solo defendían su tierra de una invasión (causa externa). Del mismo modo, hasta hace pocas décadas, a la persona neurodivergente se la veía como alguien incapaz de intimar o tener una relación afectiva. Esta visión es una exclusión camuflada que series como "The Good Doctor" han venido a romper: el protagonista, Shaun Murphy, marcó un hito de inclusión al explorar su sexualidad en una primera relación erótica con la Dra. Claire Browne, para luego consolidar una relación con Lea Dilallo, desafiando los cánones de belleza que históricamente han excluido a quien no encaja.

Aquí encaja la analogía de Los Simpson ("El gordo y el peludo"). Todos pedían mano dura contra un oso por ser "malo" (causa interna), pero Homero descubre que el animal tiene un chip metálico enterrado en la oreja que lo vuelve loco de dolor. El oso no era violento por gusto; su reacción era el síntoma de una causa externa que nadie quería investigar. Esto coincide con la lógica de Rousseau: "El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe". El ciudadano, como el oso, nace buscando armonía, pero es el "chip" del maltrato ajeno y el entorno hostil lo que termina por corromper su paciencia. Las reacciones psicológicas suelen ser respuestas lógicas a agresiones provocadas por la supuesta "gente cuerda". 

En nuestra sociedad tildan de "resentidos" a los que reclaman, como pasó con el cantante de Los Prisioneros, Jorge González, en el Festival de Viña del Mar año 2003. Su rabia no era locura, sino un espejo de la realidad. Él disparó sin filtro desde el escenario: "El ejército de Estados Unidos dice que hay que ir a la guerra, toda Latinoamérica le CHUPA EL MIEMBRO (...) Yo quiero al hermano argentino, yo amo al boliviano, yo adoro al peruano ¿Y si alguien tiene un problema con eso? Bien PUEDE LAMERME EL ANO". González criticaba el imperialismo y el nacionalismo exacerbado de quienes prefieren odiar al vecino antes que cuestionar al poderoso.

Su historia nos remite directamente al cuento del "Patito Feo", que posee dos tipos de moralejas. Para los niños, es la historia de una cría de ave que cayó por error en el nido equivocado, fue insultada por su aspecto, pero con el tiempo terminó siendo un bello cisne. Pero para el adulto pensante, es la historia de una persona que, en medio de un entorno cerrado o poco receptivo, ha sido ninguneada e ignorada por sus ideas nuevas o diferentes. Este es el cisne de las ideas: aquel que sobrevive al rechazo inicial hasta que el tiempo, inexorablemente, le termina dando la razón. Sus ideas dan frutos a medida que la sociedad alcanza la madurez necesaria para entender la verdad que el "patito" siempre vio.

Al final, nos queda una reflexión sobre lo absurdo de nuestra convivencia: ¿Quién es el loco en esta historia? ¿El reggaetonero del vecino quien pone la música a todo volumen con un parlante? ¿O el vecino puertas adentro quien quisiera estar tranquilo, pero se ve obligado a subir el volumen para capear así la invasión de los frenos de aire de las micros que pasan por fuera de su casa?

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