Hoy que es 23 de abril se conmemora lo que viene siendo el Día Mundial del Libro, una fecha donde la gente de la elite y los intelectuales tratan de inculcarle a uno el impulso por la lectura, aunque el resto del año no se ven mayores incentivos para el pueblo. Jaime recordaba que, hace un tiempo, el ex presidente Gabriel Boric solía tuitear harto sobre este día, mientras que hoy se comenta que don José Antonio Kast, por su doctrina personal, no tendría mayor interés en seguir esa misma onda.
Todo se remonta al año 2003, cuando Jaime tenía apenas 16 años y compartía de "tú a tú" con su primo-tío Ricardo. A pesar de que Ricardo ya andaba por los 30 años, se trataban como si fueran amigos de la misma edad. Ricardo era un hombre de muy buena presencia y bien cordial, alguien que se salía totalmente del prototipo de los otros parientes. Aunque era algo inestable de repente y no terminó la carrera de psicología, tenía una elocuencia muy grande para explicar las cosas. Un día, con mucho entusiasmo, le mostró a Jaime sus libros sobre los Cátaros. Eran unos personajes de la Edad Media que fueron renegados por la sociedad de su época y de los que no enseñaban nada en el colegio. Jaime no tenía idea del tema, pero Ricardo le explicaba todo con una pasión que daba gusto, porque sentía que Jaime era el único que de verdad le prestaba atención. En un mundo donde casi nadie lee, tener ese interés por la historia era algo especial, casi como si Ricardo fuera un violinista aficionado; porque la firme es que no todos "tienen dedos para el piano" ni la habilidad para entender esos temas tan profundos.
Esos libros no eran cualquier cosa; se notaba que eran comprados de primera mano en librerías finas de centros comerciales, de esas donde las cosas no salen nada de baratas. Pero la vida se puso cuesta arriba y Ricardo se fue a las minas del norte para tratar de ganarse la vida. Lamentablemente, allá por el año 2006, el destino quiso que falleciera en un accidente. Fue entonces cuando ocurrió lo más triste: su padre, el tío abuelo Federico, que era un hombre mormón y muy cerrado en su religión, tomó una decisión radical. En vez de guardar las pertenencias de su hijo, procedió a quemar todos esos libros sobre los Cátaros.
Jaime siempre pensó que, aunque el padre y el hijo tuvieran diferencias de credo o doctrina, había mejores formas de "deshacerse" de los libros. Bien podría haber tenido el gesto de donarlos a los Traperos de Emaús, haberlos vendido o haberlos dejado en esas casetas que ponen en las plazas para que la comunidad pueda leer gratis. Hasta se los pudo regalar a algún pariente que amara la lectura. Años después, por ahí por el 2014, Jaime le contó esta historia a su pareja de ese entonces. La joven, al escuchar lo que hizo el caballero, soltó una frase que fue como un balde de agua fría: "El caballero mató a su hijo". Ella se refería al alma, porque leer esos libros difíciles es un espacio donde uno deja parte de su ser. Por eso hoy, Jaime recuerda que al quemar esos libros, Federico no solo quemó papel y tinta, sino que terminó de borrar la huella de quien más vibraba con esas historias.



No hay comentarios:
Publicar un comentario